Juan Antonio Rosado Z.

 

El escritor Juan Valera leyó Azul… (1888) y lo valoró tal vez menos de lo que merece, pero sin duda de modo positivo. Entonces empezó el ascenso y el cada vez mayor prestigio del nicaragüense radicado en Chile (y luego en España) Rubén Darío, seudónimo de Félix Rubén García Sarmiento. Hoy reconocemos que Darío, incluso antes que José Martí, renovó la lengua española. Ya olvidamos la debilidad del poeta al adular al sanguinario dictadorzuelo guatemalteco Manuel Estrada Cabrera. Lo que permanece es su obra, siempre actual, siempre moderna y sorprendente: Azul…, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza, pero también sus crónicas y ensayos en libros como Los raros y España contemporánea. Es verdad que Azorín lo asoció a la Generación del ’98, y que se le sigue asociando al modernismo y a la siempre obsoleta teoría del arte por el arte (a las famosas torres de marfil que «protegen» al artista de la realidad exterior). Esto último es falso en el caso de Darío, quien desde Azul… expresa un intenso compromiso estético, pero también social y político, que se exacerbará en crónicas y en algunos poemas. Para no extenderme en lo anterior, baste recordar unos versos de Cantos de vida y esperanza que siguen siendo actuales: «¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?/ ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?» («Los cisnes»), o estos otros, que confirman la profunda defensa de la hispanidad: «Eres los Estados Unidos,/ eres el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena,/ que aún reza a Jesucristo y aún habla español» («A Roosevelt»).

«A Roosevelt» es un poema político que rompe con los parámetros del mismo modernismo, pero sin renunciar al espíritu cosmopolita.  En esta pequeña obra maestra, el yo lírico prácticamente no existe, sino la mirada indignada e impersonal. Años antes, en 1902, Darío publicó un libro titulado La caravana pasa, pero no olvidemos un antecedente fundamental: el Ariel (1900), de José Enrique Rodó, quien opuso el utilitarismo y materialismo de los Estados Unidos al espiritualismo, y les advertía a los jóvenes hispanoamericanos que no imiten a los Estados Unidos, pues la admiración por este país del norte, que con lentitud se expandía, era una admiración que crecía junto con el repudio de muchos intelectuales, a causa de la miseria que empezaron a sembrar con sus monopolios económicos. El uruguayo Rodó le dedicó Ariel «a la juventud de América», y es uno de los primeros libros latinoamericanistas. Por supuesto, Darío lo conoció. La caravana pasa son crónicas de la época en que entabló relaciones con Antonio Machado y viajó con el argentino Manuel Ugarte, otro conocido antiimperialista. Allí leemos: «Los norteamericanos se esfuerzan, con inaudito despliegue de energía, en rehacer el mundo a su imagen y semejanza», y también: «la americanización ha comenzado» y «los norteamericanos se posesionan poco a poco de Nicaragua». Estas ideas se reflejarán, poéticamente, en Cantos de vida y esperanza y, en particular, en «A Roosevelt». Ya Charles Baudelaire (una de las más grandes influencias del modernismo) había hablado de la tragedia que significaba la norteamericanización del mundo en sus Fusées (núm. 150): «Tanto nos habrá americanizado la mecánica, tanto nos habrá atrofiado el progreso toda la parte espiritual, que nada entre los sueños sanguinarios, sacrílegos o antinaturales de los utopistas, podrá ser comparado a sus resultados positivos. Demando a todo hombre que piensa que me muestre lo que subsiste de la vida».

Respecto de la defensa dariana del arte, en especial de la poesía, recordemos esa joya en prosa llamada «El rey burgués», cuyo título es irónico por la contradicción que implica. Sigue siendo un texto de actualidad en la medida en que, como lo ha analizado Alberto Pérez Solís, hay un claro ingrediente ideológico y social. En principio, no puede haber un «rey burgués», y de ahí la ironía. La burguesía siempre se opuso a la nobleza, a la aristocracia. El cuento es una sátira contra la mentalidad burguesa acomodada e ignorante, a la que sólo le interesa obtener dinero para parecerse a los nobles. El burgués, en consecuencia, se opone a la sensibilidad que debe conllevar la obra de arte. En otras palabras, Darío elaboró una sátira contra la superficial mentalidad burguesa que aún padecemos, así como una despiadada crítica contra las deplorables condiciones del artista. Lo anterior, sin importar que el rey burgués esté basado en el director del periódico El época (Eduardo McClure), de Santiago de Chile. En el cuento, el personaje es ya un símbolo, y lo esencial es que en el concepto «burgués», Darío implica la cosificación del ser humano: su reducción a lo útil. Al burgués sólo le interesa la acumulación utilitaria, yuxtaponer objetos de los que nada entiende ni sabe, pero que considera «valiosos». Un poeta, en cambio, ¿para qué sirve? Al burgués le interesan las apariencias: carece de visión crítica y sólo acumula. Su concepción del arte es fetichista: «por lujo y nada más». Darío, además de denunciar las condiciones del artista, denuncia la frivolidad y estupidez de una clase que sólo acumula sin conocer lo que acumula: «japonerías», «¡chinerías!». Nada entiende. Es como los coleccionistas de objetos ornamentales y lujosos; como quienes usan los libros para adornar libreros. El arte así se vuelve ornamental, inocuo, inofensivo, controlable, dócil, y Darío lo sabía bien.

A los gobiernos siempre les ha interesado volver dócil al arte, despojarlo de sus funciones sociales y convertirlo en adorno (o adornarse con él). Sería como despojar el Guernika, de Picasso, de toda su intención original. Y si bien siempre ha habido artistas cortesanos (el mismo Darío, en una época, no pudo escapar de esa triste situación), el cuento sigue haciendo ruido, aun cuando muchos continúen leyéndolo de modo superficial. Recordemos al poeta del texto, cuando dice: «Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol… El arte no viste pantalones ni habla en burgués…», «Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir», o «Siempre he tendido a la eternidad». Lo anterior se contrapone a frases irónicas como «alma sublime, amante de la lija y de la ortografía» (la pura forma).

Mucho tiempo después, el mexicano Mariano Azuela hablará de esos escritores que se la pasan corrigiendo y acicalando el idioma para decir «solemnes boberías». Eso hace el rey burgués en el cuento de Darío: acumula arbitrariamente objetos por su apariencia. Si en esta nota me detuve más en este cuento es porque considero que de algún modo resume la poética del autor. Además, la insensibilidad e ignorancia del consumidor de arte sigue siendo tema actual; por ello la técnica a menudo es lo de menos para esos consumidores.