Juan Antonio Rosado

En una lectura descontextualizada, toda persona con un mínimo de sensibilidad y racionalidad aceptaría de inmediato el mandamiento No matarás. El problema empieza, como en el resto de los mandamientos bíblicos, cuando un individuo se coloca en un contexto en que, por alguna razón, debe o tiene que hacer lo contrario. En el prólogo de una de sus obras teatrales, William Saroyan aconseja hacer el bien y practicar un cúmulo de valores positivos que conducen a la paz social. Sin embargo, concluye con una frase lapidaria: «pero cuando tengas que matar, hazlo y no te arrepientas por eso». La pregunta clave es ¿cuándo aplicar esa perífrasis verbal subjuntiva: tengas que matar?, ¿cuándo realizar algo aún irreal?, ¿sólo en defensa propia, como lo marca la ley? Sería lo ideal.

En un libro muy antiguo, el Bhagavad-Gita, hay un momento en que Arjuna desfallece, entra en un grave dilema porque en el ejército enemigo ve a una parte de su familia: primos, tíos… Pero Arjuna es un soldado y en ese instante, ante tal contrariedad, decide dejar de serlo. Entonces la divinidad, bajo la forma de Krishna, que hasta entonces era su cochero, se manifiesta con energía y le aconseja a Arjuna matar. ¿Un dios que aconseja eso? Hablamos de un dios que sabe de contextos, y no se trata ciertamente de un contexto de paz, sino de de guerra, y Arjuna es soldado; por tanto, su deber, su obligación para con su casta y posición, su dharma, para expresarlo con la palabra exacta, es realizar lo que podríamos llamar su soldareidad o condición de soldado: tal es su deber más allá del bien y del mal. Su comunidad, su patria y los intereses de ella se vuelven el ser querido cuya vida debe defenderse. En una guerra, si un soldado no mata, lo matan. En un contexto de paz, la gente, por instinto, defiende su vida y la de sus próximos y queridos, la de quienes llenan su vida de significado y proyectos. Si un humano no defiende eso, ¿qué otra cosa podría defender en situaciones límites? Aquí implico que el defensor posee libertad y medios para defenderse, y no la mediocridad para matar de modo gratuito, por placer, ni tampoco la vana locura de hacerlo siendo la víctima. En tal caso, su vida ha dejado de pertenecerle y sólo podrá aguardar la ayuda de otros, si la hay.

El quinto mandamiento ha sido quizá el menos respetado por corporaciones transnacionales como la Iglesia Católica, que sin justificación racional torturó y quemó a miles (recordemos a Giordano Bruno y al sinfín de brujas, paganos y herejes), o las religiones protestantes, como la calvinista que hizo lo mismo con Miguel Servet, quemado vivo «por hereje». Karlheiz Deschner escribió una Historia criminal del cristianismo. Jules Michelet relató innúmeras atrocidades contra mujeres en su libro La bruja. Hay cuantiosas contradicciones en quienes aconsejan «no matarás» y pese a ello lo hacen: desde los ejemplos anteriores hasta el papa que bendijo al ejército que mataría abisinios: ese mismo papa que, conociéndolas, calló las inmundicias de los nazis contra los minusválidos, homosexuales, gitanos y judíos, entre otros grupos minoritarios.

Decía Nietzsche que la especie más cruel es el humano. Sólo ella se regocija con la tragedia y el dolor ajenos; sólo ella los anula porque creen en algo diferente o porque se comportan distintos; sólo ella, por morbo y placer, contempla con alegría un sacrificio, una corrida de toros, una ejecución en silla eléctrica o una tragedia real o ficticia. Aquí no se trata de sobrevivir o alimentarse, sino del placer de matar o ver matar como forma de mantener la preponderancia del uno sobre lo otro. Rechazo tal concepción, sea o no catártica. Por ello, mi quinto mandamiento es No matarás salvo para defender tu vida o la de un ser querido y de preferencia puedas probar que lo hiciste por eso.

 


El presente texto se incluirá en un libro de ensayos sobre arte y moral, de próxima aparición.