Alma Eva Moya Bastón

Dos miradas del siglo XIX frente a frente: la ironía de la corrupción social en Twain y la crudeza de la realidad humana en Crane. Imagen generada con IA en Canva (2026).

Recuerdo un episodio de mi trayectoria profesional: tras descubrir el fraude cometido por un empleado, el director general de una multinacional me preguntó: «¿Por qué roba la gente aquí?». Respondí, sin pensarlo: «Porque pueden». Eso dije entonces, aunque quizá debí responder: «Porque somos una dualidad compleja, incapaz de comprenderse y definirse del todo».

Queremos más de lo que tenemos; rara vez nos saciamos y casi siempre aspiramos a algo adicional. Me avergoncé de la simplicidad de mi respuesta; sin embargo, con el tiempo comprendí que aquella afirmación no era del todo errónea. También los connacionales de aquel director olvidaban la ética cuando imponían precios abusivos o mentían en asuntos ambientales. La deshonestidad no pertenece a una nación específica: es una posibilidad latente en la condición humana.

Sería injusto omitir que también somos capaces de honor y compasión. En esa doble condición —sombra y luz— se juega un equilibrio íntimo. Esperar que en una persona exista sólo lo bueno es una ilusión: seríamos mitades, entidades incompletas. Precisamente esa tensión es la que nos permite evolucionar. Como afirmaba León Tolstói, todos piensan en cambiar el mundo, pero pocos en cambiarse a sí mismos. La transformación individual es el primer paso hacia una sociedad distinta.

El entorno influye en nuestro comportamiento. La presión social puede empujarnos a la deshonestidad, pero también puede impulsarnos hacia actos heroicos. Ambas posibilidades —cada una a su modo— nos trascienden: no son episodios aislados, sino expresiones profundas de una naturaleza contradictoria.

La literatura norteamericana del siglo XIX retrató con lucidez esta dualidad en el contexto de una nación en construcción. Tras la Guerra Civil (1861–1865), Estados Unidos vivió transformaciones culturales y económicas decisivas. La industrialización acelerada impulsó el progreso, pero también agudizó la desigualdad y la pobreza. Las condiciones insalubres en las fábricas y los salarios miserables obligaban incluso a los niños a trabajar. A ese periodo se le llamó «The Gilded Age», nombre tomado de la novela The Gilded Age: A Tale of Today, publicada en 1873 por Mark Twain y Charles Dudley Warner. El término alude a una superficie dorada que recubre una realidad corroída por la codicia y la corrupción.

En los años posteriores a la guerra surgieron los movimientos realista y naturalista. El realismo buscó representar la vida cotidiana con fidelidad, alejándose del romanticismo y de sus idealizaciones. Los personajes ganaron profundidad psicológica; el diálogo, protagonismo; y el lenguaje se aproximó al habla común. Sus temas recurrentes incluían la corrupción, la opresión, el racismo y la desigualdad. En algunos casos, además, los realistas defendieron reformas sociales y políticas.

El naturalismo, por su parte, subrayó el determinismo y presentó al ser humano movido por fuerzas instintivas y condicionamientos sociales. La naturaleza aparecía como una potencia adversa; la sociedad, como una estructura apenas civilizada bajo la cual persistían la supremacía individual y la lucha por la supervivencia.

Dos autores emblemáticos de estos movimientos son Mark Twain y Stephen Crane. Sus obras permiten comprender, con particular agudeza, la vida norteamericana de finales del siglo XIX.

En el cuento «El hombre que corrompió a Hadleyburg» (1899), Twain construye una sátira mordaz sobre la hipocresía moral. El narrador omnisciente se aproxima a los pensamientos y motivaciones de los personajes y deja al descubierto la fragilidad de una comunidad que presume de honradez. Basta una tentación —un saco que aparenta contener oro— para que diecinueve ciudadanos «intachables» reaccionen con codicia. La venganza de un forastero ofendido desmantela, pieza por pieza, la reputación colectiva del pueblo.

Lo más inquietante es que no existe un personaje verdaderamente íntegro. Incluso Edward Richards, considerado modelo de honestidad, alberga la misma ambición secreta que los demás. Si no es codicia, es resentimiento; si no es mentira, es prejuicio. Nadie se examina con honestidad: el miedo a ser descubierto suplanta a la autocrítica. Twain enuncia así una verdad incómoda: la virtud proclamada en público puede ocultar una moral frágil.

Por su parte, en «The Bride Comes to Yellow Sky» (1898), Stephen Crane sitúa la dualidad en el choque entre tradición y cambio. Un comisario regresa a su pueblo tras casarse; pero, lejos de celebrar, siente incomodidad y culpa por no haberlo anunciado a la comunidad. El contraste entre la naturaleza del Viejo Oeste y la modernidad del tren simboliza la transición histórica. También se enfrentan lo viejo y lo nuevo: la figura del pistolero Scratchy Wilson encarna un pasado violento que ya no halla sitio en la realidad que se impone.

El duelo esperado nunca ocurre. La presencia de la esposa desactiva el enfrentamiento y, con él, la lógica del Viejo Oeste. El antagonista queda simbólicamente anulado sin necesidad de disparos. Crane sugiere que el cambio, aunque incómodo, resulta inevitable: las viejas estructuras terminan por disolverse ante nuevas formas de convivencia.

Ambas obras dialogan con nuestra actualidad. La corrupción que denuncia Twain y la resistencia al cambio que retrata Crane siguen presentes en la sociedad contemporánea. Los escándalos que salpican a políticos, empresarios o líderes religiosos parecen confirmar que ciertos patrones se repiten. La literatura actúa entonces como memoria colectiva: aunque ficticios, estos relatos iluminan verdades persistentes sobre nuestra condición.

Tal vez la humanidad esté condenada a reiterar sus contradicciones. Como planteaba Friedrich Nietzsche con la idea del eterno retorno, todo podría repetirse indefinidamente. Sin embargo, la conciencia de esa repetición —la capacidad de reconocernos en esos personajes— quizá sea el primer paso para torcer el rumbo. Si somos una dualidad compleja, también somos la posibilidad de elegir qué vertiente prevalece.

 

Bibliografía

Read Great Literature. «New Reading List: America’s Gilded Age Literature». (Consulta en línea).

Magill, Frank N. American Literature, Realism to 1945. Pasadena, CA: Salem Press, 1981.

Twain, Mark. «El hombre que corrompió a Hadleyburg». 1899.

Crane, Stephen. «The Bride Comes to Yellow Sky». 1898.