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Asmara Gay

 

 

―Gabriel… abre… déjame entrar…

―¡Otra vez tú! Ya te dije que no quiero hablar contigo ni saber nada de ti.

―Sabes que me necesitas. Y yo te necesito. No seas necio. Quiero estar contigo un rato.

―¿Para qué?, no tiene caso. De nada me sirve estar contigo.

―Si no me abres… ¡Voy a morir!

―¡¿Morir?! Desde que te conozco has sobrevivido a todo, hasta a la televisión. ¿Para qué me necesitas? Soy un fracasado. Creo que has desperdiciado tu tiempo conmigo. Vete con otro… o con otra. Como tú quieras.

―No me quiero ir con nadie. ¡Abre, por favor…!

―Entonces soy yo quien ha desperdiciado el tiempo contigo; pero no volverá a suceder. Ya no te dejaré pasar.

―Sólo tienes miedo, dices esas cosas porque estás deprimido. Pero si me dejas entrar puedo alegrarte la tarde.

―Alegrarme la tarde… He dependido tanto de ti que ya no puedo alegrarme contigo. Me pongo ansioso, ¿no te das cuenta? Quiero hacer mil cosas; empiezo tantas y nunca termino nada.

―¡No me dejes! ¿Qué voy a hacer sin ti?

―Seguirás coqueteando con otros tontos como yo, que dan todo por ti y al final se encuentran solos.

Ella guardó silencio. Los ojos de Gabriel siguieron sobre el televisor, se estaba adormeciendo.

Aquella tarde su imaginación no entró. Sin embargo, siguió cerca porque sabía que ese día o algún otro, cuando menos lo esperara, frente al espejo o mientras miraba a su mujer desnuda, Gabriel cambiaría de opinión.