Juan Antonio Rosado Z.

 

Mucho se ha escrito sobre el hombre que fue Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), crítico e irónico polemista, amante de las contradicciones por lo que poseen de vitales y de reveladoras de la condición humana; humorista sagaz e inteligente, poeta, ensayista, periodista y narrador. Mucho se ha escrito sobre sus transformaciones religiosas: del agnosticismo al anglicanismo y luego —sobre todo por el influjo de Hilaire Belloc, el autor del obsoleto libro Europa y la fe—, a la religión católica, pero a un catolicismo combativo más que conciliador, revolucionario más que convencional, lo que se nota en la novela El hombre que fue Jueves y en su ensayo Ortodoxia (ambas obras de 1908): un combate alegre, risueño si se desea.

Desde un punto de vista ideológico, a Chesterton se le ha considerado representante del neocatolicismo británico y defensor de dicha doctrina contra ciertas tendencias anárquicas del neorromanticismo o «romanticismo tardío», y contra el pesimismo de buena parte de la llamada «literatura victoriana». Atacó al socialismo, al materialismo, al escepticismo y al imperialismo. Con su amigo Belloc, ideó una doctrina llamada «distribucionalismo», influida por la encíclica Rerum novarum, del papa León XIII, documento que en particular aborda la situación de los obreros.

Tal vez El hombre que fue Jueves sea la obra más representativa de Chesterton. En Ortodoxia expone su modo de pensar y sin duda este ensayo arroja luces sobre la novela. Son también conocidas las Historias del Padre Brown (1911, 14, 26 y 27), la obra dramática Magia (1913) y sus estudios sobre Charles Dickens y Robert Browning. Como ensayista, además de Ortodoxia, pubicó El hombre eterno (1925) y Autobiografía (1936); como poeta, se le recuerda por la Balada del caballo blanco (1911).

Acaso para intensificar su imagen polémica y en apariencia paradojal, Chesterton creó atmósferas, personajes y situaciones extravagantes que van mucho más allá de la función lúdica. Las presencias extrañas son a veces apocalípticas: «sol rojo sangre», «río ensangrentado»…, o grotescas con un «detalle diabólico», lo que las vuelve pesadillescas. Hay juego y jocosidad, mas no exentos de profundidad social ni metafísica. El autor no deseó sólo adoctrinar al lector con intenciones orientadoras, moralizadoras, estabilizadoras o didácticas. Existen dichos ingredientes, pero el narrador nos lleva por intrincados caminos y, de modo paulatino y paradojal, exhibe su doctrina, inyecta al lector sus ideas y las hace aparecer como verdaderas a través de la magia del discurso argumentativo insertado en una narración fluida y amena.

En El hombre que fue Jueves, la recreación de atmósferas de gran plasticidad se combina con extensos diálogos donde a menudo hay antifonía (dos voces contrapuestas), es decir, argumentación y contrargumentación. Las discusiones suelen revelar toques humorísticos porque el pensamiento elevado no se divorcia de la risa, y dichos aspectos hacen de esta obra una narración divertida, que cualquier buen lector no puede abandonar, aunque le disguste el humor. ¿Y por qué Chesterton no habría de utilizar el humor cuando su misma concepción del cristianismo se encuentra muy lejos de los componentes sadomasoquistas de esta religión? En Ortodoxia afirma que la alegría era una pequeña publicidad para el pagano, pero es el «gigantesco secreto del cristiano», y concibe la tragedia como una «comedia misericordiosa». Para él, se deben tomar las lágrimas con ligereza porque, de acuerdo con la concepción idealista y neoplatónica de la religión cristiana, la verdadera vida está en el más allá y no en este valle de lágrimas. Si el pagano percibía en el pasado una Edad de Oro y algo muy bello, el cristiano, en cambio, se fundamenta en el proyecto y tiende a la salvación en el futuro. No le importa el «más acá», sino la «otra vida» después de la muerte. Y si para el filósofo danés Sören Kierkegaard —una de las principales influencias, por ejemplo, de Miguel de Unamuno— la angustia es el «vértigo de la libertad» y sólo la fe puede darle paz al ser humano, para Gilbert Chesterton la desesperación es figurarnos un universo carente de sentido, de ahí que el autor inglés arremeta contra el materialismo, el escepticismo, el anarquismo, el socialismo y cualquier tendencia alejada de la (de su) «ortodoxia», de la tradición católica o del Rerum novarum. Afirma Chesterton que «el cristianismo es la única armadura de las libertades paganas», y uno de los personajes de El hombre que fue Jueves dice: «No tengo suficiente fe para creer en la materia». También sostiene el autor que «El mejor argumento en pro de la gracia divina es su poca gracia. Y los aspectos menos populares del cristianismo se transforman, si se les considera de cerca, en los sostenes mismos del pueblo».

Como buen católico, cree en la eterna pugna entre bien y mal. En El hombre que fue Jueves, Gregory —el anarquista— desea suprimir al gobierno para «abolir a Dios» porque él y los suyos han abolido el bien y el mal: consideran la virtud y el vicio como una distinción arbitraria. Gabriel Syme, el personaje de valores positivos, llega a afirmar, por ejemplo, que Nietzsche admira la violencia. Hoy sabemos que en estas palabras se revela la incomprensión de Syme (y de Chesterton) sobre el ateo filósofo alemán. En el fondo, Chesterton e Hilaire Belloc se forjan su propio concepto del catolicismo soslayando sus aspectos negativos y contradictorios: idealizan la religión como una forma de estabilidad y armonía.

En El hombre que fue Jueves, el presidente del Consejo Central Anarquista es llamado, por lo general, Domingo, «Domingo Sangriento o Domingo de Ramos». Su primera descripción se asemeja a la del mismo Chesterton: ambos, hombres muy altos, alrededor de quienes los demás parecen enanos. Alfonso Reyes, en un texto de 1919 sobre Chesterton, se pregunta y responde: «¿A quién pertenecen, sino a Chesterton, esa cara enorme, esa complexión extraordinaria del «Domingo»? ¿Por qué le da Chesterton cualidades sobrenaturales a su «Domingo»? Porque en él incorpora su fiebre anhelosa de milagros». Pero después Domingo aparecerá de otras formas. Al igual que un proteico misterio, cada quien lo percibirá distinto, lo que incrementa el enigma (y la tensión).

Al principio, en el Comité hay siete miembros. Cada uno lleva el nombre de un día de la semana. Murió el que se desempeñaba como Jueves y se convoca a una reunión para elegir al sucesor, quien no será otro que el detective Syme. Entonces el narrador mantiene la tensión con el magistral manejo de elementos de intriga propios de la novela policiaca. El lector se deja llevar y siempre se pregunta: ¿qué ocurrirá?, ¿por qué pasa esto o aquello? Syme le dice a Gregory: «Yo no puedo decirle a la policía que es usted un anarquista. Usted no puede decir a los anarquistas que soy un policía. Yo sólo lo puedo observar sabiendo lo que es usted; usted sólo me puede ver conociendo lo que soy. En definitiva, es un duelo solitario, intelectual, mi cabeza contra la suya».

Como poeta que se volvió detective, Syme representa la afirmación de la vida contra la negación del anarquismo. Se trata de una alegre e intelectual pugna de dos sistemas de valores antagónicos, pero dicho combate se convertirá poco a poco en persecución. ¿Quién es el perseguido y quién el perseguidor? El policía filósofo no sólo mira el sentido criminal, sino también el polémico, y puede ir a una merienda artística a detectar pesimistas (¿alusión al neorromanticismo decadentista de la época victoriana?).

Es contundente la postura contra el fanatismo intelectual y el pesimismo, es decir, lo que Chesterton consideraría «crimen intelectual». Él mismo establece el vínculo entre crimen e intelecto moderno: «El delincuente peligroso es el criminal educado» y «el culpable más peligroso ahora es el filósofo moderno sin ley». La racionalidad (yo le llamaría «racionalidad compulsiva») ha producido gran parte del mal que aqueja al ser humano moderno. ¿Es Chesterton un irracionalista? ¿Se está adelantando a las posturas de posguerra cuando aún faltaba tiempo para la primera guerra mundial? Sí y no. Más bien el autor pretende acercarse y acercarnos a una tradición intelectual fideísta, y en eso coincide con Unamuno y con Kierkegaard. No por el estilo, ni siquiera por los proyectos literarios, sino por ese amor a las paradojas, por la necesidad de provocación ante la complacencia o lo anquilosado, pero tomando las armas de la misma convención o de lo que estos autores consideran «ortodoxia». En particular, Unamuno y Chesterton dudan, se convencen, defienden su verdad. También sorprenden y lo siguen haciendo, de manera distinta: uno duda de verdad; el otro no.

Sobre Chesterton, escribió Alfonso Reyes: «Ataca las herejías, sí, pero en nombre de la revolución. De aquí su éxito. Su procedimiento habitual, su mecánica de las ideas, está en procurar siempre un contraste: si hay que defender la seguridad pública, no lo hace poniéndose al lado de la policía, sino, en cierto modo, al lado del motín». El crítico J. D Douglas calificó a Chesterton como «el excéntrico príncipe de la paradoja». Hay algo de verdad en esta apreciación, pero en realidad Chesterton incorpora a la narración —de un modo en que tal vez no se había hecho antes— diversas estrategias y recursos de la argumentación y de la persuasión bajo el velo de la paradoja y de la contradicción. En apariencia, huye de las proposiciones generales, matiza sus juicios, hace esguinces y vaivenes, recurre a adverbios o frases adverbiales como «seguramente», «al menos» e «incluso», a veces resueltas en alguna adversativa: «no era realmente esto o aquello, pero…». Al principio, se refiere a Lucian Gregory como «un hombre digno de ser escuchado, incluso si uno sólo se riera al final», y antes había generado intriga con otros personajes: «ese joven no era realmente un poeta, pero seguramente era un poema. Ese anciano de salvaje barba blanca y brutal sombrero blanco, ese embaucamiento venerable, no era realmente un filósofo; pero al menos él era la causa de la filosofía en los demás». Hasta aquí, nos ha llevado por el camino de la contradicción con inigualable toque humorístico. Esto es más claro cuando se afirma que las mujeres emancipadas, por más que odien la preponderancia del varón, tenían que hacerle un cumplido que ninguna mujer ordinaria haría: escucharlo mientras habla.

Sin embargo, como afirma Alfonso Reyes, en Chesterton «la paradoja humorística sustituye a la parábola cristiana». El mismo Reyes sostiene que, bajo las paradojas, Chesterton disimula una filosofía sistemática que se repite en el resto de sus libros: «No es en el fondo un paradojista. No niega ningún valor aceptado por la gran tradición popular; no rechaza (al contrario) el honrado lugar común; no intenta realmente desconcertar al hombre sencillo. Gusta más bien de volver sobre las opiniones vulgares y las leyendas, para hacer ver lo que tienen de razonable. No es un paradojista. Bajo el aire de la paradoja, hace que los estragados lectores del siglo XX acepten, a lo mejor, un precepto del Código o una enseñanza del Catecismo». Y concluye Reyes: «Chesterton, más que un paradojista, es un exagerado», pero el crítico mexicano aclara que la exageración es un método de conocimiento (incluso analítico).

Más allá del sistema de pensamiento, desde el inicio de la novela es notoria la inaudita descripción de las atmósferas: inaudita por sus contrastes, juegos de colores y efectos sensoriales, lo que convierte a Chesterton en un artista que sabe combinar la intensidad del paisaje con la interioridad humana y todo lo que conlleva de contradictoria y paradojal. Más allá de los juegos de pensamiento, la verdadera intriga narrativa empieza con esta frase: «hubo una noche en particular, vagamente recordada por la población, en la cual el poeta de pelo castaño rojizo se convirtió en héroe». La apariencia de este hombre es ambigua: «Parecía como una blasfemia caminante, una mezcla de ángel y de mono». Él diserta sobre la «ilegalidad del arte y el arte de la ilegalidad». Luego aparece un segundo poeta, Gabriel Syme, y después Rosamond, hermana del anarquista Lucian. Syme afirma, por ejemplo: «estar enfermo y ser rebelde puede ser cosa sana en ciertas ocasiones desesperadas». ¿Qué es lo poético? ¿Qué lo sano? ¿Qué la enfermedad? ¿Qué es arte? ¿Qué lo serio y solemne?  La subjetividad de cada quien impone sus reglas.

A pesar de lo anterior, Chesterton cree llegar a la verdad y en eso se aparta del sano relativismo. Lo valioso en este autor es el intrigante e intrincado recorrido para llegar a sus conclusiones. Como ya lo mencioné, tal recorrido tiene mucho de novela policiaca, como también ya lo advertía Reyes: «El hombre que fue Jueves es una novela policiaca, pero una novela policiaco-metafísica —verdadera sublimación del género». El nivel alegórico de la obra es muy claro. Dios, en la mitología judeocristiana, creó el mundo en seis días y descansó el séptimo. Si para los judíos el día de descanso es el sábado, los cristianos, por el contrario, imponen el domingo por tratarse del día de la resurrección (el día del «Señor», Dominus), que en la tradición antigua era el día del sol (aún se conserva en inglés la palabra Sunday). Domingo es todopoderoso, pero también es ambiguo y pone a prueba a sus criaturas. Es un ser casi atemporal y omnisciente: un cuasi-ser-superior a quien se teme y respeta. A los demás les da como nombre un día de la semana. Gregory, en contraste, puede asociarse al mal, a Satán. Siempre me ha sorprendido que en la antiquísima lengua acadia, el término Shi-ta-an-nu posea la misma raíz que Satán y signifique «adversario». En la tradición judía, cuya lengua es también semítica (como el acadio), Satán es adversario de Dios, es decir, el mal, el desorden, que en la novela resulta ser el anarquismo, la ausencia de gobierno.

Sabiéndolo o sin saberlo, la narrativa de Chesterton asume lo que Miguel de Cervantes aconsejaba como rasgos de una gran obra: no sólo divertir, sino también enseñar. El autor inglés nos ilustra sobre el valor de la paradoja y la contradicción, propios de la conciencia humana, de ese ser definido por Jonathan Swift como animal «rationis capax» (capaz de razonar). Chesterton también nos muestra, una vez más, que la narrativa y la argumentación no están divorciadas, y que la primera puede llevarnos a la segunda y viceversa. El hombre que fue Jueves, obra divertida y de reflexión, narra aventuras con detectives, espías, disfraces y gafas oscuras; intrigas, sutilezas y detalles; tensión, equívocos y persecuciones; el artilugio de ocultarse mediante no ocultarse, el miedo a la muerte y el terror sobrenatural; las transformaciones físicas y morales, un proyecto de atentado con bomba, en fin… Pero ninguno de estos elementos se trata con superficialidad. Al contrario. El lector lo comprueba al sumergirse en un mundo en que las cosas no son lo que aparentan, y donde no puede saberse con certeza quién es amigo y quién enemigo… hasta llegar al final, a la unión de la fantasía insondable, al despertar de la pesadilla y de la duda.

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Texto publicado originalmente como prólogo a la novela El hombre que fue Jueves, de G. K. Chesterton, Mirlo, Tinta viva, México, 2016, págs. 9-15.