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Carlos López

Los poemas de José Emilio Pacheco (JEP) tienen una fuerza poco común; atraen con su aparente simpleza porque no le ponen barreras al lector, son textos que por principio abren la puerta a un mundo que nos resulta conocido y que, no obstante, somos incapaces de nombrar; la voz del poeta es la que hace la claridad a partir de lo cotidiano que por común se nos pierde. Pacheco tiene la conciencia despierta de lo efímero y del olvido terrible que sepulta lo que pasa. La escritura es la herramienta antiolvido, el lenguaje que retiene lo que siempre está escapándose del avasallamiento de la modernidad y del olvido forzado de la historia que intenta dejarnos sin nada, sin pasado con qué encarar un posible presente:

Tierra

La honda tierra es

la suma de los muertos.

Carne unánime

de las generaciones consumidas.

Pisamos huesos,

sangre seca,

heridas,

invisibles heridas.

El polvo que nos mancha la cara

es el vestigio

de un incesante crimen.

Para el poeta nada de lo que lo rodea es indigno de nombrarse; por el contrario, la escritura es la maquinaria de la atención perpetua, despierta, que busca aprehender el devenir inevitable de la vida. El lenguaje aquí es una especie de arma depurada que lucha en contra de los sobrentendidos, de los lugares comunes, pero también del esteticismo que concibe a la palabra como un elemento sólo para producir belleza. Aquí el lenguaje no oscurece, busca una comunicación directa que quite los velos de lo confuso, de lo enredado y llegue a un centro de claridad que no escapa a la ironía y el dolor porque ambos son formas de la verdad. Sin alejarse de la musicalidad y del oficio, esta poesía tiene mucho que decir y lo hace con un lenguaje casi llano, pero jamás pobre; el poeta pasa por el tamiz lo innecesario y cierne las palabras precisas para comunicar. Sus relámpagos caen en el lugar exacto; ésta es una poesía de la inteligencia; su resonancia hace mella en la reflexión. Está el disfrute de la palabra, pero está sobre todo la lucidez que pone un peso en la llaga, una llaga común que nos incumbe a todos. Pacheco está habituado a pensar en plural, muchos poemas nacen de la experiencia personal, pero su visión siempre trasciende los límites del yo y se extiende al nosotros. Como poeta y como hombre, JEP sabe que no está solo; sus preocupaciones son sociales, comunes, pero su observación no se queda en lo humano; le interesan los animales, la naturaleza, todos los mundos que confluyen en éste. Como poeta, sabe que la poesía no la escribe un solo hombre sino que es una labor conjunta y que no es posible escribir sin la tradición y el diálogo continuo con los otros.

Pacheco se reconoce como un trabajador tenaz que nunca alcanza la perfección; está consciente de que la escritura es siempre perfectible; en la nota introductoria de Tarde o temprano escribe: «No acepto la idea de “texto definitivo”. Mientras viva seguiré corrigiéndome». Este impulso de la rescritura asume la verdad de lo no concluyente; sin embargo, está presente el compromiso con la palabra que no permite mediocridades ni anquilosamientos; la consagración del poeta puede ser lo peor:

Lives of poets

En la poesía no hay final feliz

Los poetas acaban

viviendo su locura

Luego descuartizados como reses

(sucedió con Darío)

O bien los apedrean y terminan

arrojándose al mar

o con cristales

de cianuro en la boca

O muertos de alcoholismo

drogadicción

O lo que es peor

poetas oficiales

amargos pobladores de un sarcófago

llamado Obras completas

El poeta asume la escritura desde una visión siempre crítica y es que la atención viva implica una reconfiguración continua de lo establecido; escapar del sarcófago de las obras completas es asumir que lo esencial alberga la contradicción, el vaivén, el movimiento; él enfrenta su trabajo como una lucha que implica emprender tareas diversas, heterogéneas, por eso su escritura no nace del ego y busca aprehender la existencia a partir de diversas formas. Pacheco no le teme al periodismo, a la crónica, al ensayo, a la narrativa, a la traducción; todas son maneras de abordar una realidad que nos confronta con su crueldad, sus anticonvencionalismos y sus sorpresas. Sus textos se nos presentan con una solidaridad sin demagogias, lo sincero de su visión tiene poder y hay una inmediata identificación de quien lo lee. Lo profundo no implica solemnidad; uno de los aciertos de JEP es su humor y la ironía que atraviesan la membrana superficial y producen un despertar inmediato:

Traduzco un artículo de Esquire

sobre una hoja de Kimberly-Clark Corp.

en una antigua máquina Remington.

Corregiré con un bolígrafo Esterbrook.

Lo que me paguen

aumentará en unos cuantos pesos las arcas

de Carnation, General Foods, Heinz,

Colgate-Palmolive, Gillette

Y California Packing Corporation.

La continua búsqueda de un arte poética es el sino del poeta —de cuya mirada nada escapa— que le canta más que otros a su amor, la patria; que dedica cantos con pasión compasiva a los olvidados en la tierra, a los pequeños seres que la reconstruyen de la devastación humana. Pacheco es contemporáneo de los cantores originales del universo y lo será de quienes atestiguarán su destrucción. Una de sus obsesiones es el paso del tiempo —esa interrogante que nadie puede descifrar—; con esta temática titula algunos de sus libros. Los distintos nombres que el poeta adopta para dialogar con sus pares, la traducción como una manera de apropiarse de la literatura para conversar con ella, el magisterio ejercido en las publicaciones más importantes del país son algunas de las formas lúdicas por momentos, creativas, críticas, originales que legó a sus lectores. Sobre su columna (nunca un sustantivo estuvo tan bien aplicado a un nombre: las dos páginas que sostuvo en Proceso durante casi cuatro décadas fueron pilares del semanario mexicano) «Inventario» (que sólo firmaba, tímido, JEP, las tres letras que más pesan en México) se han escrito tesis y sirvió en la formación de generaciones de escritores. Tarde o temprano se hablará con rigor de estos y otros asuntos literarios del escritor más completo de México.