Juan Antonio Rosado Z.

 

Soy un gato, un ser sensible a los más sutiles matices del pensamiento y las emociones.

N. S.

Fue grande la cantidad de obras literarias que en Japón se produjeron durante la llamada era Meiji (1868-1912), caracterizada por la apertura hacia el mundo occidental y por el influjo de la literatura y el arte europeos. Japón contaba ya con una antigua tradición poética y novelesca. Dos ejemplos clásicos de esta última son El árbol hueco (siglo X) y la célebre Historia de Genji (siglo XI), tal vez en Occidente la más prestigiada entre todas las narraciones niponas, debido, en gran medida, a la traducción de Arthur Waley.

Uno de los autores emblemáticos de la era Meiji fue Natsume Soseki (1867-1916), pseudónimo de Natsume Kinnosuke, quien se desempeñó como profesor de literatura inglesa y prosista excepcional. Se cuenta que a raíz de la amistad con el poeta Masaoka Shiki, quien lo indujo al arte de los haikús, Kinnosuke adoptó el pseudónimo soseki («terco»). Su erudición no sólo abarcaba la filología inglesa y la cultura occidental, sino también la poesía tradicional china y, por supuesto, la cultura japonesa en todas sus etapas. Para Donald Keene, los escritos de Soseki evidencian el conflicto —muy en boga a finales del siglo XIX y principios del XX— entre las viejas y nuevas formas. En una de sus obras más populares y traducidas, Yo, el gato (1905-1906), se nos informa de la popularidad de los haikús, del tanka y de la nueva poesía. En Soseki influyó, por ejemplo, la tendencia naturalista, cuya afición a describir los «bajos fondos» de la sociedad es ya proverbial; sin embargo, el novelista japonés se centró más bien en la cotidianidad y en sus rutinas, de ahí que, según Keene, no resulte tan atractivo para un occidental, como podrían ser los narradores Shimazaki Toson o Junichiro Tanizaki, para no hablar del célebre cuentista Akutagawa o de escritores posteriores, como Kawabata o Mishima.

A pesar del juicio de Keene, Soseki sigue siendo uno de los autores más apreciados en Japón y cada vez más en Occidente, dada la belleza de su estilo y, sobre todo, su amenidad, su fluidez y lirismo. Es verdad que se centra en la cotidianidad, pero se trata de una cotidianidad llena de anécdotas (muchas de ellas humorísticas) y microrrelatos con caracteres sicológicos y extraordinarias descripciones físicas. Puedo argumentar, en defensa de Soseki, que no toda acción tiene que ser violenta, y no toda transformación tiene que ser radical o repentina, ni siquiera premeditada. Puede ser paulatina, ascendente o incluso clausurarse al proponer la quietud de lo cotidiano y las actividades de los individuos comunes, las discusiones que se suscitan en las reuniones o la gestualidad que encierra cualquier actitud, lo que suele ocultar un sinnúmero de secretos y, en particular, ser blanco de la mirada crítica del artista. Además, sabemos que un secreto puede revelarse de modo gradual. Todo lo anterior ocurre en una de las más renombradas novelas japonesas: Yo soy un gato, también traducida como Yo, el gato, originalmente publicada por entregas en la revista Hototogisu, de mencionado Masaoka Shiki. En la novela incluso el gato llega a afirmar, con ironía: «Me bastaría que cada quien adquiriera con su dinero la revista donde este relato se publica por entregas, y no cometiera el abuso de pedírsela prestada a un amigo».

Partiendo del título Yo, el gato, donde se anuncia que un felino con seguridad expondrá sus puntos de vista desde su propia subjetividad —el pronombre yo es esencial—, nos viene a la memoria la clásica Vida y opiniones del gato Murr (1820), de E.T.A. Hoffmann. Allí, el escritor romántico alemán del siglo XVIII combina las apreciaciones del gato con aspectos de su vida y de la realidad circundante. Soseki se refiere a este libro, que recurre también al humor, como lo hace el narrador japonés, sólo que en Yo, el gato, el narrador (testigo y a veces protagonista) carece de nombre: es un simple gato con un año de edad («puede equipararse un año de la vida de un gato con diez años humanos», leemos) y que al final tendrá ya dos. Pero no se trata de una caricatura de gato: adquiere, mediante los recursos descriptivos, todo su cuerpo, toda su carnalidad gatuna, sus dimensiones fisiológicas y costumbres, como la caza de la mantis religiosa o de la cigarra, que son descritas con minuciosidad. A pesar de su pensamiento crítico y elaborado, resulta convincente, verosímil justo porque tal pensamiento intenta —y a menudo lo logra— ubicarse en la totalidad de una perspectiva felina sin parecer siempre humana: su cuerpo llega a ser su único amo. En una secuencia de tensión narrativa, en la que el protagonista no desea ser advertido por el enemigo, reflexiona: «Parece como si las patas de los gatos no existieran. Dondequiera que pisen sólo hay silencio, ni un ruido a su paso. Los gatos caminamos como por el aire, como si pisáramos las nubes…».

Este felino sicólogo y sabio es también una especie de espía: un observador de la realidad, y en especial de la realidad humana; por ejemplo, adquirió la costumbre de husmear en la mansión de la familia Kaneda y así conoció los más íntimos detalles de su vida. Sus dotes de observador lo hicieron no sólo sicólogo, sino también un descriptor con gran sugestión visual, como ocurre en este pasaje sobre el maestro, su dueño, su amo, quien además de padecer del estómago, «tenía la cara picada de viruela». Este profesor retraído, antisocial, que sólo respeta a sus colegas universitarios, saca su verdadero yo en su diario íntimo, que llena con lamentaciones sobre sus graves problemas estomacales mientras se esfuerza por dar una buena cara al mundo. A pesar de esto, su casa es frecuentada por gente excéntrica y allí se desarrollan conversaciones a menudo extravagantes, muy profundas o tan sólo extrañas.

A lo largo de la extensa narración, los seres humanos se encuentran del lado de allá, en franca oposición a la espontaneidad y apertura del instintivo dato natural que, sin embargo, es controlada por el peso de una razón alterna, la razón felina —podríamos decir—, también capaz de racionalizar sus apegos y temores, así como de enaltecer sin modestia su ego, a menudo en tono petulante. La idea anterior es notoria cuando se compara la sencillez del estilo felino con los afectados modales humanos, que resultan extravagantes: «Algunos alimentos pueden comerse crudos, como son, pero los humanos renuncian a tal norma y pierden tiempo y energía en cocerlos, asarlos, curtirlos en vinagre o añadirles pasta de soya».

El felino protagonista es complejo, difícil de definir con precisión, un personaje dinámico, de diversos relieves, que evoluciona. Por un lado, aunque sea gato, posee un conocimiento del significado de la compasión, es sensible a los afectos, a la ternura, al amor, y por otro, en lo referente a la sagacidad, no cree que haya en todo Japón ningún gato tan dotado como él. Al final de la obra, el gato tiene ya dos años. Todavía carece de nombre y ha vivido entre humanos y contado sus historias. Mucho antes, había pactado con ellos y desistido de lanzar una guerra sin tregua contra la especie bípeda.

En distintas secuencias narrativas aparecen, de repente, reflexiones que profundizan en la división entre humanos y gatos, pero asimismo la estrechan e incluso la cierran. Todo parte, en gran medida, de un rasgo común en ambas especies animales: la memoria. Es ya lugar común afirmar que, si algo caracteriza la mente de los mamíferos superiores, es esta cualidad. La memoria, el recuerdo nos lleva a sensaciones, a estados y sentimientos; reactualiza nuestros miedos y nos hace prever. Y si toda presencia real es susceptible de resignificarse y adquirir dimensiones simbólicas en el universo literario, ¿no es el gato anónimo de esta obra un símbolo de la razón que tiende a otorgar sentido y unidad, a explicar y organizar, y en fin, a ejercer un criterio sobre las cosas que le rodean? He ahí una de las claves de esta novela: el juicio, la visión crítica, el ejercicio del criterio a partir de la visión del otro, un otro que se transforma.

Hay personajes entrañables, sin importar si unos son antipáticos y otros no. En las páginas de esta magnífica novela, conocemos a una serie de personajes que tienden más a lo grotesco que a lo tradicionalmente «sublime», por lo que se trata de una despiadada sátira social. ¿Cómo olvidar al licenciado en Ciencias Kangetsu, a Osan (la sirvienta que carece de compasión para con el gato, al que suele ignorar), a Toito, a Metei, al doctor Amaki, al irritable maestro y a la señora Kushami, al negociante Kaneda con su poder económico, a la señora Kaneda, con su monstruosa nariz, cuya dimensión era tal que, «cuando aquella mujer hablaba, parecía que era la nariz la que pronunciaba las palabras, en lugar de la boca»?

«I am a Cat», ilustración de Nakamura Fusetsu.

El felino anónimo es el otro: el voyeur. La primera metamorfosis de este observador de la realidad surge cuando conoce a un espécimen de la raza humana: un shosei, estudiante que suele realizar tareas pequeñas en las casas a cambio de comida y techo. Tras este breve y desconcertante encuentro, el gato —protagonista de su propia historia y testigo de la de los demás— , despierta para hallarse solitario en un sitio aterrador, sin su familia. Así es: peligra y nos transmite hambre, frío y angustia, pero al mismo tiempo sabemos que él narra y sigue, por tanto, vivo. La estrategia del autor es generar intriga, de modo que la tensión aumente, pese a que haya secuencias de distensión y relajamiento, a menudo ocupadas por el humor o la reflexión, de ahí que esta obra esté muy cerca del ensayo, de la literatura de ideas, del estudio sicológico, sociológico y moral.

Por supuesto, hay aventura y peripecias, pero es mucho mayor el pensamiento, las ideas. A partir de la aparición de Osan (la criada), surge una serie de reflexiones sobre las criadas, quienes constituyen una especie más violenta que los shosei. Aparece otro gato muy indignado con los humanos, pues ellos vulneran sus derechos de propiedad y se concluye que alguna vez los gatos dominarán el mundo. Conocemos a Kuro, el fanfarrón gato del carretero, quien en un diálogo le cuenta lo que le ocurrió con una comadreja. Kuro llega a la conclusión de que no hay criatura peor que el humano y también que los hombres son todos ladrones. Leemos que el humano es incapaz de mostrar la más mínima comprensión y compasión hacia los demás si no hay un interés de por medio. La especie humana no es en sí misma misericordiosa. Si en alguna ocasión derrama lágrimas es para cumplir con las exigencias sociales y con algunas normas, como cuando se paga un impuesto. El ser humano sólo se compadece si ello le sirve para engañar a los otros. La visión pesimista no puede ser más clara, pero no siempre es así y el gato protagonista llega a asimilarse al mundo humano. Una transformación —ingrediente esencial en cualquier narración que valga la pena— sucede cuando el felino cae en cuenta de que puede sostenerse con las patas traseras gracias a que se le atoró en los dientes una galleta de arroz. Concluye que, en condiciones de peligro excepcional, alguien puede actuar de modo inesperado y sobrepasar con creces el estándar de sus logros.

Con ciertos cuadros costumbristas, a veces distorsionados por excepcionales descripciones, tan sensoriales como dinámicas, en el fondo se trata de un análisis sicológico de la especie bípeda —espécimen egoísta por excelencia— y sus múltiples posibilidades a partir de una visión felina, es decir, ajena: la visión de un otro que nos observa, sarcástica, desde afuera para satirizar nuestras costumbres y valores, y ejercer la crítica —con frecuencia despiadada— de nuestra especie. Hay algo o mucho de misantropía, y en esto Soseki comulga con una larga tradición que, en Occidente, puede detectarse desde la sátira menipea, Luciano de Samósata y los cínicos, hasta nuestros días, pasando por Rabelais, Quevedo, Cervantes, Voltaire, Swift, Sterne, Joyce y Woolf, para sólo mencionar a un puñado.

Baste la siguiente descripción del maestro —hombre ocurrente, solitario y de costumbres estrafalarias— al inicio de la obra:

Algunas veces me acerco de puntitas a su estudio para echar un vistazo y lo encuentro tomando una siesta. Incluso lo he llegado a ver babeando sobre algún libro que comenzó a leer. Su estómago es débil; su piel, sin elasticidad y brillo; su color, amarillo pálido y, con todo, es un descomunal troglodita. Tras comer gran cantidad de alimentos, toma algunos antiácidos y abre un libro. Apenas ha leído unas cuantas páginas, se queda dormido y, segundos después, babea su libro. Esta es la rutina que he observado con religiosidad todas las tardes.

El ser humano aparece como narcisista, arrogante, mentiroso, egoísta, fanfarrón, acaparador, ladrón, vanidoso, falso, aunque también contradictorio, enigmático, de naturaleza inescrutable u honesto (algo infrecuente en estos tiempos); en definitiva, existen hombres mejores que otros: los humildes, por ejemplo. No obstante, en el alma de los humanos anida un ladrón.

Hay reflexiones en torno a la naturaleza, al arte (en particular a la pintura), a la literatura y a ciertos escritores japoneses y occidentales, a la mujer, a la gastronomía, al teatro, la música, aspectos de la historia (oriental y occidental) y —no podía faltar— a la entonces vigente guerra ruso-japonesa (1904-1905), aludida o evocada en diversos pasajes; por ejemplo, con gran ironía se advierte que, siendo un gato japonés, las simpatías del protagonista estaban del lado nipón; en consecuencia, acarició la idea de reclutar una brigada de gatos que podrían clavar sus garras a los rusos.

Se llega a percibir la muerte y las formas de matar desde una mirada irónica, como en la anécdota del pino de los ahorcados, pero también las vicisitudes de la vida, la naturaleza de la especie humana, el espíritu japonés, el amor y la muerte, las mujeres y los varones, la literatura, la injusticia de los sucesos, el matrimonio (a veces tratado como un hábito deplorable), el significado de la primavera, el robo, la Escuela de la Nube Caída y sus inquietos estudiantes, los conflictos de la enfermedad, la guerra, la mediocridad, el pesimismo, la conspiración de hombres contra mujeres (lo que hoy algunos llamarían «sexismo»), el mundo académico y sus ridículas exigencias —por ejemplo, la tesis de Kangetsu sobre los efectos de los rayos ultravioleta sobre la acción galvanizada en el globo ocular de las ranas—, e incluso temas como el reino animal y los insectos, el deporte, la vestimenta, la eterna competencia entre humanos, la comida, la calvicie, los espejos, los tipos de hombres bromistas, las narices históricas y literarias, y otras muchas banalidades de lo cotidiano que aquí se resignifican con intenciones satíricas, paródicas o tan sólo humorísticas. Hay toda una reflexión sobre Dios o, mejor dicho, sobre el Dios cristiano. La digresión podría considerarse un ensayo sobre las paradojas y contradicciones que encierra tal concepción de la divinidad como «omnipotente» y «omnisciente»: «Por lo menos hasta el siglo XX, al Dios cristiano en particular le han sido atribuidas esas cualidades. Sin embargo, esas presuntas cualidades bien pueden ser consideradas por el hombre común justo como las opuestas: ignorancia e impotencia». El anónimo gato se dedica a analizar tal paradoja en una secuencia argumentativa que, en parte, demuestra la limitada capacidad creativa del supuesto Creador.

Si bien el punto de vista más destacado es el de un gato, el autor intercala —en especial en las conversaciones entre los personajes, y por medio de algún narrador relevo— una serie de microrrelatos y anécdotas (por ejemplo, el incidente de Takanawa); alude a alguna leyenda, a alguna obra de teatro japonés, a algún episodio histórico, expone datos curiosos o introduce un segmento de diario. Estas inclusiones discursivas, muy características de los géneros híbridos, le otorgan a la obra variedad estructural y generan expectativas en el lector. Cumplen, de hecho, con diversas funciones que van más allá de las intenciones crítica y lúdica (las dos más visibles en esta novela), ya que de pronto es notoria la intención didáctica e incluso orientadora. El diálogo desempeña un papel fundamental para desplegar una serie de puntos de vista que a veces, mediante el viejo recurso de la antifonía (voces opuestas) suscitan confrontaciones, discrepancias: cada nuevo paso de los argumentos del maestro contribuía a la creación de un razonamiento absurdo. Sobre el maestro, el gato no puede explicarse por qué las mujeres podían encontrarlo atractivo, si hasta su propia mujer lo consideraba de una forma muy negativa. Se aprecia una imagen distorsionada e irónica de lo que idealmente debería ser un maestro, pero también de un hombre con nulo atractivo sexual. No obstante, acaso la confrontación más obvia —con o sin diálogos— sea la que se configura a lo largo de la obra entre el mundo occidental y el oriental. Por ello, esta novela es quizá una de las más representativas de la era Meiji. Leamos el siguiente pasaje:

Con sólo cruzar a la acera de enfrente, hallé la casa de estilo occidental de la que tanto oí hablar. Su presencia era dominante, se apoderaba de todo el barrio. Era de esperarse que el dueño de semejante mansión tuviera el mismo aspecto presuntuoso que la casa. Brinqué la cerca del jardín y contemplé el edificio. Con sinceridad, la construcción no poseía ningún mérito. Parecía efectista y nada más. Si no me equivoco, a eso se refería Meitei cuando hablaba de la mediocre naturaleza de su propietaria.

La cultura libresca de Soseki no sólo abarca China y Japón, sino el mundo occidental, desde la antigüedad greco-latina hasta la Europa de su tiempo. Hay alusiones a una impresionante cantidad de obras y autores. Además del gato Murr de Hoffmann, no podía faltar la obra Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, que influyó —por su vena satírica— en el autor japonés, quien también alude a Nietzsche y al mismo Soseki, a quien se califica de extraño.

En la última parte de esta magna obra la ironía más cáustica se mezcla con las reflexiones más profundas. Por ejemplo, la antifonía de Toito y Meitei en torno del destino de la humanidad, del amor, del matrimonio, del arte y la belleza es digna de hondas disquisiciones. Ya Soseki advertía a inicios del siglo XX lo que muchos pensadores han advertido hoy: nuestro mundo, cada vez más loco por estar cada vez más compuesto de individualidades autónomas que a toda costa buscan el sello personal y la identidad, se dirige a su autodestrucción. Cuanta más se fortalezca el individuo personal y único, mayor debilidad social o familiar, menor cohesión entre seres humanos. La individualidad se habrá extendido a escalas en que ya nadie demostrará interés por nadie, excepto por sí mismo.

Yo, el gato es, de manera preponderante, un interesante y agudo alegato contra el antropocentrismo, contra el hecho de que el ser humano se sienta rey de la creación y piense que todo gira alrededor de él. El gato-testigo, filósofo y divagador sostiene que, así como ocurre con los humanos —cada quien es diferente—, así sucede con los gatos: no hay dos iguales. Y sin embargo, en un momento dado, se aficiona tanto por el comportamiento humano que llega a olvidarse de los felinos, pues desde que trata de comportarse con humanidad, encuentra cada vez más complejo hablar sobre los gatos y sus asuntos: con ellos ya casi no se relaciona. Con tal justificación, se centrará más en el género humano y, en especial, en su comportamiento y en sus vínculos consigo mismo y con sus semejantes. Así la sociedad japonesa de aquel entonces —y también la humanidad— queda juzgada por la implacable mirada felina.

 


Texto publicado originalmente como prólogo a Yo, el gato, de Natsume Soseki. Mirlo, México, 2018, págs. 9-20.