Juan Antonio Rosado

Si Dios es todo significa que también es nada. Para una abstracción de tal magnitud no debe haber términos medios, ni mucho menos representaciones personales que lo reduzcan hasta el ridículo, la paradoja o la contradicción disfrazada de «misterio». Es deporte común decir que algo es un «misterio» cuando no lo comprendemos o está lleno de contradicciones. La palabra «misterio» siempre hace retroceder al incauto (o ingenuo). La verdad es que el ser humano no soporta la realidad contingente en que vive. De acuerdo: hay que inventar dioses o un dios para suplir lo que algunos considerarían sinsentido o absurdo. Y ya que somos capaces de razonar, y que algunos humanos por lo menos poseen el derecho de hacerlo, usemos rápido una pequeña dosis de razón. El segundo mandamiento judeo-cristiano aconseja no tomar el nombre de Dios en vano (o en falso). En nuestro momento histórico, ¿merece la pena darle tanta importancia a los conceptos, o dársela más que a las acciones? Notemos cómo actos de verdad atroces se dejan, en la tabla de la ley bíblica, en puestos menos destacados, lo que hoy atentaría contra los derechos humanos básicos. ¿Es más importante tomar en vano el nombre de un supuesto dios que matar o robar?

Pero más allá del orden de las leyes, y si dios es en realidad todo, entonces carece de sexo, forma y tamaño. En consecuencia, ¿qué importa la manera en que se le nombre? Puede tener 1000 o más nombres o ninguno. ¿Es relevante cómo nombrar algo inabarcable e incomprensible, algo que pretende sobrepasar a la misma conciencia? Se supone que el nombre nos da cierto poder sobre el objeto nombrado. Designar las cosas con nombres es un modo de ubicarlas, señalarlas, definirlas, controlarlas. Pero el nombre de cualquier objeto o sensación jamás corresponderá con plenitud a ese objeto o sensación: suele ser arbitrario y siempre producto de la interpretación de la imagen que hemos fabricado de ese objeto en la mente. Ya en Egipto se dijo que Ptah creó el mundo con la Palabra; ya en India se dijo que la Palabra creo todo, incluso la contradicción entre los seres humanos. Somos nosotros quienes otorgamos valor a las palabras y no ellas a nosotros, a no ser que sea con el afán de dominar, controlar, señalar, ubicar… Y de cualquier modo, ese valor será, por consiguiente, muy relativo: dependerá de las circunstancias en que estemos.

¿Qué importa si una persona se llama o apellida de tal o cual modo? ¿No son más significativas sus actitudes y aptitudes, lo que aporta en beneficio de sí mismo y de los demás, directa o indirectamente? Juramentos, promesas o amenazas pueden revestirse de protocolos y rituales; pueden ser útiles en el ámbito de lo cotidiano, aunque sean meras palabras, pero cuando con solemnidad toman una abstracción, llámese Justicia, Libertad, Dios o cualquiera de las miles de divinidades creadas por la historia de las ciencias o humanidades, entonces el humano se reduce a mera abstracción, lo que es lo mismo que decir: se sintetiza, se empobrece olvidando el conjunto de fenómenos que le rodean y que él mismo produce. Es mejor confiar en quien ha demostrado con sus actos ser confiable, que hacerlo en quien jura por abstracciones. En las apariencias suele radicar la verdad, aunque a veces pueda ocultarse la verdad contraria. Por ello las evidencias son y serán lo único con que contemos para admitir un juramento o promesa. En nuestro momento actual, un papel firmado o certificado oficialmente se toma como garantía de la palabra expresada, y en tal sentido es una evidencia: se halla ante los ojos, es decir, afuera (ex videntem) y no en el interior de una trama personal. Por tanto, mi segundo mandamiento es este: No les darás tanta importancia a las palabras de los demás, sino antes a sus acciones y actitudes.


El presente texto se incluirá en un libro de ensayos sobre arte y moral, de próxima aparición.