Hanna Arendt

León Bejar Wasongarz

 

Ay, Alemania; de las noticias que nos llegan de ti, todos se maravillarían… pero quien sepa lo que haces, echará mano al cuchillo.

Bertolt Brecht

 

La dificultad que supone aseverar un juicio o una postura sobre el pasado nazi ha ocupado las mentes de todos sus herederos; ha sido la obsesión de grandes pensadores y humanistas. La complejidad que exige el tema ha llevado a la formación de todo tipo de posturas, obras, manuscritos…, cualquier intento que pueda esclarecer un pasado tan oscuro.

El propósito de este ensayo es la comparación de tres ópticas: la rebeldía y condena de la Rosa Blanca, la postura de Peter Weiss ante los juicios de Nuremberg y la de Hanna Arendt ante el proceso de Eichmann en Jerusalén. Para poder hacer cierta refutación a la idea de banalidad del mal, como para profundizar ante el problema de la naturaleza de la maldad, es imperante contrastar a estos tres autores, estos tres puntos de vista que tienen en común su relación con el aparato social del juicio. Y hemos de añadir, generan respuestas en que la trascendencia del bien y la mediocridad del mal coexisten como aproximaciones igualmente valiosas, pero que se pueden contraponer y que fueron generadas por el mismo régimen infernal.

 

ALGUNAS CONSIDERACIONES ACERCA DEL PROCESO DE JUICIO

Nos dice el gran dramaturgo David Gaitán, respecto de su adaptación de Antígona[1], que tras el lamentable diagnóstico de la realidad, y como motor de su drama, el proceso de juicio y condena fundamenta todo aparato social, y por ello debe someterse al pueblo; sin embargo, y sin necesidad de explicarlo, el pueblo está envenenado, inmerso y alienado en un sistema que responde a «esquemas simples», que con un plumazo descalifican gran número de motivaciones y convicciones. No es posible extraer al pueblo de esta operación. La propuesta de Gaitán es «vacunar al pueblo». ¿Cómo? Educándolo, generando espacios de discusión y análisis en determinado conflicto desde diferentes directrices.

Discutir el juicio, si no es que discutir, ya involucra juzgar: no es sólo una capacidad, sino una obligación. Y ahora, después del largo siglo XX, esta obligación se convierte en deber para la justicia, llámese social o natural. Por lo mismo, es el tema de la justicia el que hay que traer a la mesa de debate. Justicia, impunidad, inocencia, culpa y memoria son los elementos constitutivos de cualquier juicio. Es ese «aparato social del juicio» el que pretendemos hacer resurgir para completar el panorama con tres ópticas diferentes de lo que significó una de las mayores —si no es que la mayor— expresión de genocidio en  nuestra historia.

 

DER WEISSE ROSE. LA ROSA BLANCA

El movimiento de la Rosa Blanca estuvo constituido por doce estudiantes jóvenes y un profesor de la Universidad de Münich. En el asunto de la juventud hay algo sagrado. Lo primero que se siente al mirar las fotos de los muchos miembros ejecutados es esta conmoción por la juventud. Conmueven particularmente las historias de Sophia Magdalena Scholl, Hans Scholl y Christoph Probst.

Me parece que Jud Newborn y Annette Dumbach hacen un esfuerzo magnífico por capturar aspectos muy importantes de la era nazi. Al novelar la historia de la Rosa Blanca en su libro Sophie Scholl and the White Rose, se basan en un estricto código de verdad. Nada es inventado en esta novela. En el maravilloso esfuerzo de los autores, se descubre cómo un valiente grupo de jóvenes, en particular Sophie y Hans Scholl, dejan testimonio de un bien que trasciende a su decapitación y a su condena. El esfuerzo de los autores es comprender a sus integrantes desde el heroísmo de tener y hacer tener conciencia. Nos hacen saber que incluso en el infierno nazi había conciencias jóvenes, pocas en número pero que representaban lo mejor del mundo, una moral indiferente de sus circunstancias y un código ético que podemos enmarcar como extraordinariamente noble. Sophie, Hans, Christoph y otros doce miembros del movimiento pacifista fueron ejecutados a finales de 1943, en Münich, condenados por el Tribunal del Pueblo, humillados por la Gestapo y finalmente decapitados. Mueren con las palabras «viva la libertad» para que después caiga la cuchilla de la guillotina.

Aquí encontramos una actitud de bien no relativa ni mucho menos banal. Los miembros de la Rosa Blanca gritaban a los criminales nazis: «We will not be silent. We are your bad conscience. The White Rose Will not leave you in peace!»[2].

¿Qué significa realmente la Rosa Blanca? Es un hálito de valores dentro de un momento histórico devastador, mientras la mayoría de los alemanes se hacían los ciegos frente al Holocausto y la guerra nazi, creyendo tonterías como que los judíos desaparecidos habían sido trasladados a Madagascar (nota: esta fue idea de Eichmann), o como que los rusos no les habían ganado en Stalingrado. Frente a la cantidad de sinsentidos y atrocidades del imperio nazi, los civiles sabían lo que ocurría mientras juraban que nada sabían. Y si no sabían nada, nos dice Hans Scholl, «debemos mostrárselo, sobre todo a los jóvenes. No podemos no hacer nada»[3]. Y fue justo por obligar al pueblo alemán a tomar conciencia que la Rosa Blanca imprimía boletines que dejaba en secreto en las universidades, sobre los actos reales del Reich. Por esto fueron capturados los hermanos Scholl, descubiertos al dejar propaganda antinazi en la Universidad de Münich. Capturados, logran no confesar ningún nombre a la Gestapo, a pesar de que casi todos los integrantes fueron detenidos posteriormente. Un ejemplo de los manuscritos que redactaba el movimiento es el siguiente:

Nothing is so unworthy of a civilized nation as to allow itself to be governed without any opposition… Nobody wants to talk but every honest German is ashemed of his goverment… Your crime is so corupted and spiritualy crushed that eclipse all atrocities throughout history[4].

La Rosa Blanca le gritaba a los nazis: «¡Los vamos a exponer!». Su valentía, al poner sus vidas en riesgo en nombre de la libertad, es incuestionablemente: un brío de virtud inverosímil, tomando en cuenta la época.

Quizá una de las cosas más relevantes sobre la Rosa Blanca es esta labor de concientización frente a la barbarie nazi. Sorprende, ya en comparación con el proceso de los juicios de Núremberg, el compromiso social de este movimiento. Analicemos: los miembros guillotinados de la Rosa Blanca eran jóvenes pacíficos e inocentes, obligados a pasar por un absurdo proceso de juicio, de proporciones gargantuescas. Una vez dictada la obvia sentencia, Sophie le grita al «Tribunal del Pueblo» que ellos serán los siguientes en ser juzgados y que su culpabilidad no podrá ser perdonada. Y como si fuera profeta, dicho y hecho: en los procesos de Nuremberg y en el de Eichmann, podemos ver con claridad cómo se voltea la moneda para que los verdaderos culpables enfrenten un juicio, que pretende mayor imparcialidad y, sin embargo, tiene el mismo final en la condena, aunque no el mismo para la memoria. La subversión de esos jóvenes nos conmueve y se ha enmarcado de heroica, de un bien trascendente, y trascendente porque su grito llega hasta nuestros días como la incapacidad de someterse a la tiranía y como un inmenso contrapunto a cualquier tipo de mediocridad.

Al analizar el fenómeno del Holocausto, usualmente se encuentran cuatro posturas: la víctima, el victimario, el indiferente y el resistente. Pues bien, todo lo que significa la Rosa Blanca es una cuestión de no poder «fingir mutis» frente a la tiranía hitleriana. Es no poder cruzarse de brazos y pretender ignorar el problema. Aquí resulta irónico que dentro del marco de los indiferentes, la idea de la Tercera Solución final de Eichmann (enviar a los judíos a Madagascar) se haya vuelto una mentira creída con vehemencia. Pese a que en 1943 ya se había implementado la Cuarta y última Solución Final (el gas y los campos de exterminio), gran parte de la población alemana seguía virando hacia la indiferencia con esta impuesta mentira de Madagascar. Se trata de verdaderos héroes en medio de un mar de mediocres y perversos; pero no entendidos como dicotomía, pues la perversidad también tiene un lado mediocre.

 

LA INDAGACIÓN DE PETER WEISS SOBRE LOS JUICIOS DE NUREMBERG

Peter Weiss

Más cerca del terreno literario está la obra dramática La indagación, donde Peter Weiss, experto en el tema e íntimo amigo de Hanna Arendt, recrea en once cantos dramáticos el juicio de alrededor cuarenta criminales de guerra nazis. Al contrario de Arendt, Weiss logra profundizar en la inmensa contradicción de los criminales, que en la mayoría de los casos declaran lo mismo que hará Eichmann: eran engranajes de un sistema que los controlaba, les daba órdenes incuestionables y ellos sólo las ejecutaban. Indica Weiss que pareciera una salida un tanto común por parte de los perpetradores el declararse «inconscientes» de sus crímenes, «simples engranajes» o «meros burócratas». Si bien es cierto que a partir del análisis de Arendt podemos encontrar concordancias entre el perverso y el mediocre, Weiss parecería criticar esta salida fácil, esta falta de responsabilidad e incluso esta mofa con la que casi cualquier crimen quedaría justificado por «una obediencia ciega».

Concluyo que el acierto de Weiss es poner en tela de juicio dicha salida fácil, esta incapacidad de reconocer el exterminio provocado, aun frente a víctimas sobrevivientes. «A mí solo me dieron órdenes, no opciones», clama uno de sus personajes, general nazi que asesinó y torturó a docenas de personas. Y esta estrategia se copió hasta la náusea. En mi opinión, es también lo que hará Eichmann en Jerusalén, tiempo después.

A partir de este contrapunto —la postura de Sophie Scholl y la de Peter Weiss—, analicemos ahora a Hanna Arendt y la banalidad del mal, con el propósito de refutar su conceptualización a través de los matices mencionados.

 

HANNA ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL

Antes de referirme a Eichmann, hablaré sobre «esta terrorífica normalidad de los nazis», como ya mencionaba Weiss, y que contrastamos ahora con Michael Karkoc, apodado «El lobo», responsable sin duda de la muerte de cuarenta y cuatro víctimas, en particular mujeres y niños. Así pues, también es un viejo de noventa y ocho años que trabaja en su jardín en Minneapolis, adonde huyó al terminar la Segunda Guerra. Aunque pudo evadir, como veíamos, cualquier proceso de juicio, este anciano no parece ser de ninguna forma el monstruo que imaginaríamos. Su comunidad lo considera un hombre bueno y común, que ayuda a la Iglesia y conversa con su peluquero[5]. Aquí está la famosa banalidad del mal, teorización controversial y sorprendente. Al respecto, ha escrito el psicólogo Roy Baumesteir: «existe una desproporción entre la persona y el crimen»[6]. La gran intriga es cómo alguien que aparenta normalidad y hasta beatitud sea capaz de cometer los más horribles atropellos. Lo mismo ocurre en el caso Eichmann. Esta maldad de clase banal pareciera obedecer a las teorías de Baumesteir y de Arendt; sin embargo —y más en sintonía con Weiss y con la Rosa Blanca—, me parece que la verdadera desproporción es entre la persona y la culpa, la incapacidad de asumir responsabilidad y consecuencias sobre los daños reales. Me adelanto al decir que no es de extrañarse la incapacidad de asumir responsabilidad ni de justificar las acciones de alguien como Karkoc o Eichmann. En toda la historia de la humanidad, existe una tendencia a evadir la culpa, a justificar las barbaries y a huir de las condenas. ¿Puede existir realmente un tipo de maldad mediocre, carente de sadismo, una maldad burocrática? Analicemos el caso Eichmann.

El once de mayo de 1960, tres agentes del MOSAD arrestaron ilegalmente a Ricardo Klement en Buenos Aires, se lo llevaron para interrogarlo y la respuesta no se hizo esperar: Ich bin Adolf Eichmann, confesó de inmediato. Esto es: «yo soy el teniente coronel que durante la Segunda Guerra Mundial estuve encargado del transporte masivo de millones de inocentes deportados a campos de concentración y exterminio, en Alemania y en toda Europa del Este». No obstante, quien lo decía no parecía un genio del mal, sino un anciano común. Los agentes del MOSAD lo trasladaron a Israel, donde comparecería a juicio, como uno de los arquitectos principales del Holocausto. La controversia fue gigantesca y aquí fue cuando el New York Times le asignó la tarea a Hanna Arendt de escribir sobre el juicio. Solo que no contaban con que Arendt —con su ojo hipercrítico y su afán de teorización filosófica— despertaría el odio de muchísimas víctimas y de la mayoría de israelíes y judíos. El argumento de Arendt, al encontrarse frente a frente con Eichmann, se plasma inicialmente así: «A pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un monstruo»[7].

Arendt capta a un hombre poco inteligente, que habla con frases cortas y poco elocuentes. No le parece un fanático antijudío ni un genio ni un loco ni alguien que obtuviera placer por ser acusado como responsable de la muerte de millones de personas. Escribe Arendt: «Únicamente la pura y simple irreflexión […] fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo […]. No era estupidez, sino una curiosa, y verdaderamente auténtica, incapacidad para pensar».[8]

He aquí trazada la famosa banalidad del mal. En su análisis concluyente, Arendt afirma:

Para Eichmann, sus actos constituían un trabajo, una rutina cotidiana, con sus buenos y malos momentos […] Eichmann no fue atormentado por problemas de conciencia. Sus pensamientos quedaron totalmente absorbidos por la formidable tarea de organización y administración que tenía que desarrollar […] Estamos ante un nuevo tipo de maldad que a través de la burocracia transforma a los hombres en funcionarios y simples ruedecillas de la maquinaria administrativa[9].

Ya se define por completo la interpretación de Arendt: Eichmann es un hombre común, un mediocre esclavizado para hacer funcionar la industria de la muerte de manera masiva y eficaz. No es un arquitecto del mal, no un monstruo, sino un burócrata común, cuya maldad no es otra cosa que sumisión y banalidad. Sin embargo y a pesar de esto, Arendt no lo considera inocente ni lo exonera en modo alguno, sino que más bien invita a la comprensión de una nueva conceptualización de maldad, a conocer, pues, al hombre real y no un rostro de la perversidad.

Concluyo que la postura de Arendt es más que válida, pero no del todo acertada. Muchas veces noté cierto afán por teorizar esta banalidad y comprobarla en Eichmann como un fin mayor que la incierta observación: una especie de obsesión por comprobar «la mediocridad del mal». Aunque no difiero del todo, aquí la Rosa Blanca y Peter Weiss podrían matizar más la situación. Aun cuando fuera mediocre y asesinara con firmas, las consecuencias no fueron banales en absoluto. Esa sacra inconciencia de la que habla Weiss pareciera rematarse en Eichmann, más como inconciencia que como mediocridad; o en su defecto, como incapacidad de asumirse en tanto instrumento importante del genocidio.

La verdadera incongruencia gira en torno a dos ejes: la necesidad de justificación, pues ningún ser humano se declara abiertamente genocida, y una necesidad de redención o comprensión. Aunque nunca pensaría que por falta de conciencia, he aquí mi refutación: Eichmann sabía muy bien lo que hacía, conocía las consecuencias de sus actos y es innegable su carácter marcadamente antijudío, su afinidad con el Nacional Socialismo y su gran inteligencia para diseñar el sistema de transporte del exterminio.

Admito la contribución de Arendt hasta cierto punto, pero difiero en que esa mediocridad sí obedecía a fines conscientemente genocidas, al proyecto del Nacional Socialismo y al fanatismo de «erradicar a los judíos de la Tierra». Notemos que Klauss Eichmann, hijo del acusado, era un fanático antijudío. Pero un hombre que puede diseñar los rieles de Auschwitz, Treblinka, Mathausen, Brikenau, y de todo un sistema interconectado que abarcaba a casi toda Europa del Este, no puede ser completamente mediocre; de ninguna forma era tonto ni inconsciente, y a mi parecer verdaderamente maligno, muy inteligente y creador intelectual del genocidio. Por supuesto que la máscara que le pone Arendt le ayuda a justificarse, pero por más banal que pudiera ser, nadie es capaz de diseñar la Solución Final sin un gran toque de genuina perversión, por más normativizada que esta sea en su ejecución. Quizá la verdadera diatriba orille a un reconocimiento más funesto: el rostro del mal envejece, se adapta, y no luce necesariamente monstruoso, aunque lo sea. Porque finalmente, la contingencia de la historia puede ponernos a todos en la posibilidad de ser un próximo genocida; sin embargo —y paradójicamente—, eso no nos despoja de nuestra humanidad. Despertar y adormilar a nuestra bestia interna constituyen, por triste que sea, procesos profundamente humanos. Respecto de Arendt, vale la pena agregar que su teorización tal vez quepa mejor en individuos más comunes; en ellos encuentro mucho más factible apelar a una banalidad del mal: en un soldado cualquiera, pero no en uno de los creadores intelectuales del Holocausto, porque los diseños de Eichmann no pueden partir de una mente mediocre, ni de una ausencia de pensamiento. La banalidad del mal es mucho más comprensible en los últimos eslabones de la cadena de mando que en sus directores, y para ambos tipos, el rostro del mal envejece y no luce como podría esperarse, ni tiene un discurso lineal, ni carece de humanidad; por el contrario, es excesivamente humano, pero no podemos por ello perder de vista la responsabilidad de los crímenes pasados ni de sus perpetradores, mediocres o no. En todos ellos, la maldad se disfraza, cambia, envejece y luce terriblemente humana.

 

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, H. (2017), Eichmann en Jerusalén. Debolsillo.

Baumeister, R. (1999), Evil: Inside Human Violence and Cruelty. Holt McDougal.

Dumbach, A. & Newborn, J. (2006), Sophie Scholl and the White Rose. Oneworld.

Gaitán, D. (2018), Edipo: Nadie es ateo y Antígona. Magnífico Entertainment.

Rubio, J. (2017), «La banalidad del mal y la terrorífica normalidad de los nazis». El país, noviembre 2, 2018. Sitio web: https://verne.elpais.com/verne/2017/03/23/articulo/1490255737_690085.html

Weiss, P. (1968), La indagación. Grijalbo.

 

FILMOGRAFÍA

Rothermund, M. (2005), Sophie SchollDie letzten Tage. Alemania: X Verleih AG.

Von Trotta, M. (2012). Hanna Arendt. Alemania, Luxemburgo y Francia: Heimatfilm, Bayerischer Rundfunk, Westdeutscher Rundfunk.

Weitz, C. (2018). Operación final. Estados Unidos: Automatik Entertainment.


[1] Véase David Gaitán Edipo: Nadie es ateo y Antígona.

[2] Anette Dumbach & Jud Newborn (2006), Sophie Scholl and the White Rose.

[3] Ibidem

[4] Ibidem

[5] Véase Rubio, J. (2017). «La banalidad del mal y la terrorífica normalidad de los nazis». Noviembre 2, 2018, de El País. Sitio web: https://verne.elpais.com/verne/2017/03/23/articulo/1490255737_690085.html

[6] Roy Baumesteir (1999). Evil: Inside Human Violence and Cruelty. EE. UU.: Holt McDougal.

[7] Hanna Arendt. (2017). Eichmann en Jerusalén. México: Debolsillo.

[8] Ibidem

[9]Ibidem