María del Mar Téllez

I

Ahora, además del frío, me siento exhausta. Vomitar durante toda la noche me aniquiló. Lo supe en cuanto tragué esa especie de engrudo. Mi estómago no iba a resistir. Me descompuse al grado de necesitar a una enfermera a mi lado durante todo ese tiempo. Ella intentó dar su mejor esfuerzo, pero al cabo de quince vueltas al cuarto séptico para limpiar la bandeja, cayó rendida en la silla a los pies de la cama.

Necesitaba ir al baño. Con mucho esfuerzo logré levantarme. Recargada en el marco de la puerta, suspiré: el sanitario quedaba justo del otro lado del corredor. Me pegué a las paredes para ayudarme a caminar. Llegué casi a rastras al control de enfermeras, esa pequeña isla descolorida a la mitad del pasillo. Vino una nueva arcada. Apenas alcancé el cesto de basura y lo llené con mis jugos gástricos. Mi gusto quedó ácido. El pestilente aroma salido de mis entrañas era insoportable. Para controlar el mareo me recosté en el piso, bocarriba. Justo encima, el techo tenía una mancha de humedad amorfa; parecía mirarme. Giré para no ver al monstruo del plafón. Mi cabeza pegó con el carrito de medicinas. Me hinqué y alcancé el frasco de alcohol con torundas; lo abrí e inhalé con fuerza. Mis pulmones se llenaron de vapores; puse la frente sobre el piso. Al cabo de unos instantes, me sofoqué. Alcancé una silla desvencijada, crujiente a causa de la falta de una rueda y con el forro roto. Un sudor frío me mojó la entrepierna. Las nalgas me quedaron pegadas a la borla salida del asiento. Después de unos minutos, recuperé el aliento y me di cuenta de que, a pesar del esfuerzo, seguía sintiendo frío. Estos calosfríos son nuevos. Aparecieron desde que llegué al hospital.

Reanudé el camino rumbo al sanitario. A la derecha, una fila interminable de habitaciones, todas con dos camas y todas vacías; a la izquierda, el cuarto séptico, el almacén de blancos, más habitaciones; tampoco había nadie.

Por fin llegué. Al momento de entrar, una ráfaga de aire helado me erizó los vellos de la espalda. En la parte superior, donde debería de haber cristales en las ventanas, nada más quedaban pedazos deformes. El olor a humo de autos llenaba el ambiente. Me apoyé sobre la cubierta. A través del espejo manchado de moho, vi mi reflejo. El azogue me devolvió la imagen de una mujer demasiado pálida, con el cabello lacio, largo, despeinado y sucio; el color de mis labios se confundía con el de mis mejillas; la nariz parecía muy pequeña comparada con las enormes cuencas de donde sobresalían dos ojos azorados. Me pasé una mano por la frente; vi mis dedos descarnados, con las articulaciones demasiado grandes. Me acomodé la bata para ocultar mi clavícula salida. Mi aspecto daba lástima.

Busqué el inodoro menos percudido. El contacto con mi piel me produjo un estremecimiento; y a pesar de eso, el frío era mucho menor al que sentía en mi cuarto.

De regreso lo comprobé; únicamente estábamos la enfermera y yo. No era la primera vez que me internaba, pero sí la primera que me encontraba sola en todo un piso del hospital. Me esperaba una larga estancia y no tener con quien compartir penas y malestares hacía que el tiempo pasara todavía más lento.

Iba a medio pasillo cuando la vi. Salió del cuarto séptico. Era una niña de no más de cinco años. Igual que yo, iba descalza, con su bata blanca también abierta. Su melena rizada le llegaba a media espalda. Corría con pequeñas zancadas. Intenté darle alcance, pero el frío aumentó, me invadió, comencé a temblar sin poder controlarme. La vi entrar en una habitación; casi estaba segura de que era la mía. Hice un esfuerzo por mantenerme en pie, pero escuché tronar mis rodillas sobre el piso. Después, todo se puso negro.

II

Abrí los ojos. Las cortinas dejaban pasar la luz del día. El sol me deslumbró. Entorné la mirada. De píe, Matías, el médico, me observaba. Esbozó una sonrisa y me extendió un sobre grande. Creí que eran los resultados de la tomografía. Quise incorporarme, pero un dolor de cabeza me lo impidió. Me llevé la mano izquierda para tocarme. La canalización me retuvo. Con la mano libre palpé un enorme bulto en la frente. Lo recordé. Eso debería de ser la huella del desmayo. Con la ayuda de Matías recibí el sobre. En el interior, encontré los resultados del ultrasonido transvaginal. Releí el diagnóstico un par de veces: cavidad uterina libre de tumoraciones. ¿Era cierto? El médico, con un movimiento afirmativo de cabeza y un encogimiento de hombros, lo confirmó: los miomas habían desparecido. La impresión debió ser la causa del terrible frío que me invadió. Casi no podía mover los dedos de los pies. Matías checó mi temperatura y autorizó que me dieran otro cobertor.

Antes de salir, apesadumbrado, me comunicó la muerte de Carmela. La noticia me hizo tiritar. Ella era mi única amiga. A diferencia de los demás, siempre se interesó por mi trabajo. No me veía como un trasto empolvado, eso decían el resto de mis compañeros. No comprendían porqué pasaba el día clasificando y archivando documentos históricos. ¿A quién le importaban un montón de pergaminos amarillos? Debería limitarme a entregar los papeles que se me pedían y el resto arrumbarlos en las cajas tal y como habían hecho los demás encargados del archivo del catastro. Querían hacerme como ellos, burócratas satisfechos de trabajar poco a cambio de un sueldo que les permitía vivir con dignidad. No comprendían que la dignidad es algo más que conformarse con la suerte de un trabajo estable. Pero de algo les daba la razón: el sindicato me permitía mantener la seguridad social, que no tuve mientras seguí el sueño de ejercer como historiadora independiente.

Con Carmela podía hablar, además padecía de sangrados mucho antes de que aparecieran los míos, situación que nos acercó todavía más. Fue conmigo al médico aquel día cuando me desmayé en el baño de la oficina, por la hemorragia. Me contagiaba de su optimismo. Confiaba en que, así como sus tumores desaparecían, los míos un día también se iban a esfumar. Pero la realidad era que, cuanto más tiempo pasábamos juntas, ella mejoraba y yo me agravaba. Sin embargo, desde que me interné, Carmela volvió a empeorar; su útero se invadió de racimos de tumores que la hicieron morir desangrada.

A la hora de la comida, la enfermera trajo la dieta blanda recomendada por la nutrióloga después de mi vomitiva. Los alimentos eran raquíticos: una pequeña porción de manzana cocida e insípida naufragaba en un plato gastado; envuelto en una servilleta de papel, un pan tostado; en una taza con el asa despostillada un agua turbia despedía un ligero olor a manzanilla. Sin intención de probarlos, los miré con desprecio. Me sentía abatida por la partida de Carmela. Necesitaba hablar con alguien, confiarle mi angustia, pero la enfermera de mala manera me obligó a comer. Con certeza me culpaba por la tortícolis que sufrió por dormir torcida. Le pregunté por la niña de los rizos. A lo mejor podría visitarla en su cuarto. Los niños siempre representan alegría. Su mirada fue igual de gélida que mis manos. Respondió con firmeza: se fue hace mucho tiempo del hospital. Sentí desilusión.

III

Aún desconozco los resultados de la tomografía. Y la misteriosa ausencia de los miomas acrecienta la teoría del resto de los médicos. Me etiquetaron como una hipocondriaca crónica. Solo Matías alberga la ligera esperanza de que en el cerebro algo se me hubiera desconectado y fuera la causa de mis terribles achaques.

Lo cierto es que también disminuyen los síntomas del asma. Ni siquiera la ha activado el cloro que el chico de intendencia utiliza en el agua, a pesar de que el olor se queda impregnado en los viejos cacharros estropeados que fungen como muebles.

Recuerdo cómo Adán, en las últimas vacaciones, me ordenó salirme de la alberca. A causa del cloro me sobrevenían ataques incontrolables de tos. Él no los soportaba. Empapada, lo miré a través del cristal. La pena me hizo llorar. Ya se le había olvidado todo el tiempo que soporté sus gargajos espumosos lanzados a diestra y siniestra mientras padecía de enfisema. El asma me vino después. De acuerdo con el diagnóstico médico, mis pulmones no tardarían en colapsar; correspondían a los de una fumadora crónica. Es irónico: jamás he probado un cigarrillo. Ahora que ya no toso no puede estar conmigo. El enfisema regresó. Un tanque de oxígeno lo acompaña a todos lados. Me siento culpable; es cómo si mi ausencia lo hubiera vuelto a enfermar.

La falta de compañía me ha llevado a desvariar. Precisamente anoche los analgésicos me tenían entre la vigilia y la somnolencia. Intentaba mantenerse alerta, pero el sopor me cerraba los párpados. Me encontraba en esa lucha cuando sentí cómo su cuerpo liviano hundió la cama. Se recostó a mi lado, me acarició el chipote en la frente y me preguntó al oído: ¿Te duele mucho? Su voz helada me paralizó los huesos. El corazón se me aceleró, me faltó el aire. Me obligué a abrir los ojos. La vi saltar de la cama. Sus rizos negros volaban cuando salió corriendo.

Mi grito atrajo a la enfermera. A pesar de su mal carácter, intenta no desatenderme. Volví a preguntarle por la niña. De nuevo puso el semblante arisco; me dio la espalda, salió, apenas pude oír: se fue hace mucho tiempo del hospital.

¡Carajo, el frío me rebaza! Los calambres son insoportables.

IV

Matías no ha querido decirme los resultados de la tomografía. Supongo que intenta proteger mi de por sí golpeada voluntad. Adán murió asfixiado: sus pulmones se colapsaron.

Mi vida resulta una horrible paradoja. Mis fuertes enfermedades disminuyen a un ritmo acelerado. Inversamente proporcional al tiempo de este encierro, una especie de cárcel en donde la condena la purgo en soledad. ¿De qué me sirve mejorar? Ya nadie me espera al salir. Además, el frío ha ganado terreno. Me domina, recorre de arriba abajo mi cuerpo. Se filtra en mi mente, en mis pensamientos. Me consume poco a poquito.

La enfermera pasa menos tiempo conmigo. Me cuesta más trabajo despertar de mis pesadillas. La de los rizos aparece cada vez más. Pero me niega la cara. Siempre la veo de espaldas. Su voz resulta a mis oídos témpanos filosos. Los traspasan, me congelan el alma. No creo en su supuesta salida del hospital. Pienso que la enfermera me oculta algo. Por eso elude mis preguntas. A lo mejor, a ella, igual que a mí, la tienen aislada. Pero es hábil y todas la noches logra escaparse, y se cuela bajo mis sábanas, y enreda sus pies con los míos, y me contagia del frío que habita en su cuerpo.

La voy a encontrar. Cuando venga la enfermera, la haré creer que me trago esas enorme píldoras. Fingiré dormir. Después saldré a buscar a la niña.

V

Me mantuve inmóvil, dándole la espalda a la puerta. Cuando dejé de oír el ruido que hace con su máquina de escribir, me incorporé y me cercioré de que se hubiera ido a cenar.

Desde hacía tres días, estoy libre de la canalización; eso me permitió moverme con más soltura. Apenas me paré en la puerta, la escuché. Su vocecita glacial parecía provenir del cuarto séptico, el mismo lugar de donde por primera vez la vi salir. Me dispuse a ir cuando escuché la respiración agitada de la enfermera. Venía subiendo las escaleras; hablaba en voz alta. Había olvidado sus llaves. Corrí y me metí de nuevo a la cama. Ni siquiera se molestó en venir a revisar. Hizo sonar sus llaves y volvió a irse.

Corrí al cuarto séptico. Jadeaba cuando entré. Pero ya no estaba. Me di cuenta: el resto del pasillo tenía mejor temperatura.

La busqué en el baño. No hizo falta encender la raquítica bombilla parpadeante. La luna llena iluminaba todo. Volví a oírla reír. Me asomé. Con pequeños saltos, iba rumbo a mi habitación. Caminé con paso firme; por fin la sorprendería adentro y por primera vez conocería su rostro.

Conforme me acercaba, el ambiente comenzó a cambiar. El pasillo gozaba de mejor iluminación; la gotera sobre el control de enfermeras había cesado, incluso la mancha monstruosa de humedad había desaparecido. A mis espaldas, parecía como si en las habitaciones, antes vacías, hubiera pacientes y familiares hablando en cuchicheos. El piso bajo mis pies se volvía más y más frío.

Llegué. Me quedé petrificada sin poder entrar. Acostada en mi cama, conectada a un monitor, estaba la de los rizos. Su cara, casi cadavérica, alojaba unos labios cenizos, entreabiertos. Parecía dormida. A los pies de la cama, un Matías mucho más joven la miraba desconsolado. Al lado de ella, una mujer apenas mayor de edad le sostenía la mano casi inerte. Sin dejar de mirar a la pequeña, habló: somos solitas, doctor. Mis papás nos abandonaron hace mucho. Aunque pobres, siempre le he procurado lo mejor a mi manita. Los temblores le vinieron después de las lluvias. Nuestro cuartito es muy frío y por entre las láminas del techo se cuela todito el viento. Primero le vino la tos, luego ese silbidito en el pecho. Yo pensé que con los remedios de doña Guille iba a mejorar. Pero no; comenzó con la temblorina, sus manitas se pusieron bien heladas, decía que sentía mucho frío. Por más que lo intenté, nunca pude calentar su camita; por eso me la traje. Entonces eso que dice, la hipotermia, ¿la va a matar?

Matías, con ese gesto que lo caracteriza cuando ya nada tiene remedio, ladeó la cabeza y asintió. Casi de inmediato sonó el monitor: todo había terminado. Entró la misma enfermera que me asiste. Al igual que el médico, era más lozana. Desconectó el aparato y tapó el cuerpecito exangüe.

Me llevé ambas manos a la cara, una terrible tristeza me embargó. Sentí un pequeño jalón en la bata. Bajé la mirada: ahí estaba parada junto a mí. Por primera vez sus ojos verdes translúcidos se toparon con los míos. Con su vocecita trémula, me dijo: Por favor, no te vayas, desde que llegaste, me quitaste el frío. Si te quedas conmigo ya nunca estarás sola.