(Homenaje a Juan García Ponce)

 

Julieta Vera

¿Cómo llegué a este lugar? Si ayer alguien me hubiera dicho, acaso insinuado, que me escaparía del hospital a media mañana y estaría aquí, en una casona, en pleno Coyoacán, rodeada de pinturas de artistas mexicanos, esperando a que esbeltas mujeres enfundadas en vestidos de jersey de colores varios, que se ciñen al cuello y a la cintura dejando brazos y espalda descubiertos, en múltiples cuerpos, de ojos azules, verdes, castaños, que anuncian su entrada por el campaneo de sus sandalias, que resguardan hermosos pies desnudos que llegan, me acompañan y se vuelven cómplices mías en la contemplación no sólo de las pinturas, sino de la atmósfera casi religiosa que rodea este espacio, no  lo hubiera creído. Todo se inició ayer…

—Doctora, acaba de llegar paciente de urgencia. ¿Lo puede atender, por favor? —camino al consultorio, la enfermera me da más información—: dicen que es un escritor famoso que vive aquí cerca. Mientras le daban fisioterapia en el tórax, el aparato se volvió loco y empezó a lanzar esquirlas como proyectiles que se le impactaron en los ojos.

Paloma y Gilberto, sus diarios, encuentros y desencuentros, la modelo y el pintor, la perversión que se da a través de la mirada, de la contemplación de un cuerpo desnudo y la inmortalización de ese cuerpo en un lienzo, el juego del anfitrión… Prestar tu objeto más preciado para sentirlo más tuyo, porque en la medida en que Paloma sea poseída por el Otro, el Invitado, más le pertenece a Gilberto en su inevitable libertad. Quiero que me cojan todo el día y toda la noche, afirma Mariana, siempre dispuesta al placer que, a través de su cuerpo, se materializa en todos los demás. Salta Inmaculada desde el árbol, con la sonrisa inocente después de jugar con Joaquina a las muñecas. Muñecas erotizadas de carne y hueso que hurgan entre sus concavidades de ¿inocentes? niñas.

Entro al consultorio, lo reconozco: una imagen vista tantas veces en las contraportadas de esos libros que leo y releo. Él, el escritor, hoy convertido en mi paciente… No lo puedo creer. La mujer que lo acompaña me dice que, aun cuando no lo crea, es un escritor muy famoso. Es obvio el comentario. Lo miro y le digo que sus personajes me han acompañado desde hace muchos años. Su cuerpo, en contractura perpetua, se enrosca en la silla de ruedas. La disposición de su cuello, lo asimétrico de su cuerpo, me recuerda al Provocador Melancólico de Egon Schiele. La acompañante, una mujer de acento español, se presenta como su exmujer. Me repite la misma historia de la enfermera. Le pido que me ayude a colocar la barbilla del paciente en la plataforma del aparato. Prendo la luz, enfoco la córnea y una lluvia de meteoritos me deslumbra. Con precisión quirúrgica, previa colocación de colirio anestésico, voy extrayendo una a una las esquirlas. El cuerpo no puede expresarse; percibo la angustia del paciente. Lo tranquilizo y explico que en menos de veinticuatro horas sus ojos sanarán y volverá a ver. Es preciso colocarle un parche: un día completo en la oscuridad, donde todo empieza y todo termina.