Guillermo Sepúlveda

 

Después de disimular la contemplación de los libros y adornos en las repisas, don Mode tomó asiento en el sofá. La estela de barro y tierra que brotaba de sus suelas señalaron el camino desde la puerta hasta el mueble color durazno. Carlos recordaba perfectamente la camisa de cuadros café con vivos en amarillo, pantalón negro y sombrero de paja de don Mode. Se había acostumbrado a ver los mismos conjuntos durante días consecutivos. Incluso lo consideró un acto de pragmatismo y sentido común. Pero tenerlo en su propia sala con cualquiera ya era motivo del mayor de los temores. Carlos pasó saliva. Agotada la cordialidad del mutis, don Mode alzó la mirada, adquirió un semblante erguido, aunque apoyado en su bastón, y se pronunció.

—Mire, don Carlos, vamos a hablarnos con la verdad. Usted sabe que la vida aquí en el campo no es cosa fácil. Llevamos ya unos años haciendo nuestra luchita porque ni el dinero ni la comida nos sobra. Desde chilpayate, sé lo que es escuchar el rugido de la tripa. Trataba de esconderlo cuando tenía de frente a mi señor padre; imagínese usted que lo veía salir antes que el sol, su pajarete, si bien le iba, y ámonos al cultivo de vainilla para regresar hasta que volvía a estar oscuro. Pero los ojos no saben mentir cuando hay hambre, don Carlos, y solo lo veía agüitarse más porque ni todo su sudor bastaba. Una vez se hizo oscuro, pero no regresó. Tardaron tres días, hasta que lo encontraron ahí por las Montañas del Norte. Resulta que pidió fiado para trabajar la tierra y sacar maíz. No quería que volviéramos a pasar hambre, pero dilató en pagar. El terrateniente le dijo quesque fueran a dar un paseo para ver cómo arreglarse, pero puro cuento: lo aventaron por el barranco. Este señor es hijo del que les robó las tierras a mis abuelos. Y mi padre pagó el precio de no pagar lo que por derecho era suyo. No voy a dejar que se repita conmigo, menos con mis hijos. Espero entienda lo que está en sus manos. Sé que no se lo tengo que pedir dos veces. Las articulaciones y el hambre ya no me dan para seguir arrodillado. No me haga volver mañana.

Don Mode cerró la puerta por fuera, pero no se llevó la disyuntiva que dejó sembrada en la sala del locutor foráneo. Don Carlos tomó asiento y pasó sorbos de la infusión de manzanilla, desenfocó para mirar el todo y entrar en catarsis. Tal vez había llegado demasiado lejos con su ideal. ¿Retornarlo y encarcelarlo en el pensamiento, o al fin llevarlo a un salto de la realidad de una vez y por todas?

Los framboyanes y jacarandas florecieron como hace años que no lo hacían, o al menos eso aseguraron a don Carlos el día que llegó a Ocosingo. Apenas descendió del autobús, se hicieron presentes los vaivenes de aire cálido y tierra levantada a la mínima provocación del aire. El mediodía convertía a la cabecilla en pueblo fantasma. El aleteo de los abanicos de palma le sugirió la existencia humana desde las sombras detrás de los pórticos. Apenas se acercó a uno de los marcos de la puerta, una mujer le recibió con la cordialidad de la impersonalidad y los lugares comunes. Que si ahora llegó la primavera con más calor de lo normal, que ahora no ha llovido, que ahora cobran más los colectivos para llevar y traer a uno a Tuxtla. Respondida la pregunta sobre cuánto tiempo se quedaría, la mujer cambió su semblante; misma suerte con el hombre de carreta de basura y la cajera de la farmacéutica. Don Carlos advirtió que el límite de la hospitalidad estaba en la exposición de lo indefinido. Ante la poca claridad de indicaciones para dar con la casa alquilada, optó por entrar en una fonda. De entre las conversaciones difusas, distinguió el tono de la desesperanza:

— … porque la cosa na’más no mejora. Ya supieron lo de Eladio, que le picó una araña, una chinche o vayan ustedes a saber qué pero el chiste es que se le empezó a poner morada, pero ni con el dolor faltó al ingenio que no le perdonan las faltas. Su suegra, que es hierbera, le daba mezclas, pero el pobre seguía cada vez peor. Total, el dolor ya llegaba al codo y acabó yendo al consultorio: “Uy no, Eladio, por andarse rascando ya trae infección en el brazo: o le corto el brazo o vaya comprando una caja”. Qué cabroncito ese doctor, pero mentiras no decía. Total, que ese mismo día lo macheteó y lo dejó manco. Volvió al ingenio pero el jefe ya no lo dejó trabajar y lo acabó corriendo de su tierra… nuestra tierra. Compañeros, la cosa no puede seguir así. Hoy Eladio, mañana tú, o tú, o yo mismo… o el metiche fuereño de aquí al lado.

Carlos quedó paralizado cuando voltearon a verlo. Quedó sometido a la suerte.

—Pásese pa’cá. No crea no le había echado un ojo desde que entré. Deje adivino, usted es el locutor, ¿no? Aquí no hay mucha cosa que contarse por radio. Todo se sabe a voces. Me dijeron que andaba viendo por dónde anda la casa de la loma. Usted sígase por la vereda atrás de los sembradíos de café de Zacarías, pregunte, y derechito llega.

“Sí, caray, el ‘todo derecho’ cabe en cualquier indicación; ya ve que todo es más fácil platicado; tómelo como un presagio. Ya deje sus chivas arrumbadas que lo veo bien amolado y ya le muestro la casa”. Carlos conoció su nueva morada. La cocina contaba con una estufa oxidada y cazuelas apiladas dentro del horno, con la ventana dando al lavadero y tendedero. Las paredes, pintadas con color pistache con esporádicos huecos grisáceos. El cuarto era apenas un colchón sostenido por una base negra de latón. Notó que la sala ya estaba amueblada y decorada con libros, figuras de cerámica y cuarzos. Su mayor interés descansó en el cuarto de locución, tapizado con cartones de huevo y una mesa destartalada con la telaraña de cables del sistema de control atados a la consola maestra; al centro de la mesa, un micrófono negro, cubierto de polvo, con la esponja vieja; para Carlos, no había mayor perfección.

El locutor pronto adoptó la rutina. Huevos revueltos, frijoles negros de olla y tortillas para desayunar, acompañado de café comprado con Zacarías. Sintonizaba por Internet las noticias locales y nacionales; tomaba notas y preparaba el segmento de la noche. Veía sin mucho éxito el avance de los sembradíos en su diminuta parcela; el plátano y la papaya no eran dóciles con el fuereño. Ya en la tarde, se preparaba pasta con crema y sopa de pan, o compraba cochito horneado o tamales. Caminaba en las veredas por un par de horas a contemplar sus pensamientos y volvía a su casa al comenzar a oscurecer para preparar el programa. El paso del tiempo transcurría sin mayor prisa para Carlos. Recordando las autoproclamadas viejas glorias y metas inconclusas, informando el acontecer, mimetizando su actuar al del pueblo que terminó por aceptarlo como uno más de los suyos. Pero una noche, comunicó sin mayor sentir la apropiación ilícita de tierras campesinas por un empresario de generación de energía eólica en Abasolo y Cintalapa. Al darse cuenta de su indiferencia, se creyó corrompido y se maldijo una y otra vez; salió a llorar en la noche lluviosa y vio a lo lejos las tenues luces de la plaza y el kiosko. Sintió como si le echaran en cara su actitud. Se juró redimirse, sin saber que su oportunidad estaba a un amanecer de distancia.

Esa noche, cayó una lluvia que no se veía en meses. Acompañado del viento, el temporal derribó bardas, arbustos, techos de aluminio… Carlos salió en la mañana a hacer el balance de los daños y encontró la antena de Internet doblada. Supuso que sería cuestión de enderezarla, pero la señal no regresó. Con el atardecer ya cercano, debía preparar las notas que daría a la población. Agotó todo intento creativo y poco técnico hasta que se supo a minutos del inicio de la transmisión. Llegada la hora cero, prendió el micrófono, cerró los ojos y habló.

La mañana siguiente, don Carlos fue al centro de Ocosingo y preguntó dónde podría comprar un nuevo equipo para captar la señal de internet. Ante las negativas acumuladas, tomó un autobús a San Cristóbal de las Casas. La visita fue todo un éxito tras encontrar un equipo en una tienda de comunicaciones, y abrazó la caja al pasear por las calles empedradas, las casas de piso alto y fachadas multicolores, las tejas de barro y los antojitos en la Plaza Central. Se supo sin prisa: era domingo de descanso, sin transmisión de noticias. Volvió ya de noche a Ocosingo, pero tomó un nuevo camino a la cabaña: había vuelto a llover y la vereda habitual estaba cubierta de lodo. Al acercarse a la escuela primaria, notó la presencia de varias personas en el patio. De entre las voces inaudibles, escuchó:

—…Ya ve lo que ocurrió, don Mode

—No pues, ¿qué pasó?

—Pues que ya se levantaron en Comalapa. Así como oye, así como oímos todos.

—¿Pero contra quiénes o qué?

—Pues contra los del municipio; ya ve que a cada difunto le inventaban una deuda quesque no había pagado y se quedaban con las casas con todo y muebles.

Carlos sintió el frío recorriendo su cuerpo.

—Pues claro, aprovechando que andan trabajando en Estados Unidos y vayan ellos a saber qué y para qué pedían. ¿Y luego? ¿Entonces se levantaron?

—Eso mero, don Mode. Tomaron presidencia, sacaron al presidente, lo metieron a un tinaco y le amarraron fierros; y lo que le toque. ¡Que pa’ que vea!

—No pues no se fueron con tintas medias. Pero, ¿y no está patas pa’rriba el pueblo?

—No’mbre, que se organizaron y ahora gobiernan ellos, ya dijeron que nadie más se va a morir de hambre, que nadie va a volver a robarles… ¿En qué piensa, don Mode?

—Se me hace, se me hace que en Ocosingo ya también nos llegó la hora.

Carlos salió disparado hasta llegar a la cabaña. Con el pulso agitado, se recargó detrás de la puerta. Supo que había llegado demasiado lejos, que no debió proyectar los ideales empolvados en sus épocas de lucha, que , aun si retratara un resquicio de esperanza, la noticia era una ficción; que esa espiral tenía que parar.

Al día siguiente, reprodujo su rutina, la preparación de alimentos, el cuidado de su huerto, la caminata diurna. Al atardecer, instaló el nuevo modem, prendió la señal de internet y recibió las noticias del mundo no construido, aquel donde la desigualdad era tangible, donde la gente moría de hambre por la injusticia, donde Comalapa seguía oprimida. Llegada la noche, prendió la consola maestra, habilitó el micrófono y permaneció en silencio. 10 segundos. Un minuto. Media hora. No supo decir más.

Al día siguiente, Carlos fue al centro de Ocosingo a comprar leche, granos y una bombilla. Sentía a la gente actuar de modo distinto, con aires de conspiración, entre miradas de complicidad. Una vez notada su presencia, don Carlos era observado con consternación, temor, reclamo. Los latidos eran látigos restregados a sus adentros. Se preguntó si aún era pertinente permanecer en Ocosingo. Sin haber formulado aún la respuesta, abrió su maleta y comenzó a empacar. Marcharía del pueblo ese mismo día si fuera necesario. A punto de salir, tocaron a la puerta. Al abrirla, encontró a don Mode. Sin mayor invitación protocolaria, entró a la sala y disimuló la contemplación de libros y adornos en las repisas. Agotada la cordialidad del mutis, don Mode alzó la mirada, adquirió un semblante erguido, aunque apoyado en su bastón, y se pronunció.

—… Espero entienda, don Carlos, lo que está en sus manos. Sé que no se lo tengo que pedir dos veces. Las articulaciones y el hambre ya no me dan para seguir arrodillado. No me haga volver mañana.

Eran las ocho de la noche de un martes, no importa cuál, cuando don Carlos prendió la consola maestra, habilitó el micrófono de la única estación de radio de Ocosingo, Chiapas, y pronunció:

—Es hora de hablarnos con la verdad

Siete meses después, llegó un autobús a Ocosingo. El aire ya era más fresco y los framboyanes y jacarandas mostraron sus últimos destellos multicolores. El fuereño volteó a las calles desiertas y entró a una fonda para apaciguar el hambre.

— ¡Buenas! El nuevo locutor, ¿no? Pásale y pídete el del día. Hoy Conchita se lució con el fuerte. Por cierto, ¿ves a la viuda de la mesa del fondo? Era esposa de don Mode. Ah cómo lo extrañamos. Era buen líder, pero una voz le susurró levantarse; esa voz vino del que estuvo antes de ti. Pero tranquilo. Aquí aprenderás rápido. La verdad se silencia rápido, pero el silencio da para vivir un poco más. ¿Cuándo empiezas?