
Balam Rodrigo
1. Preludio: memorias de la infancia
Nos alumbrábamos la noche y el camino
con antorchas de acero de recién afiladas volutas.
Nos alumbrábamos los huesos con machetes de dos filos:
el primero, el ventral, para cercenar la lengua y el odio;
el segundo, el del lomo, para que el tajo y el aire
que vienen de regreso decapiten las últimas sílabas del miedo:
la cara y el nombre, fragmentarlos en fonemas.
Nos alumbrábamos el camino con antorchas de mercurio:
bruñidas hojas de zurdo filo y exacta geometría
—todas teorema e isósceles de sangre—
para visitar el cuerpo y el sueño de los odiados.
Un pez de plata que brilla a muerte en las aguas fangosas
de la noche es un machete que silba silencio en mi mano
mientras se hunde en el agua de la carne.
I
Juan López, apóstol del cemento y del alcohol,
camina y serpea por las calles de Colinas del Rey
a la hora en la que gallos y perros aúllan a la noche
con la rabia del trópico mordiéndoles los párpados.
Camina descalzo y sin camisa: la ha dejado
—no lo recuerda ya— tirada en la Avenida Central
como la bandera de una patria derrotada por el miedo.
Tiene en el frente las siglas de un equipo de futbol,
y en el reverso, un número soñado por la muerte: 13.
Al amanecer, será un lienzo ahogado en sangre,
la piel de un ciervo desollado con cuchillos de sal.
II
El hermano de El Cipote cayó del tren a las vías
y regresó a El Salvador en una caja, hecho pedazos:
los migrantes que caen del tren que corre hacia la muerte
son granadas de carne que detonan en las manos entumidas
del hambre y la miseria; sus púrpuras esquirlas se incrustan
en la espalda de la frontera. El Cipote recogió de entre las vías
las sanguíneas sílabas de El Ayote, y algo que lo habitaba
desde siempre también cayó a los rieles. Ahora tiene un muñón
donde antes le crecía el alma: lleva inválido y esquirlado
el dolor, lleva anestesiada la muerte, lleva decapitada
la piedra solar del corazón.