Lucía Álvarez

…la música es la organización del grito y del canto y, en consecuencia, del profundo querer-vivir. […] la música es un arte dionisiaco.

F. Nietzsche

En el presente texto se plantea la actuación del arte de la música. No obstante, en esta ocasión su intervención será fuera de la sala de concierto; es decir, ¿qué hace la música cuando no es protagonista absoluta sino colaboradora de otras artes?

Sabemos que la música es un arte abstracto de características metafísicas. Si buscamos algunas de las definiciones sobre qué es arte, comprenderemos que la música cumple con generosidad los requisitos. Ella es, sobre todo, una actividad humana creativa que robustece la expresión del humanismo; por lo tanto, es un arte.

La música es un arte que puede apreciarse aun desde la ignorancia. No se necesita saber leer para escucharla. El hombre más inculto está capacitado para valerse de ella. Su origen primitivo desde los albores de la civilización lo ha demostrado. El ser humano no puede comprenderla sino en función de la percepción acústica, es decir, porque la oye.

La música es un arte absolutamente físico. ¿Qué es esto? La física es la ciencia natural que la puntualiza. Para manifestarse, la música tiene que recurrir al sonido y al tiempo; el sonido y el tiempo son su materia prima y estos elementos continuamente son estudiados por la física, ciencia que estudia los principios del universo. La música posee una innegable característica científica debido a sus componentes. Como se mencionó, el sonido es materia prima para que exista la música, pero el sonido no es la música. Sirva como ejemplo: para caminar necesito las piernas, pero no es lo mismo caminar que correr; tampoco es lo mismo hablar que cantar. Por lo tanto, no es lo mismo ruido o sonido que música, aunque comulguen de los mismos principios.

El oído registra como sonido las ondas emanadas de un objeto agredido más o menos elástico, las cuales viajan gracias a un medio conductor adecuado (aire o agua). El oído capta dichas ondas y las envía al cerebro, donde se convierten en un estímulo que nos llevará a tener una cierta reacción emotiva, dependiendo del tipo de sonido recibido. Este proceso físico resulta igual si lo que escuchamos es un sonido desagradable o una secuencia musical. Es decir, el oído nos alerta de la clase de sonido que percibimos. Si éste es un ruido amenazante como una explosión, un rayo o un impacto impetuoso, reaccionaremos a él con cierto sobresalto; si, por el contrario, es agradable como el timbre de una voz familiar, una melodía conocida o un conjunto instrumental, reaccionaremos a él con alegría o con deleite.

El oído «aspira» el sonido y lo lleva al cerebro, que juzga el estímulo recibido y reacciona a él con cierta clase de emoción o de actitud. Dicho proceso físico puede confundirnos cuando depositamos en la música ciertas cualidades terapeutas. Nosotros reaccionamos con determinada disposición al o a los sonidos percibidos y los relacionamos con los recuerdos emotivos acumulados en nuestra memoria. Por lo anterior, la misma melodía puede suscitar sentimientos muy discordantes en cada oyente. No podemos generalizar el impacto sensible que provocará esta o aquella obra musical.

Ahora bien, como se asentó al principio, en esta oportunidad me referiré a la música cuando se coordina con las demás artes análogas. A las artes les gusta comulgar entre sí. Todas ellas comparten algo de cada una. ¿Qué sería de la danza sin música? ¿Por qué el teatro, fruto de la literatura, recurre a la música? ¿Qué entendemos por ópera? ¿Qué objetivo tiene la música cuando actúa como un personaje más? ¿Cuál es su propósito en nosotros? ¿Por qué nos emociona? ¿Cuál es la particularidad que logra esto?

El enlace entre las bellas artes existe como un parentesco primario. Poesía, literatura, danza, música, pintura, arquitectura sigilosamente comen en la misma mesa. ¿Se necesitan, se estiman o se apoyan? Tal vez se acompañan en el discurso artístico. Cada una de ellas acostumbra ser protagonista en su género. Sin embargo, en determinadas ocasiones suelen compartir espacios estéticos; particularmente, la literatura, la poesía, la danza y la música. De ellas, la música en especial ha acompañado el deambular de la sociedad humana desde sus primitivos orígenes; se encuentra presente en todos los momentos trascendentales del hombre y también en la vida cotidiana.

Desde sus inicios, la música y la danza nacieron ligadas de manera indisoluble. No hay danza sin música; toda la música se puede bailar, y decir toda es… toda. Música y danza se unen para apuntar aquello que no se puede decir con palabras. El hombre es un «animal» desconcertante que no deja de sorprendernos: canta y baila, reza y medita, llora y se conmueve, pero también traiciona, miente, odia y mata. Lo apolíneo y lo dionisiaco se entretejen como razón vital de su existencia.

Tantos matices de condición perecedera provocan, por consiguiente, reacciones emotivas creativas que hacen nacer a las artes como medio de exclamación. La poesía es otro de los géneros literarios a la medida de la música; ambas poseen metro, forma y ritmo. Surge entonces el canto y con él los intérpretes que se encargarán de transmitir correctamente el mensaje que logre sensibilizar y emocionar al auditorio.

Desde las primeras épocas de la humanidad se practica la «representación conjunta» a través del baile. Encontramos danzas para la fertilidad, para el amor, de alabanza, fúnebres o para el frenesí del agasajo; las hay para cada uno de los acontecimientos humanos significativos. Unas y otras gozan de una facultad de comunicación que permite «un estado mágico» que puede ser artístico, placentero o decididamente voluptuoso. Si a la «representación» se agrega el drama, tendremos ya un espectáculo mayúsculo (teatro) que sumará al placer auditivo y visual el gusto narrativo del argumento.

Entre los griegos, Dionisos era el dios consagrado para la vegetación y la vendimia. En su honor se celebraban grandes demostraciones festivas que constituyeron las bases para el nacimiento de la danza y del teatro (siglos V y VI a. C.). Ante el altar, se entonaba un cántico llamado ditirambo, acompañado por las flautas. Muy pronto se representaron escenas de las aventuras de otros dioses y después surgió la tragedia gracias a la figura de Esquilo. En su origen, estas representaciones se llevaban a cabo en tablados movibles; más tarde se construyeron edificios especiales donde los asientos se colocaban en forma circular. A este semicírculo se le denominó teatro, del griego théathron, que significa lugar para observar.

El teatro apareció en todas las culturas y épocas, y desarrolló en su recorrido histórico diversos estilos y géneros. En este trayecto, la farsa a menudo convocaba a su hermana, la música, como valiosa colaboradora. De tal modo, la encontramos en el teatro romano o clásico, en el trovadoresco, en el medieval, asociada al culto religioso, y también en el teatro renacentista, en la Comedia dell’Arte, en el teatro isabelino y en el del Siglo de Oro español.

Las representaciones teatrales han recurrido a la música por varios motivos: para anunciar cuando reconocemos los leitmotiv, para subrayar personajes o situaciones; cuando nos «dibuja» presagios, cuando nos instala en diferentes espacios físicos o históricos y sobre todo para procurar emociones en los espectadores. La música «habla» sin palabras y «viste» a la escena logrando trasladar al público a otras épocas; transmite la exaltación necesaria para conmoverlo y llevarlo de la mano al goce estético o al estado catártico buscado. Así, estas artes se fusionan y se perfilan hacia la manipulación de los sentidos humanos.

Poco a poco el espectáculo teatral crece. En este momento emerge una ramificación; aparece un coro que se convierte en un personaje robusto y los protagonistas ahora son cantantes con vistosos trajes que se desplazan entre la escenografía. Tenemos ya el espectáculo completo del siglo XVII: la ópera. En ella, se reúnen todas las artes y cada una de ellas podrá explayar su propio discurso. Lo anterior provocó un gran entusiasmo y se declaró como un éxito popular rotundo.

La ópera trasciende a todos los países, pero también se fragmenta en diversos géneros. Las encontramos dramáticas, cómicas, bucólicas, históricas, religiosas, muy largas o muy cortas… Hay para todos los gustos. La ópera evoluciona aceleradamente. El teatro expresionista de Bertold Brecht y la música de Kurt Weill, que viajan a América del Norte, van a engendrar la comedia musical.

El hombre se aburre, se hastía, se harta con facilidad; siempre quiere algo más y diferente; entonces busca, averigua, investiga e… inventa el cinematógrafo. Mozart y Wagner hubieran considerado seriamente el cine como la manifestación estética por excelencia para desarrollar el arquetipo de sus óperas. El cine logra proyectar imágenes previamente fotografiadas. En él, se conjugan todas las artes de forma admirable, se ven reflejados el teatro, la música, la danza, la pintura, la arquitectura y la literatura. No en vano se le ha llamado el Séptimo Arte.

La música se unió al cine desde que era mudo: un pianista comentaba los sucesos con un acompañamiento musical que nos indicaba el ritmo y el tono emotivo del film. Ambas artes han ido de la mano en una interminable evolución histórica. Pronto se logra insertar una banda sonora a la película y a partir de este momento podemos escuchar simultáneamente los diálogos, la música y los efectos sonoros, todo sincronizado con la imagen en movimiento.

En un principio se usó música clásica para ilustrar las secuencias, y cuantiosas obras escritas con propósitos diferentes se volvieron insignias en el cine. Tal es el caso de la Obertura a Guillermo Tell de Rossini o la Tocata en Re menor de J.S. Bach. Posteriormente, surgieron las partituras originales y los compositores tuvieron que aprender una nueva forma de escribir música. A partir de ese momento, el compositor está limitado por la duración de las secuencias que debe musicalizar. La libertad a la que estaba acostumbrado, ahora se halla condicionada por el tiempo, transformándose en un reto creativo.

El cine es la actividad artística multidisciplinaria por excelencia. Es un delicado trabajo en equipo que, cuando está acertadamente coordinado, emite un producto preciso: la película, esa película. La música original de un film es una invitada que disfrutará del banquete; es una actriz más que, con su contribución atrayente, logrará que los espectadores penetren en la trama con mayor facilidad. Escribir la música de una película es reunir una serie de motivaciones que alimentan la sensibilidad creativa del compositor, empezando por el guion. También influyen considerablemente el director, los actores, los fotógrafos y los editores, que son los responsables de dar vida, luz y ritmo a las imágenes de la película.

En el cine, el trabajo de la música es un quehacer solidario y no jerárquico. Como arte revolucionario, promete una enorme diversidad tanto en género como en modalidad. El repertorio fílmico despliega diversas categorías de acción que se agrupan en similitudes y así encontramos los westerns, el cine de animación, el de terror, el documental, el musical, el llamado cine de autor, el experimental, la comedia, el drama, el épico, entre muchos otros. En casi todas las categorías, la música se presenta con irrupciones de diferente clase, según el caso, y son contadas las películas que prescinden absolutamente de la música como personaje adicional (ejemplo, Bella de día)

Gracias al cine, notables compositores encontraron otra puerta abierta hacia un escenario internacional que les permitió divulgar su talento creativo y también adquirir jugosos ingresos económicos. Es común observar que algunas películas pasan al olvido, pero perdura su música, que se transforma en una obra independiente y alcanza incluso un relevante éxito de mercado. El soundtrack (banda sonora) se torna pieza de colección codiciada entre los aficionados. Tenemos como ejemplo la magnífica música de Silvestre Revueltas en Redes, dirigida por Emilio Gómez Muriel y F. Zinnemann.

En la época actual y debido a la aparición de los sintetizadores y samplers, se desató una camada de «pseudo-músicos» que pretenden llenar las imágenes cinematográficas con ideas musicales harto aleatorias y superfluas, con ideas triviales y armonías limitadas que han logrado desacreditar el oficio del compositor formal en este quehacer. Por fortuna, un gran número de compositores notables con sólida preparación ha mostrado interés en escribir partituras muy relevantes para el llamado Séptimo Arte, superando con ventaja a infinidad de partituras de «música de vanguardia» escritas para las salas de concierto o los festivales, las cuales han resultado aburridas, inconsistentes y mediocres, condenadas a escucharse una sola vez.

Entre los experimentados compositores cinematográficos, vale la pena mencionar a algunos por su relevante labor: Silvestre Revueltas, Joaquín Gutiérrez Heras, Raúl Lavista, Manuel Esperón, Camile Saint Säens, Serguei Prokofiev, Dimitri Shostakovich, Bernard Herrmann, Nino Rota, Toru Takemitsu, Lalo Schifrin, John Williams, Basil Poledouris, Ennio Morricone, Michael Newman, Javier Navarrete y Hildur I. Gudnadóttir, entre incontables nombres.

A partir de la segunda mitad del siglo XX nace el concepto de las «artes visuales». El arte propone una interacción que se lleva a cabo al amalgamar la pintura o la escultura con sonidos y proyecciones. El término «artes visuales» empieza a destacar en el repertorio artístico. Los artistas visuales transitan por diversas áreas creativas y diseñan ambientes o instalaciones; crean actos teatrales o los denominados performances.

En estas áreas utilizan el recién nacido «video» y los medios digitales que se logran gracias a los programas que ofrecen las computadoras; se manipulan fotografías y ciertos residuos visuales estéticamente y, sin duda, se recurre a la música que también se transforma: puede ser acústica o electrónica. En todo esto prevalece una insistente experimentación. La globalización y el pluralismo crecen gracias a las innovaciones de la tecnología. Artistas de todo el mundo aportan elementos estéticos propios de sus culturas. Todo surge gracias a la trascendencia de las computadoras, que logran comunicarse a gran velocidad estrechando las distancias. Además, todo resulta más económico que el cine.

En la actualidad, los nuevos elementos electrónicos de distracción utilizan la música como sustento emotivo. Los compositores tienen ahora otra forma de manifestar sus ideas musicales y de obtener un soporte económico. Encontramos los videojuegos o las terminales para los juegos de azar en los casinos. La creatividad musical se desarrolla de acuerdo con secuencias diseñadas por un programador. El músico debe realizar sus ciclos musicales de acuerdo con el proceso del juego y con las diferentes etapas por las que transita en su progreso. Aunque esta clase de música puede ser trivial, hay temas musicales que se arraigan en el gusto de los jugadores e identifican el juego en cuestión, como puede ser Pac-Man y el icónico Mario Bros, que lleva más de 35 años en el mercado.

No obstante, aunque el video solucionó problemas y abarató costos, el cine sigue siendo el gran agasajo; permite que el compositor demuestre todas sus habilidades; hay un desarrollo más formal y comprometido que camina de la mano de la trama. La razón por la que el cine resulta tan seductor para cualquier compositor es debido a que ofrece grandes retos:

  • Permite toda clase de lenguaje musical.
  • Libera los sonidos de las trilladas reglas académicas que suelen sofocar a la música.
  • Pone a prueba la versatilidad del compositor.
  • Permite la experimentación.
  • Admite todos los géneros musicales.
  • Aprende a componer ideas completas, delimitado por el tiempo.
  • Las secuencias imponen los límites y una disciplina rígida.
  • El compositor escucha su música casi inmediatamente.
  • La música viaja con la película de país en país y de festival en festival. Según el compositor Toru Takemitsu «En el cine, la música tiene una visa de libertad».

Sin embargo, después de esta precisa reflexión, cuando el objetivo de la música es diferente al de la sala de concierto, suele ser menospreciada de modo imprudente por ciertos grupos elitistas mal informados, dedicados a la manufactura (composición) de la jactanciosa música «seria», aunque sabemos que existe una excelente música alegre. También suelen llamarla «música de concierto», aunque sea un decoroso recital. Es lamentable cuando la llaman «clásica», pues estamos al tanto de que la hay barroca, romántica, impresionista o moderna. Es vergonzoso cuando se le denomina «intelectual», como si pudiera existir una música de generación espontánea,  y es el colmo cuando se le califica de «buena» pero no se puntualiza el género correspondiente, de tal modo que sólo una cierta clase de música, de manera arrogante, logrará el atributo de «buena».

Suele decirse:

  • El compositor que escribe para la imagen es un compositor de «segunda».
  • El músico de cine NO es un compositor.
  • No hay que tener muchos conocimientos musicales; sólo estar entusiasmado, saber manipular un sintetizador y ser «cuate» [amigo] del director.

Por fortuna, prevalecen algunos cineastas verdaderamente conscientes de lo que puede llevar a cabo un compositor experimentado en escribir música para la escena. Cuando Truffaut pidió a Bernard Herrmann que escribiera la música para Farenheit 451, y ante la pregunta curiosa de Herrmann, de por qué él y no compositores como Boulez o Stockhausen, a quienes Truffaut conocía, este último contestó: «Ellos me harán la música del siglo XX y yo necesito la del siglo XXI».

 

BIBLIOGRAFÍA

Álvarez, Lucía, La música, el Dionisos vivo, México: Arteletra/Colofón, 2014.

Chion, Michel, La música en el cine, Barcelona: Paidós Ibérica, S.A., 1997.