Juan Antonio Rosado

El miedo siempre es la mejor arma para controlar, sobre todo cuando se impone a una función tan natural como comer, beber o desear la profunda cercanía con otro, desear el placer. Para una concepción del mundo centrada en la reproducción, en dar frutos; para una concepción utilitaria que implica el sacrificio, es difícil aceptar el placer incluso si se nos entrega de forma natural. Desde un punto de vista biológico, los órganos encargados de desechar impurezas son al mismo tiempo los encargados de generar vida y proporcionar uno de los placeres que conduce al éxtasis, a la impersonalidad, a la efímera desintegración del yo. El miedo a la sexualidad y sobre todo a sus metamorfosis culturales produjo, por supuesto, una moral sexual obsesionada con esa función natural. Esa moral redujo la sexualidad a la mera reproducción. Por tanto, el sexo se justifica sólo si da frutos. De ahí se sigue que el erotismo es impuro porque pretende placer, juego, imaginación, anular el asco.

En otros textos, definí el erotismo como la transfiguración de la sexualidad humana mediante la imaginación y la razón. Al igual que la parte escatológica (en ambos sentidos), la parte sexual y erótica se convirtieron en obscenas, en aquello que debe sacarse de la escena y ocultarse por vergonzoso. ¿Quién coloca su intimidad en el exterior para exhibirla? Por supuesto, el censor, es decir, el obsesionado con estas cuestiones, un ser enfermo que reprime, prohíbe, se escandaliza, le tiembla el pulso cuando se habla de sexo o erotismo. Tal obseso mete sus narices en las sexualidades ajenas, las exhibe y se exhibe a fin de controlar mediante la culpa y el miedo: mediante la represión. Tal obseso no deja de ser o un hipócrita, un mutilado resentido y envidioso, capaz de determinar, a partir de un librito escrito hace miles de años, qué es puro y qué impuro. Ese obseso se sigue tomando en serio aquello de «no cometerás actos impuros». La concepción religiosa judeocristiana es la única que osó diseñar un mandamiento tan absurdo como «no fornicarás». ¿Qué otra religión prohíbe ese acto? Ninguna que se precie de establecer un vínculo con la vida. Alguien argumentará que la visión judeocristiana no lo prohíbe en el seno del «sagrado matrimonio», pero es lo mismo, ya que tal sagrado matrimonio se concibió sólo para parir. Tan es así que la sábana con el agujero, empleada para que los cuerpos ni siquiera se toquen, llegó a tener éxito entre los más «piadosos» (y miedosos). Ni soñar en la anticoncepción, pese a que el exceso de vida produce muerte y por ello los sabios paganos no sólo le rindieron culto a la fertilidad, sino también a la esterilidad.

Todo esto encierra una paradoja: por un lado, el sexto mandamiento nos aparta de la naturaleza mediante la represión; por otro, nos devuelve una animalidad meramente genital al despojar la sexualidad humana de sus posibilidades lúdicas, es decir, eróticas. El indólogo Alain Danielou afirmó en una ocasión que los templos hindúes cubiertos con imágenes eróticas expresan más bien que el ser humano debe alcanzar la pureza: debe estar libre de inhibiciones antes de develar los secretos del conocimiento. El verdadero sabio no le teme al espectáculo del placer; antes bien, admira su belleza. Los ambiciosos, rapaces, crueles y acomplejados temen las manifestaciones de la sexualidad porque el temor a lo sexual es expresión de antiespiritualidad. Coincido con estas ideas y, en consecuencia, mi sexto mandamiento es ejercerás con libertad tu sexualidad, deseos, impulsos y pasiones cuando te sea posible, sin dañar a los demás, a solas o con otros, en la intimidad y sin forzar la voluntad de nadie.

 


El presente texto se incluirá en un libro de ensayos sobre arte y moral, de próxima aparición.