Alma Eva Moya Bastón

Un anhelo impetrado que no llega,
por la forma de pez está cautiva.
Inmenso desconsuelo el alma anega,
volar un día la mantiene viva.
—¡Quiero volar! —gritó, asfixiada.
Sabía que era imposible, pero una fuerza extraña la impulsaba. En las aguas tranquilas de una apartada bahía, bajo el brillo de la luna, miró su cuerpo reflejado. Lágrimas mudas cayeron al agua. Suaves ondas dibujaron dos alas abiertas cuando, en una mansa cadencia, agitó los brazos.
Con el paso de los años, fue perdiendo su hechicero canto, junto con muchos deseos incumplidos. Sin embargo, un sueño —un sueño enorme— jamás la abandonó.
—¡Sé que es imposible! Pero…
Clamaba su deseo a cada estrella que veía. Y cuando, aletargada por el rumor de las olas, un sueño profundo interrumpía su lamento, se dejaba cobijar por el cielo y las estrellas.
Al rayar el día, comenzaba sin reparo con innumerables tareas, labores que consumían todas sus horas, mientras su vida se deslizaba como los granos de arena de un viejo reloj de cristal, sin dejar rastro.
Tenía el pelo largo, crespo y descuidado. La cola, antaño colorida y brillante, estaba ahora cubierta de escamas opacas y ásperas. Su piel, exhausta, lucía un color ausente. Las cicatrices confesaban el paso de los años y el arduo trabajo que, lejos de disminuir, siempre aumentaba. Cuando creía tener un plan para realizar sus tareas y reservar algo de tiempo para sí, nuevos deberes le eran asignados.
Su primera labor consistía en recolectar el alimento para el clan en lugares lejanos. Una mañana, al llegar al mercado de algas y plancton, notó su agotamiento. Salió a la superficie para descansar un poco. Miró el cielo negro; un temblor recorrió su cuerpo.
—No tengo tiempo que perder—dijo en voz alta—. No puedo detenerme.
Resuelta a continuar, se zambulló en el indiferente océano. Surcos de espuma blanca se formaron con el golpe de su cola.
Semejaba un objeto mecánico que repetía los mismos movimientos una y otra vez. Adolorida, esclava de su destino, silenciaba el reclamo del cansancio. Gracias a sus ocupaciones, su mente contraída olvidaba. Pero el deseo de volar, lejos de extinguirse, resplandecía con más fuerza.
Sus compañeras la trataban con amabilidad. El sistema organizativo del clan tenía reglas claras. La jerarquía fue abolida mucho antes de que ellas nacieran. Tenían tareas asignadas según su condición física y destreza. No existían recompensas ni alabanzas por lo que hacía cada una.
A los siete años, se sometían a una evaluación. Las sirenas de mayor edad identificaban sus habilidades y las entrenaban en la faena en que destacaban. Así sería hasta alcanzar su vejez.
Eran longevas y, llegado el momento de morir, se apartaban de la comunidad sin previo aviso. Elegían el lugar que quisieran y no eran recordadas.
Luego de sumergirse, sintió un estremecimiento en todo el cuerpo; vaciló, pero siguió. De pronto, un fuerte impacto en el vientre la sacudió. Una orca la lanzó por los aires. Al caer, se vio rodeada por cinco cetáceos hambrientos que la habían marcado como presa.
Frente a ella, otra ballena la embistió como un proyectil y la lanzó contra un arrecife de corales. El impacto la hizo girar sin control. Se golpeó la cabeza y perdió el sentido. El pelo enmarañado quedó atrapado en los tentáculos de coloridos celenterados. La cola sangraba, lacerada, y su golpeado cuerpo permanecía inmóvil. Los cetáceos desistieron: ellos mismos la habían encerrado entre los corales.
Al recobrar el sentido, aturdida, quiso moverse, pero al agitar la cola sintió un dolor atroz. Con la enorme fuerza de sus brazos, logró liberarse de la prisión de coral. Desfallecida, subió a la superficie. Se preguntó si su hora había llegado. Lentamente abrió los brazos. Meciéndolos de arriba abajo, se dejó arrastrar por la corriente de las aguas.
Desconocía el lugar al que había llegado. Perdió la cuenta de los días y las noches: estaba tan débil… Sintió el calor del sol en la piel y un fuerte tirón en los brazos. Abrió los ojos, asustada. Dos enormes criaturas con cuerpos de insecto y alas de plumas coloridas la llevaban por los aires con delicadeza. No se resistió. Cerró los ojos, creyendo que sería alimento de aquellos seres extraños.
Llegaron a una isla con palmeras altísimas y otros árboles desconocidos. Advirtió pájaros de infinitos colores. Rendida a su suerte, se desvaneció.
Sintió un dulce néctar caer en su boca. No abrió los ojos. Los labios esbozaron por primera vez una sonrisa. La infusión recorrió su cuerpo como savia. Abrió los ojos y con esfuerzo pudo incorporarse.
—No te haremos daño —dijo una de las criaturas en un canto extraño que, para su sorpresa, comprendió.
Más seres alados se acercaron. La saludaron con una pequeña reverencia. A lo lejos, un camino de piedras resplandecientes conducía a una cascada donde pétalos de colores danzaban en el aire.
—Los habitantes de este lugar aprenden a volar —dijo uno de ellos. Ella no se consideraba habitante de allí, por lo que no pensó que algún día pudiera hacerlo.
Cada criatura llevaba una bandeja dorada con aceites aromáticos, hierbas, flores y frutos que jamás había visto ni probado. Al comerlos, sintió que renacía.
La cargaron con suavidad y la llevaron cerca del camino hacia la cascada. Se detuvieron en un manantial que despedía una dulce fragancia para ella desconocida. Con aceite de argán y un peine de bronce labrado, le desenredaron el pelo rojo y abundante. El brillo y la sedosidad regresaron, como cuando era niña.
La sumergieron en agua verde esmeralda. Peces diminutos le limpiaron las heridas. No recordó sus tareas, ni el mercado, ni el ataque de las orcas. De vez en cuando, abría los ojos para asegurarse de que sus amigos alados seguían allí.
Al anochecer, la envolvieron en suaves telas blancas. La llevaron a una laguna iluminada por la luna. Dormida, soñó que se encontraba consigo misma, pero con alas. ¡PODÍA VOLAR!
Después de once días, comenzó la reparación de la cola. El color de su piel y su hermoso canto regresaron. Con un bálsamo blanco y suave que le dieron, frotaba su cola por las noches. Las escamas se regeneraban poco a poco. La deslumbraban luces de colores provenientes de su cola.
Una mañana, llegó a la laguna un ser alado para despertarla. Emanaba una luz resplandeciente.
—Sabemos que quieres volar. Te hemos estado escuchando.
—Eso es imposible —dijo ella, triste.
—Sabes que en este lugar todos los habitantes pueden volar, ¿no es así?
—Sí, pero yo vengo de un mundo diferente. Mi cuerpo está hecho para nadar. No entiendo por qué deseo volar y tocar las estrellas.
—Los deseos son caminos que el universo nos ofrece para crecer. Podemos nacer de una manera y con ciertas condiciones, pero no estamos atados a permanecer donde no queremos. Somos libres de cambiar nuestra realidad. No dejaste de pedir tu deseo ni un solo día, y por eso te encuentras aquí. El ser que te embistió fue un aliado de tu destino. Tu accidente te trajo aquí cuando dejaste de insistir en una vida que no deseabas. Quizá lo llames rendirse. Yo diría que abriste el espacio y el tiempo para entrar en una realidad alterna.
Los deseos se alcanzan, pero requieren voluntad. Existe la posibilidad de que puedas volar si realmente lo quieres. Pero el camino necesita pasión por tus ideales y, sobre todo, un amor profundo por ti misma.
—Yo… no… no sabía. Nadie me enseñó a amarme. Yo hacía lo que podía hacer mejor… y…
—Tienes razón —interrumpió el ser—. Nadie nos enseña a amarnos. Yo también fui otro: era pescador. En una diminuta balsa, intentaba tocar la luna. Cuanto más la veía, menos la alcanzaba. Me esforzaba en algo fuera de mi alcance. hasta que comprendí que la luna no estaba allá arriba, sino dentro de mí. Lo que buscaba era pertenencia, y ya era parte del todo. Al entenderlo, comencé a apreciar cada momento, cada paso en mi viaje. Encontré paz en el simple acto de ser.
El verdadero desafío no era alcanzar la luna, sino encontrar la luz dentro de mí y la relación que tengo con todo lo existente. Te invito a hacer lo mismo. La fuerza para volar no proviene solo del deseo, sino de reconocer tu propio valor. A veces, los deseos más profundos nos conducen a una mayor comprensión de nosotros mismos. Eres capaz de volar porque deseas hacerlo y por eso estás aquí. Ahora, el siguiente paso es reconocer y confiar que ya posees dentro de ti lo esencial para lograrlo.
La sirena, con lágrimas en los ojos, asintió. Se llevó los brazos al pecho. Agradeció al ser alado por su sabiduría y se preparó para el desafío de volar.
Miró al horizonte como quien reconoce su destino: un ser de mar capaz de alcanzar el cielo.
—Estoy lista —dijo, con resolución.
Los seres alados comenzaron a prepararla. Le ofrecieron una vestimenta ligera, hecha de hilos dorados y mangas bordadas de plumas de colores. Con el anuncio de la aurora la llevaron a la cima de una colina con vistas al océano.
Allí, el ser alado principal le entregó unas alas etéreas que brillaban con los colores del amanecer. Al colocárselas, un escalofrío recorrió su cuerpo.
—Estas alas te permitirán volar. Pero recuerda: el vuelo es tanto un arte como una voluntad —le advirtió el ser alado—. Confía en ti misma, en tu deseo, y el cielo te recibirá.
Con un salto decidido, se lanzó al vacío. Pronto descubrió que podía controlar sus movimientos. Sus alas se abrieron con gracia. Cada batir la hacía sentir más libre y conectada con el mundo. Su hermosa cola danzaba al compás de sus alas.
Voló hacia el horizonte. El viento acariciaba su rostro, el sol calentaba su piel. A medida que ascendía, la isla y el océano se hacían pequeños. El cielo se llenó de colores deslumbrantes. Comprendió que al fin vivía el sueño que atesoraba tanto.
Se posó en una nube suave y observó el mundo. La vastedad del cielo era suya. Miró la isla con gratitud. Comprendió que su verdadero viaje no era tan solo volar, sino descubrir su propia fuerza interior y su poder para cambiar su destino.
Con una sonrisa, se lanzó nuevamente al cielo, lista para explorar todas las maravillas del universo.
En el vuelo, la sirena halló la libertad anhelada. Su historia se convirtió en una leyenda que algunos cuentan a sus hijos por las noches.