Juan Antonio Rosado Zacarías

El libro El arte y lo sagrado exhibe una serie de visiones distintas sobre la relación entre el arte y lo sagrado, partiendo en general de las reflexiones del escritor yucateco y universal Juan García Ponce. Algunas visiones pueden resultar inauditas o excéntricas en tanto que salen de lo que tradicionalmente se ha conformado como el marco de referencias para hablar de Juan y de su generación, lo cual me parece magnífico en la medida en que las nuevas visiones no sólo enriquecen, resignifican o amplían el sentido de una obra valiosa por su propuesta estética, narrativa y conceptual, sino también arrojan luces sobre las actuales maneras de entender lo sagrado en un mundo aparentemente desacralizado.
Al inicio, no invoqué ni convoqué la palabra «visión» de manera gratuita. Me parece que una de las características esenciales de la generación de Juan es la exploración y explotación de la mirada como el componente sin el cual no habría arte como representación. La afirmación puede parecer obvia si recordamos la labor de García Ponce como crítico de pintura, o los títulos de sus libros Imágenes y visiones o Imagen primera. Desde el punto de vista del autor de Inmaculada o los placeres de la inocencia, sólo los recursos descriptivos hacen aparecer las distintas realidades para iluminarlas. No es casual el título de uno de sus cuentos: «Descripciones». En su vida personal, incluso todo se redujo a la sola mirada, en la medida en que la esclerosis múltiple le impidió la movilidad. Pero si recorremos las obras de sus compañeros de generación, encontraremos la misma obsesión. ¿Quién no recuerda la fotografía del torturado chino en que se basa una obra como Farabeuf, o la crítica de cine que realizó durante años José de la Colina, o el juego de miradas en un cuento como «Las mariposas nocturnas», de Inés Arredondo, donde un voyeur contempla a otro voyeur? La plasticidad, la visibilidad en las narraciones de Juan Vicente Melo o Carlos Valdés confirman lo que menciono, independientemente de si en ocasiones hibridan la narración con el ensayo. Fue, en suma, una generación de críticos de la cultura. Pero tal vez la obra de Juan García Ponce sea la más obsesiva con este tema, lo cual resulta paradójico desde el momento en que Juan, hermano de un gran pintor, fue también un profundo aficionado a la mística, y uno de sus autores favoritos fue San Juan de la Cruz. La mirada siempre convoca la luz, y la luz a la divinidad, pero la mística, por el contrario, convoca la oscuridad, la noche, el misterio y la iniciación en un mundo que sólo unos cuantos pueden ver, aunque, como bien afirma Juan García Ponce, la diferencia entre el misterio y el secreto consiste en que el secreto puede dejar de serlo, mientras el misterio permanece como misterio siempre, y acaso sólo parcialmente puede revelarse.
En su autobiografía afirma lo siguiente: «Para mí la misión del escritor consiste fundamentalmente en poner en movimiento ese misterio, hacerlo actuar, obligándolo a revelarse en toda su luminosa oscuridad. Una oscuridad que debe abrirse mediante el poder de la palabra, pero sin perder su carácter de misterio». Esta idea se explicita de nuevo en Crónica de la intervención: «El mundo alrededor es el misterio. Un deslumbramiento. Un recogimiento […] No hay más que fuera. Una apariencia». El escritor se atiene al misterio de la realidad para revelarlo con su lente. Es el recurso de la descripción —eminentemente realista y al que García Ponce jamás renuncia— con que el artista abre la «oscuridad» de la realidad para visibilizarla.
Para que haya misterio, aquello ante lo cual el ser humano ha retrocedido, en muchas ocasiones horrorizado o gratificado, porque nunca la luz y las tinieblas estuvieron separadas, se requiere la presencia de lo sagrado, algo de lo que resulta imposible prescindir: ni del mito ni de lo sagrado. Y sin embargo, esta noción, en la medida en que nuestra realidad se ha pluralizado y vuelto cada vez más heterogénea en todos los sentidos, se ha subjetivado particularmente en el seno de las culturas occidentales. Si en Occidente las personas han estado acostumbradas a un dios creador y se necesita un inicio y un fin, en Oriente, por el contrario, han convivido durante milenios, sin oponerse o entrar en grave conflicto, la idea de un dios creador y el ateísmo: un alto porcentaje de religiones, tendencias filosóficas de la más remota antigüedad o sectas nunca necesitaron ni la idea de un principio y un fin, ni la idea de un dios creador.
En uno de los ensayos de este libro, se alude a la repetición como característica de lo sagrado. Así es: rito, rutina, rituales repetitivos nos instalan en una realidad que se niega a morir. En la obra de García Ponce ocurre lo mismo: eterno retorno ateo, como en Nietzsche, Klossowski, Salvador Elizondo o Inés Arredondo. La generación de García Ponce, muy influida por Octavio Paz, quien coqueteó con el budismo como lo había hecho, por ejemplo, T.S. Eliot, fue también lectora de Georges Bataille, quien, según Elizondo, heredó en parte su misticismo ateo de la antigua India, donde ya existía el ateísmo no únicamente en religiones como el jainismo y el budismo, sino también en sistemas extrarreligiosos, como el Lokayata.
Y sin embargo, a lo largo de milenios, ha habido cosas que el ser humano no ha consentido en que se toquen ni insulten ni cuestionen por el misterio o el miedo que encierran. Lo divino es inherente, consustancial al ser humano, sea ateo o no, y por ello los Upanisads afirman Tat Tvam Asi («tú eres eso»), es decir, tú eres dios, dios está dentro de ti.
Pero, ¿por qué El arte y lo sagrado es un libro original? En primer lugar, no es una obra exactamente sobre Juan García Ponce, a pesar de la portada y de que los ensayos, en general, partan de una reflexión del escritor yucateco; en segundo lugar, los autores no se centran propiamente en la sacralidad entendida en su sentido tradicional o medieval, sino que la abarcan como un fenómeno humano, y recordemos que ya el filósofo alemán Ernst Cassirer sostuvo que el ser humano es un «animal simbólico»; lo anterior es fundamental porque el mismo García Ponce hará énfasis en el carácter alegórico de narraciones suyas como «El gato» o «La gaviota», y por extensión, es factible considerar su obra como un vasto universo alegórico en que cierto vocabulario religioso sacraliza o mejor dicho, resacraliza el erotismo, tal y como en la antigüedad se entendió en tanto conexión con la divinidad (pensemos en el aspecto dionisiaco o en fenómenos como la prostitución sagrada); en tercer lugar, la obra es original por su estructura: parte de dos visiones sobre García Ponce y su noción de lo sagrado: una general en la que interpreto y establezco el concepto de sagrado para este autor, y otra más familiar y también filosófica, en la que los pintores Paul Klee, Balthus y Fernando García Ponce aparecen como parte imprescindible de esa familia. Después, cada autor se concentrará en su propia competencia o visión estética de lo sagrado: artistas como Marcel Duchamp, Rufino Tamayo, Francisco Toledo o Hermann Nitsch son analizados e interpretados bajo esa óptica reveladora. La visión poética de una sección de aforismos y prosas breves nos conecta y separa simultáneamente de lo sagrado. He ahí la diversidad de este libro dividido en «visiones» y «revisiones», todas sobre el arte moderno, pues el título podría engañar a más de un incauto al pensar que se refiere a un arte antiguo en que lo sagrado aún tenía presencia en el mundo occidental.
Lo que ya no tiene presencia preponderante en el mundo occidental es la univocidad de un solo concepto de lo sagrado o divino como un dios discontinuo hecho a imagen y semejanza del hombre. Lo sagrado, tal y como ocurría en la antigüedad pagana, se ha diversificado y pluralizado. Ya el gran poeta guatemalteco Miguel Ángel Asturias escribió en una ocasión que «el poeta endiosa las cosas que dice», y hay que entender aquí poeta en su sentido etimológico de creador. La cita anterior da pie a que la misma creación recupere la noción de lo sagrado para iluminar el sentido de la misma creación, del poder de la razón y la imaginación en un mundo cada vez más utilitarista y mezquino.
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Ficha bibliográfica: El arte y lo sagrado. Compilador: Daniel Goldin. México, Ed. Era / Universidad Autónoma Metropolitana, 2025.
Adoro el legado de los hermanos García-Ponce.
Por un lado, Fernando que fue arquitecto de profesión pero que, influido en un primer momento por los artistas europeos y estadounidenses: Ives Klein, Robert Motherwell, Antoni Tàpies o Pierre Soulange junto a sus compatriotas: Manuel Felgueres, Rafael Coronel y Vicente Rojo; creó lienzos, producto de su tiempo, La guerra fría y como los demás, optó por el arte abtracto a través de una pintura con una estructura bidimensional y una construcción espacial remite a la arquitectura y la escultura que nos remite a las vanguardias rusas, al cubismo y/o la escuela alemana Bauhau.
Por el otro lado, Juan García-Ponce; mi literato favorito por su aguda inteligencia que le permite ser sarcástico y que, aunado a su escritura ágil y sensual permite darte carta libre; la misma que te conducen al éxtasis; ya que, casi sin darte cuenta llegarás al final de cada uno de sus escritos después de haber experimentado un orgasmo intelectual. Me fascinan su cuento Tajimara y su paso por el cine y donde, junto a Juan José Guerraa adaptarían el guion para el primer episodio de la película Los bienamados. Gracias por
Gracias por tu comentario. Al final, te refieres a Gurrola.
Saludos