Juan Antonio Rosado

El español mexicano, como cualquier otra manifestación regional o dialecto de nuestra lengua, va transformándose no sólo por el proceso natural que implica los usos cotidianos o literarios en su sentido más general, sino también por la injerencia de otras lenguas, particularmente del inglés. El conocimiento de esta última lengua y el penoso desconocimiento del español han dado lugar a que muchos periodistas, profesores e hispanohablantes produzcan verdaderos bodrios léxicos. Anoto dos ejemplos de lo anterior. Quienes dicen o escriben la deplorable palabreja «accesar» (del inglés access, que a su vez se deriva del latín) ignoran que en español ya existía el verbo «acceder» y que, por lo tanto, no era necesario importar esta palabra del inglés. Al fenómeno anterior no le interesa si, a su vez, uno de los sentidos de «acceder» provenga de otra lengua latina: el francés. Lo importante es que ya existía dicha palabra. Estoy de acuerdo con que el español tome palabras de otras lenguas siempre y cuando no existan en nuestro idioma. Ya nadie escribe chauffeur, sino «chofer» o «chófer»; ya nadie escribe football, sino «futbol» o «fútbol»; ya nadie escribe leader, sino «líder». El español no toma prestadas palabras: se las roba y las españoliza. En ese sentido, en México debería escribirse «champú» (como en España) y no shampoo. El segundo ejemplo es más patético: quienes confunden «cuestionar» con «preguntar» o «interrogar» sólo porque en inglés question es pregunta. En nuestra lengua, cuestionar es criticar, discutir, poner en cuestión algo.

Un fenómeno muy distinto es el esnobismo de ciertos periodistas o reporteros, sobre todo de TV y radio, quienes se dan sus aires de elegancia diciendo, por ejemplo, «se encontró un cadáver al interior del departamento». La preposición «a» implica dirección y jamás estancia. Podemos decir: «me dirijo al interior de la casa», pero si deseamos denotar estancia, lo correcto es «se encontró un cadáver en el interior del departamento» (con la preposición «en»). Además, la palabra «interior» sólo sirve para dar falsa elegancia. ¡Ni modo que en el exterior! Basta y sobra escribir: «se encontró un cadáver en el departamento». Como no se dice otra cosa, todos sabemos que fue dentro y no fuera. En la solapa de la Obra reunida de José Revueltas, cuando se refiere a El Apando, leo lo siguiente: «…al interior de la penitenciaría». Se entiende que un reportero cometa ese error, pero que lo haga una editorial es reprobable, por no decir vergonzoso.

Pueden multiplicarse los ejemplos de bodrios léxicos que atentan contra la economía lingüística, así como los pésimos usos de preposiciones (por ejemplo: «bajo mi punto de vista» en lugar de «desde mi punto de vista») y supresiones innecesarias, como la del pronombre «se» en verbos como «aplicar» o «iniciar». Me referiré, por último, al caso de «retroalimentación» por ser un término usado en el ámbito educativo. Tal vez el inglés feedback tenga algo que ver, lo cual es un pochismo deplorable, pues en latín la palabra retro significa «hacia atrás». Retroalimentación: ¿alimentación retrógrada, hacia atrás? Es un contrasentido. El mejor término, como sostienen algunos pedagogos, es «realimentación». Realimentar es volver a alimentar, alimentar de nuevo, y tal es el sentido que en el fondo desea dársele a este concepto.