Juan Antonio Rosado

A raíz del intenso resurgimiento del neorrealismo en México, han levantado sus voces algunos «críticos» que condenan el empleo del habla coloquial en la novela y el cuento. Sabemos que la reproducción de la oralidad es, como bien lo advirtió Mijaíl Bajtín en su obra Teoría y estética de la novela, una estilización, un artificio. Resulta imposible plasmar la oralidad tal cual por escrito. Sin embargo, ¿qué no es artificio en el arte? El arte es de hecho artificio, representación, selección y combinación de elementos significativos con objeto de generar verosimilitud e intensidad, sin contar los múltiples propósitos del artista. A la literatura no le interesa la verdad como tal, sino la verosimilitud y, en particular, convencer al lector de un universo ficticio, por más sustentos o bases reales o históricas que pueda poseer. El discurso literario, entonces, tiene el derecho de reproducir el habla coloquial y los diferentes registros lingüísticos de las sociedades urbanas y rurales, desde los cultos y semicultos hasta los populares en diversos niveles. En un buen texto literario no sólo debe haber sugestión visual (que los personajes, escenarios y atmósferas encarnen e impacten los sentidos del lector), sino también sugestión auditiva, que no únicamente se logra por el ritmo y el tono.

Quienes critican la inclusión de distintos registros suelen apelar a Juan Rulfo e insisten en que los que llevan a cabo esta ingente y peligrosa tarea son sólo imitadores del jalisciense, como si Rulfo hubiera sido el primero en incorporar la oralidad en el discurso artístico. Lo hizo Cervantes en el Quijote, donde hay decenas de registros, y todos sabemos que no «habla» igual Sancho que Don Quijote, ni que el Bachiller, el cura o la sobrina. Antes lo había hecho Petronio en su Satiricón (siglo II), donde hay un pasaje en latín vulgar que contrasta con el estilo y registro del resto de la obra. En el teatro de la antigua India cada personaje tenía su modo de hablar e incluso intervenían varias lenguas (ya no digamos dialectos) en una misma obra. Más recientemente, Víctor Hugo incorporó el caló, el habla del hampa y de los barrios bajos de París en Les miserables (tal vez esos críticos a los que me refiero ni han leído esta obra en francés); Benito Pérez Galdós utiliza el habla de los bajos fondos de Madrid y el habla rural (pienso, por ejemplo, en Nazarín); Bernard Shaw reproduce el cockney del East-End de Londres cuando hace hablar a la florista en su Pygmalion. En Los de abajo, de Azuela, cada personaje tiene su modo de hablar, y ese es uno de sus rasgos distintivos, pues la voz narrativa se halla distanciada, como una cámara de cine. Pero además del estrato fónico, la polifonía se refiere también, por supuesto, a las distintas visiones del mundo, percepciones de la realidad. Un dialecto o un modo coloquial implica siempre un cierto nivel cultural, una manera de encarar y valorar las cosas que no puede ser la misma en todos los personajes.

Los ejemplos pueden multiplicarse (James Joyce, Virginia Woolf, J. D. Salinger, Henry Miller…) hasta llegar a El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata, obra magistral. La menciono porque muchos malos narradores sólo caricaturizan involuntariamente a sus personajes al intentar otorgarles un registro adecuado. Sería mejor que ni lo intentaran y pusieran a los personajes, con sus tres grandes dimensiones (fisiológica, sociológica y sicológica) como pertenecientes a una misma clase cultural. Las reflexiones anteriores provienen de un rato de ocio, cuando en internet me topé con el juicio de algunos pontífices que se niegan a reconocer que en los diálogos sería monótono, tedioso, plano o inverosímil si todos los personajes (incluso los niños) hablaran igual, ya sea al autor o a la voz narrativa. La polifonía debe ser uno de los muchos rasgos de la narrativa neorrealista, sin importar el tema, sea el narcotráfico, la corrupción, el ámbito político o la agitada vida urbana. El arte no es la realidad, por más que la enriquezca y se fundamente en ésta, pero por ello mismo debe respetarla con buenos artificios si se pretende realista.