Abraham Miguel Domínguez

Durante las pasadas vacaciones de diciembre, tenía un plan muy bien estructurado. Pasaría en soledad esas festividades que, por lo general, me parecen insoportables, leería mucho y trataría de encontrar la tranquilidad ansiada después de un semestre de mucho trabajo. Doy clases en la universidad y es mi pasión, pero el trabajo me tenía bastante agotado. Escogí una novela gruesa para esas dos semanas: La tienda de antigüedades, de Charles Dickens. La escogí porque imparto clases de siglo XIX y es uno de mis autores favoritos. Conozco una pequeña parte de su producción, que es grande, pero no había leído esa novela, una de las más exitosas de su carrera y también una de las más criticadas. Escritores posteriores la odiaban. La consideraban sentimental y excesiva en recursos. Oscar Wilde, por ejemplo, había dicho que el episodio de la muerte de la famosa protagonista de la historia era de risa absoluta.

Justo cuando empecé a leer la obra, caí enfermo. Una infección terrible de garganta que tardó en manifestarse me arrojó dos semanas en cama. Algo sucedió con mi cuerpo en esa navidad y tardé muchos días en sentirme bien. La infección no cedía; tuve que tomar dos antibióticos. El último me destrozó el cuerpo. No tenía energía para hacer absolutamente nada. Me dolía la espalda y tenía mareos y sudores, así que pasé las fiestas sintiéndome del carajo. Un día en que no pude pasarme nada por la garganta, a pesar de llevar dos días de tratamiento, pensé que moriría. Tampoco ayudaba que soy un hipocondriaco consumado.

Mis padres viven en provincia y mi hermano tenía pocos meses de mudarse con su familia a Querétaro. Me hallaba solo en la ciudad. No había nadie. Esos días tuve que sacar fuerza de flaqueza para no morir de hambre, cocinar y cuidarme. No fue una temporada agradable. Sin embargo, lo único que me sacó adelante fue la novela de Dickens. La leía en las mañanas y le dedicaba buena parte de la tarde. Los mejores momentos de la jornada eran cuando me acomodaba en la cama y abría el mamotreto de setecientas páginas que me estuvo vigilando durante esa «noche oscura del alma», para citar a San Juan de la Cruz. No sé si al final renací como el fénix o aprendí algo valioso de mí mismo. No tengo idea. De lo que sí estoy seguro es que mi amor por Dickens creció.

Descubrí que era mentira que Grandes Esperanzas era mi novela favorita. No. Era La tienda de antigüedades. Cada página estaba llena de acción, intriga, atmósferas poderosas, personajes entrañables, algunos idealizados, otros demasiado terribles, pero todos profundamente verosímiles y, me atrevería a decir, reales. Creo que el melodrama de Dickens por eso ha sobrevivido a otros escritores de la época, ya olvidados. Podemos encontrar su mirada y las cosas que le preocupaban a la vuelta de la esquina. Sus historias están habitadas por criminales, niños de la calle, gente pobre, humilde y seres perversos que se aprovechan de los indefensos.

En mis clases del siglo XIX por lo general leemos Historia de dos ciudades o Grandes Esperanzas. A mis alumnos les gustan mucho, sobre todo en la materia de Realismo Literario. Dickens era un romántico que hablaba de la realidad y un realista que nunca pudo dejar al romanticismo atrás. Estudiar sus recursos y técnicas resulta un bálsamo después de leer a los realistas franceses, tan duros y pesimistas. Sin embargo, yo no había visitado La tienda de Antigüedades. Tanto se dijo de sus excesos que llegué a pensar que podía ser cierto. Cómo agradezco haberme equivocado.

La tienda de antigüedades narra las desventuras de una niña de nombre Nell Trend y su abuelo, dueño de una tienda donde venden artículos viejos. Ambos escapan de las garras de un hombre tramposo y cruel llamado Daniel Quilp, quien ha logrado quedarse con el local. Huir de él los ha llevado a emprender una odisea por las midlands inglesas y a pasar por situaciones terribles de hambre y desesperanza. Frente a esto, el carisma de Nell logra que en esa travesía conozcan a personajes singulares que los ayudan, siempre buscando estar a salvo de Quilp.

La novela es un conglomerado de aventuras por las afueras de una Inglaterra victoriana donde Dickens muestra las consecuencias de la Revolución Industrial: pobreza extrema y seres caídos en desgracia. Sus personalidades se ven corrompidas por la necesidad y la pena. Algunos se vuelven abnegados; otros se convierten en criminales. Nell y su abuelo atraviesan ese mundo con golpes de suerte, aventuras y muchos problemas.

En La tienda de antigüedades, Dickens explora el tema de la buena voluntad y el lugar de las virtudes en una realidad regida por el materialismo y la crueldad. Nell es buena, una chica de sentimientos nobles que a veces parecen ser insuficiente para enfrentarse a la persecución que Daniel Quilp ha emprendido. A la par de esta historia, aparecen otros personajes interesantes. Uno al que le tomé especial cariño es Kit, un muchacho amigo de Nell. Este chico viene de una familia pobre y por azares del destino se encuentra con personas que lo ayudan a salir adelante. Es trabajador, humilde, bueno.

Hay una escena en que ha ganado su sueldo e invita a su madre a un restaurante de lujo a comer lo que nunca han podido. El cariño que Dickens representa en la situación y la manera en que idealiza los sentimientos de los seres humanos, partiendo de la premisa de que el melodrama, la exageración y la caricatura llevan en sí mismas una parte de verdad, es reveladora. En la vida cotidiana existen los actos crueles, pero también aquellos llenos de amor y amistad. Dickens apuesta a ello.

Cuando llegué a la mítica escena de la muerte de Nell, me conmoví, tanto por la técnica como por lo que el fallecimiento de esa entrañable muchacha arroja a nivel de significado. Dickens anuncia dicho suceso terrible desde capítulos antes de manera sublime. La pequeña Nell camina por un cementerio y reflexiona sobre la fugacidad de la vida. De alguna forma, la atmósfera que la rodea le promete a ella y a nosotros un episodio penoso en el futuro. Y cuando nos enfrentamos a la escena, no podemos creer que a alguien tan inocente y bello le pase algo tan triste e injusto. Dickens acierta, brutalmente, antes que los existencialistas y los modernistas: la vida no tiene sentido y a nadie perdona.

Oscar Wilde decía que ese episodio de la novela le parecía risible, patético. Quizás en aquel momento no lograba entender por completo qué significaba caer en desgracia. En sus últimos días, después del juicio que lo destruyó, cuando moría católico y en la miseria, es probable que haya rectificado.

Muchas noches cerré el libro deseando que llegara la mañana siguiente para tirarme a leer más y más capítulos. Conforme avanzaba mi lectura, me sentí mejor. Cuando terminé la novela, estaba yo muy recuperado. Mi mente tomó consuelo en las aventuras de esos personajes y pude experimentar su dolor y su desesperación. Sentí lo que ellos sentían. Nell, su abuelito y Kit no estaban solos. Yo tampoco. Nos acompañábamos mutuamente. Dickens se encontraba conmigo y me salvó la vida durante tres semanas.

En mi recámara gritaba de enojo cuando el chico Kit era presa de injusticias por parte del maldito Daniel Quilp. Me sentía furioso porque aquel héroe victoriano de las letras logró convencerme de que esos niveles de maldad existen en la realidad. Están exagerados porque para denunciar el mal es necesario mostrarlo así. La tienda de antigüedades es un retrato del desorden, de la crueldad y de la falta de amor en los corazones de las personas.

A mi parecer, nada sobra en esta novela. Cada capítulo concentra acción y, desde el punto de vista de la estructura, fomenta la historia para hacerla más interesante y llena de tensión. No es el Dickens donde, en lo personal, sí he sentido su exceso digresivo. Por ejemplo, en su celebrada David Copperfield de 1849, que es la que menos me gusta. Allí, en la segunda parte de la narración, el personaje se hace testigo de la vida de los demás, menos de la suya. En la tienda de antigüedades Dickens es muy preciso y cuidadoso en las atmósferas, en cómo termina los capítulos y, sobre todo, en la administración de la información, aspecto fundamental para una novela publicada en 1816, durante todo un año. Fue un folletín que puso a Inglaterra de cabeza. En Nueva York la gente gritaba en los muelles a la espera del barco con los fascículos: querían que los marineros en cubierta les dijeran, de una buena vez, si la heroína seguía viva o ya estaba muerta.

En esas caricaturas y melodramas, Dickens quiso que nos diéramos cuenta de los extremos de la conducta humana. Necesitaba exagerarlos, hacerlos brincar en la página como advertencia. Él sabía que éramos capaces de las obras más grandes y de los desastres más impensables. Sonará cómico o fuera de lugar, pero siempre que veo las conferencias de Donald Trump, por ejemplo, me queda claro que se trata de un personaje dickensiano: una caricatura cruel y despiadada, orgullosa de su maldad. Charles Dickens está ahí. Él lo supo desde un siglo y medio atrás. En su melodrama dejó claro que si el bien existía, también el mal, y debíamos estar preparados para ello.

En estos días se cumplen ciento cincuenta años sin él. Así lo han catalogado diversos medios, refiriéndose a un mundo donde no existe un escritor con ese poder. La frase suena como si nos hubiera abandonado. La verdad es que nunca ha muerto. Ese hombre elegante, cuya voz llenaba auditorios como el mejor actor, y que hacía giras como rockstar para llevar sus lecturas dramatizadas por toda Europa, está más vivo que nunca. Es de los escritores ingleses más leídos en el ámbito mundial. En mi caso, tuve el privilegio de visitarlo en diciembre. Me llevó de viaje, me hizo enamorarme, llorar y creer. Luego me trajo de regreso transformado y me salvó la vida durante esas navidades cuyos matices, curiosamente, él inventó.

Larga vida a Dickens.