Jaime Magdaleno

Hace 55 años, como a las diez de la mañana de un martes 16 de diciembre de 1969, Parménides García Saldaña despertó tan pedo como la víspera y acometió el ron Bacardí que quedaba, así como un disco de los Rolling Stones que estuvo gritando hasta que Margarita Bermúdez le pidió que le bajara a la música, mientras José Agustín escuchaba desde su cama, antes de volver a quedarse dormido y despertar como a la una de la tarde, ya sin Margarita en el departamento y con Parménides noqueado por el guacardí y bajo los acordes del Flowers de los Stones que se repetía en la tornamesa, para después bañarse, hacer yoga sabrosamente y llamar a la editorial Joaquín Mortiz, a Bernardo Giner de los Ríos, quien le recordó el pachangón que tendría lugar esa misma noche en la Cantina La Ópera, para celebrar el cumpleaños 41 de Carlos Fuentes…

Hasta ahí todo transcurría bien y sin contratiempos en la lectura del texto «Un día en la vida», que José Agustín publicó en 1999 en la colección Confabuladores de la UNAM, y que yo habré leído en algún año de la segunda década del 2000. No obstante, bien mirado, algo estaba ocurriendo, dado que esa escena no había concluido el 16 de diciembre de 1969, sino que se había detenido en el tiempo y había quedado fija para que cualquiera la viera 40, 55, 60 o 100 años después de ocurrida, así que, por desvariante que pareciera, podía mirar a Parménides vivo; casi escucharlo y compadecer la tamaña cruda que lo impulsaba a exprimir la botella de Bacardí, mientras coreaba lastimosamente a los Stones con la melena revuelta, la mirada inyectada y con un aliento presumiblemente infecto. Estaba frente a una imagen suspendida en el aire o, mas bien, fijada en la página, a la espera de cualquiera que quisiera asomarse a ella para vivir una simultaneidad entre su presente y el día del cumpleaños número 41 de Carlos Fuentes. Tal maravilla cristalizaba vía la literatura, y si bien esto es algo que había leído o escuchado mentar de distintas formas y a propósito de toda clase de obras, en el inicio del relato de José Agustín aparecía perfectamente claro ante mis ojos.

Como perfectamente clara entró en mi lectura la perspectiva de la muerte, pues de los vivos que aparecen en el relato de José Agustín, la mayoría ha muerto. ¿Qué fue de tanto galán?/ ¿Qué fue de tanta invención/ como traxieron?, me pregunté, recordando los versos de Jorge Manrique, pero dándoles un peso específico ante el hecho de que fueron de los preferidos de Fuentes, quien los utilizó en toda clase de textos o intervenciones y, tal vez por ello, porque el texto de José Agustín hace la crónica de una borrachera a propósito del cumpleaños 41 de Carlos Fuentes, traje esos versos a mi lectura y los puse en una escena en la que intervienen un nutrido grupo de intelectuales, actrices, actores, profesores, editores, pintores, periodistas y fotógrafos muy vivos en las páginas de Agustín, aunque rotundamente muertos en su materialidad corpórea.

Por ejemplo:

Ahí está Carlos Fuentes, anfitroneando a sus invitados, preguntándole a José Agustín, ¿y las bellas?, dado que un día anterior, durante la presentación de William Styron en la Librería Universitaria, le había pedido que llevara dos tres actrices cuatitas para adornar la fiesta,

(y no muerto por una hemorragia masiva originada por una úlcera gástrica).

Ahí está Fernando Benítez, quien le pide a José Agustín algo para el suplemento de Siempre, pero como éste se niega dado que ni lo publican, Benítez responde ah, cómo no, es un honor, por lo que J. A., concede con un Ya vas,

(y no muerto por un paro respiratorio).

Ahí está Alberto Gironella, provocando altercados tanto con un buey con el que no se da porque la policía lo contiene, como con Parménides García Saldaña, al que le reclama lo que éste dijo de Salvador Elizondo: Lo que usted dijo de Elizondo es indigno, se quejó. Usted y Elizondo se pueden ir mucho a la chingada, le dijo Parménides, y Gironella saltó para madrear con su bastón al chaparrito de la Narvarte,

(y no muerto víctima de cáncer)

Ahí está la «China» Mendoza, quien pedalísima y acompañada de Edmundo Domínguez Aragonés, dictamina que los únicos con talento en México eran Fuentes, Pacheco, Zaid y yo, o sea, José Agustín,

(y no muerta por un paro respiratorio).

Ahí se menciona a Gustavo Sáinz, quien está en el International Writing Program de Iowa,

(y no muerto por severos problemas de salud)

Y, por supuesto, están Parménides García Saldaña, chupe y chupe. Cómo no: los alcoholes están de lo mejor; y José Agustín, con una chava actriz bastante buenona cuyo nombre no logro recordar. Era escorpión, y lo demostraba: en menos que se dice cuas ya se me estaba untando de lo más rico. Me ponía las manos en las piernas y me abrazaba, me incrustaba las teturias, que tenía duritas. Incluso hubo un momento en que estuvimos en una intensa refriega,

(y no muertos por un pasón —o neumonía— en un cuarto de Polanco, y por el avanzado deterioro de salud provocado por una pinche caída en un auditorio en Puebla).

Maldita sea.

Y aunque el texto «Un día en la vida» le sirve a Agustín para hacer el corte de caja con otro mundo, otra época, otro lenguaje, y para marcar distancias entre ese mundo y el suyo propio,

En realidad Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, el so-called boom, eran el fin chingón de toda una época, que a fin de cuentas había estado a toda madre porque siempre predominó una suerte de inconsciencia protectora, la atmósfera de un sueño que había funcionado hasta entonces y que con fiestas como ésa se manifestaba en grande por última vez. Yo pertenecía ya a los que habíamos amanecido entre terribles ventarrones, en un paisaje mucho más sombrío y desolador, en una realidad desnuda que había que enfrentar a como diera lugar, tirándose a matar, por ejemplo, como Parménides; él de plano no se medía y eso lo convertía en un auténtico explosivo, dueño de una libertad increíble pero casi a la deriva. En mi generación ya habíamos muchos que veníamos a ser como pararrayos, campos minados; teníamos los pies en un tiempo, y el espíritu en otro,

lo que en realidad me sugirió «Un día en la vida» fue un quiem: una composición desatada y disparatada sobre unos seres que estuvieron en la tierra y entregaron un puñado de obras memorables, pero que sobre todo gozaron y rieron de lo lindo, porque eso quiere denotar la crónica de José Agustín: cómo estos seres fluyen entre ríos de alcohol, desbordándose a veces en peleas o risotadas, cobijados en los pliegues de cuerpos vibrantes y calientes, polemizando sobre si es fácil cogerse a Carlos Fuentes o no, o sobre si Parménides es más que Elizondo o Gironella. Por supuesto, José Agustín no introduce el tema de la muerte, pues al momento de narrar todos están encendidamente vivos; empero, 55 años después, esta crónica hace el corte de caja con otro mundo cuyos protagonistas han muerto.

Como quiem, había pensado leer «Un día en la vida» en cuanto ocurriera el lamentable fallecimiento de José Agustín; como homenaje, como despedida, como ejercicio catártico ante una pérdida que, sabía, me dolería, pues J. A., me enseñó a leer literatura. Lo tenía todo planeado: pondría como música de fondo A day in the life (por supuesto), me tomaría un vino o una chela o lo que fuera pero que apendejara, me prendería un churro y leería ese texto para que salieran las lágrimas sin cortapisas ni ningún rubor. Pero no. O no sólo eso. Es decir: sí lloré, si leí, sí me despedí, sí escuché la canción, pero además se me impuso este escrito, que no comencé en mi ritual de despedida —porque en ese ritual lo importante era llorar—, pero que ahora acometo con una pregunta rondándome, ¿qué es lo que este texto quiere que descubra? ¿A razón de qué conocimiento, experiencia o intuición quiere advenir a mi mundo?

Tuve y tengo la impresión de que lo que está detrás de este escrito es la muerte. Pensar o decir algo sobre la muerte. Sólo que, como de entrada no tenía algo qué decir, opté por acercarme a quien pudiera orientar la reflexión del escrito. Y pensé en Heidegger. Luego pensé en los mexicas: en la muerte entre los mexicas. A su vez, supuse que si ya había citado a Jorge Manrique, podía seguir en esa tónica. Pero luego consideré que este texto surgió desde y por José Agustín, por lo que debía volver a ese magma pensamental-existencial. Y recordé a Carl Gustav Jung, de quien José Agustín fue fiel lector; así que, sin pensarlo más, fui a hurgar entre mis libros y encontré mi viejo ejemplar de Recuerdos, sueños, pensamientos. Y, en efecto, ahí encontré un apartado que se titula «Acerca de la vida después de la muerte», en donde podemos leer:

Cuando posteriormente escribí los «Septem Sermones ad Mortuos» fueron nuevamente los muertos los que me plantearon preguntas decisivas. Regresaban —así se dice— de Jerusalén, porque allí no hallaron lo que buscaban. Esto me extrañó mucho entonces; pues, según opinión tradicional, son precisamente los muertos los que tienen mayor saber. Se cree que saben mucho más que nosotros, porque el dogma cristiano admite que «en la gloria» miraremos la verdad «cara a cara». Sin embargo, posiblemente las almas de los muertos no «saben» sino lo que sabían en el momento de su muerte y nada más. De ahí sus esfuerzos por penetrar en la vida para participar en el saber de los hombres. Frecuentemente tengo la sensación de que nos rodean y esperan saber la respuesta que les daremos de los vivientes, es decir, de aquellos que les sobreviven y viven en un mundo continuamente cambiante y recibir respuestas a sus preguntas. Los muertos preguntan como si no dispusieran de la sabiduría total o de la conciencia absoluta, como si tan sólo pudieran penetrar en el alma corporal de los vivientes.

Por alguna razón, este texto alberga una pregunta decisiva con relación al tema de la muerte; no obstante —que quede claro—, no estoy suponiendo que Agustín, Fuentes o Benítez esperan la respuesta que pueda darles con relación a la muerte. Pensar eso sería sumamente absurdo. Lo que me estoy planteando en este momento es que «Un día en la vida», que consideré un quiem, me está interpelando: sus personajes me están abriendo las puertas para pensar algo, por lo que posiblemente la función de lo que estoy redactando sea reparar en la muerte. Meditar sobre la muerte.

Hay una profundidad oral en mí que quiere hablar sobre un par de temas, pero no creo que sea el momento para ello, dado que son historias que tienen que ver con mi hermano muerto por COVID en 2021, y con una amiga fallecida por intoxicación en 2010 quien, estoy persuadido, anda de nuevo rondando por aquí, en una forma muy pero muy cercana a mí. De cualquier forma, lo que sí puedo comentar es que mi hermano ocasionalmente se posa en mi cama o en una silla de mi casa esperando de mí algo que estoy intentando hacer. En cuanto a mi amiga, me parece que adoptó una forma que le permitiría (eso espero) continuar su ciclo vital, interrumpido por una fuga de gas nocturna. Si Jung tuviera razón, ambos se esfuerzan por penetrar en la vida para participar en el saber de los hombres, o para prolongar su ciclo vital, interrumpido por el advenimiento de la muerte. Desconozco cuáles puedan ser los requerimientos que José Agustín solicite de los suyos al momento de penetrar en la vida para participar en el saber de los hombres. Como sea, me doy cuenta de que estos dos últimos párrafos eran los que querían advenir cuando se me impuso este texto en mi ceremonia de despedida: el presentimiento de ambas presencias quería materializar en un escrito, tal vez para que no olvide lo que, según mi hermano, debo hacer, o para relacionarme con la corporeización de mi amiga  de una forma tal que, a pesar de ver el rostro en el cual encarnó, no olvide que ella está detrás, o dentro, del mismo. Es extraño cómo se imponen ciertos asuntos que, al parecer, tienen poco o nada que ver con lo que iniciamos al echar andar la emoción y el pensamiento. No obstante, bien mirado, algo estaba y está ocurriendo, muy profundamente, desde el momento mismo de comenzar con la lectura de un texto que posteriormente se convirtió en quiem para después mutar en una reflexión (o una constatación) sobre un presentimiento de Jung acerca de nuestras relaciones, permanentes y fluidas, con la muerte.

 

REFERENCIAS

Agustín, José. «Un día en la vida», en Cómo se llama la obra. México, UNAM, 1999. Col. Confabuladores.

Jung, Carl Gustav. «Acerca de la vida después de la muerte», en Recuerdos, sueños, pensamientos. México, Seix-Barral, 1989.