Eduardo B. Rosado, Ícaro (2016). Acuarela, 72.5 X 54 cm

Juan Antonio Rosado Z.

 

A lo largo de los siglos, y salvo contadísimas excepciones, la literatura ha sido denuncia. Los que escriben lo hacen para exponer ideas y las ideas no se llevan con la injusticia, la opresión ni la explotación.

Juan Miguel de Mora, México, país del miedo.

En 1981, después de ser rechazado por tres editoriales, Anaya Editores se atrevió a publicar México, país del miedo, una de las obras más valientes del periodista e indólogo Juan Miguel de Mora en una época en que por menos se arriesgaba la vida. Esta breve obra es un análisis de los miedos del mexicano: un estudio de sicología social en un lenguaje fluido, ameno y periodístico. El autor afirma que uno de los miedos más típicos del mexicano es el miedo a decir «no» (un simple monosílabo). De este miedo se percatan todos, incluso los extranjeros que visitan el país. Dicho miedo, como es de esperarse, ha traído y sigue trayendo consecuencias nefastas, puesto que el «sí» o el «al rato» que se emiten en lugar del «no» en realidad significan «no» o «nunca». También persiste el miedo a quienes hablan en tono alto, con seguridad, aun cuando lo hagan amablemente: «El simple tono alto suena en los oídos humildes casi como un insulto». El temor al simple nivel de voz es uno de los miedos «pintorescos» que analiza el autor. Y si en general el tono alto corresponde a los amos y el bajo a los criados, debe considerarse que este país ya no es el mundo azteca ni español: «Somos un país mestizo —orgullosamente mestizo— que ha recibido ya muchas inyecciones de sangre nueva venida de otras tierras y el resultado de eso es que son ya muchos mexicanos que hablan en tono alto, sin gritar».

Un miedo peculiar, por cierto, es el miedo a los extranjeros porque en 1521 conquistaron el país, o porque en 1847 se robaron más de la mitad del territorio. Eso, afirma el autor, carece de sentido común: «Es tan absurdo como si los ingleses odiaran a los suecos porque en el siglo X les asesinaban y robaban los vikingos. La madurez mental y emocional pone de relieve lo absurdo, lo sin fundamento de reacciones tales». Por consiguiente, tras la xenofobia se esconde el miedo de que el extranjero sea mejor que los nativos. Es verdad que no se trata de un miedo exclusivo del mexicano, pero sí, por lo menos, sus causas históricas.

Tal vez las aportaciones más interesantes del libro de Juan Miguel son las que se refieren a los miedos asociados a la autoridad política, a las instituciones y, sobre todo, ese temor vinculado a la corrupción: el individuo se corrompe por miedo, y hay apoyo de las mismas autoridades a las arbitrariedades que suelen cometerse desde el poder, por más pequeño que sea. Pero unos miedos muy particulares son los que surgen «con, de, en, por, sin, sobre, tras la burocracia»: «Trámites absurdos, exigencias sin lógica ni justificación, arbitrariedades nacidas del puro deseo de ejercer autoridad y muchas otras cosas más son soportadas pacientemente por millares y millares de mexicanos ante el temor de que si protestan «les va peor»». Por desgracia, este país ha padecido de «burocratitis» desde los primeros gobiernos posrevolucionarios. Hay un acuerdo tácito: cuando sube al poder un grupo distinto seis años después, su gente aspira a vivir del presupuesto público. A esto se agrega la inmovilidad de los empleados públicos, protegidos por sindicatos. Cada influyente crea entonces nuevas plazas para que gente nueva pueda vivir de ellas incluso sin trabajar. Dichas plazas daban y siguen dando sueldo a millares de empleados, «algunos de los cuales hasta trabajan»; también se crean «nuevos organismos, nuevas secretarías de estado o innumerables comisiones (de ríos, de costas, de regiones, de etc., etc.) que aumentan la ya floreciente burocracia mexicana con centenares o miles de nuevos elementos». Y así se duplican o triplican los mismos fideicomisos, fondos, comisiones, consejos, organismos descentralizados… con nombres distintos, pero con las mismas funciones. De una función que en otro país se ejerce en una sencilla oficina con un escritorio, aquí se crea ¡una secretaría entera! «Con todas esas cosas podría pensarse que la Revolución Mexicana tiene el secreto designio de solucionar los problemas de México convirtiendo a todos los mexicanos en empleados del Estado». Afirma De Mora que en cualquier país puede vivirse sin un organismo «kafkiano» como el Registro Federal de Automóviles, pero aquí dicho organismo sólo molesta, dificulta la vida de la gente honrada y trabajadora que se obliga a perder su tiempo y a sufrir las vejaciones y la altanería de muchos burócratas que «trabajan» allí. Este organismo surgió porque el gobierno mexicano partió del supuesto de que sus funcionarios y empleados

no son de fiar, ¡curioso supuesto! Y como quienes lo suponen son o secretarios de Estado o presidentes de la República diremos que no es mal sastre el que conoce el paño y que cada quien por su pecho juzga el ajeno. Pues bien, de tan insólito punto de vista como es no confiar en nadie de los que el mismo gobierno nombra, se deriva una serie de situaciones que, de no causar tanto daño a nuestra economía y tantos problemas a nuestro desarrollo, serían como para utilizarlas en una serie de películas cinematográficas en las cuales se reviviese algo similar a lo que fueron en su tiempo Laurel y Hardy, más conocidos por «el gordo y el flaco».

Este humor involuntario de las instituciones gubernamentales posrevolucionarias otorga al país un tono general de caricatura. La población tiene entonces que enfrentarse con una burocracia creciente y devoradora, que necesita e incluso exige gratificaciones, regalos, propinas (lo que en México se llama «mordida»), y además ejerce una autoridad que, en la mayoría de los casos, no le corresponde. Tal vez hoy las cosas hayan cambiado en algunos aspectos, pero sin duda México, país del miedo sigue siendo actual en muchos otros, y en los que no, por lo menos se trata de una obra histórica, llena de anécdotas chuscas llenas de corruptela, truculencia, autoritarismo, barbarie y mezquindad: una serie de testimonios tragicómicos para conocer el pasado.

El autor analiza luego, someramente, el miedo a la competencia, así como un miedo muy curioso del que muchos nos hemos percatado. En México ocurre al revés del resto de las naciones: no es el comerciante o vendedor el que tiene miedo de perder a su cliente, sino el cliente el que le tiene miedo al comerciante, pese a que paga. Por ello, los vendedores y comerciantes en general, y también sus empleados, suelen ser abusivos. Por supuesto, el mexicano tiene miedo de defenderse. La misma inseguridad e inmadurez genera fanfarronería, de ahí —en gran parte— el estereotipo del macho violento y voluntarioso.

Un capítulo interesante es el que se refiere a las parodias de intelectuales: esos escritores incapaces de estructurar un verdadero libro, que se limitan a criticar el trabajo ajeno o a elaborar antologías (libros hechos con el trabajo de otros), o que reúnen volúmenes con artículos o textos menores. A este tipo de autores, Juan Miguel los llama «parodias de intelectuales» porque no hay en ellos obra sólida, sino sólo «exhibicionismo, conferencias intrascendentes, recopilaciones de trabajos». Pero lo peor no es eso, sino que muchos de ellos son aduladores del sistema y aspiran a obtener prebendas, aunque jamás atacando al gobierno (sólo cuando está en sus últimos meses). Para De Mora, el verdadero intelectual debe ser un crítico del régimen y no un simple estilista o purista inútil para el país y para la sociedad: «Las naciones y las democracias las hacen los hombres con conciencia y con criterio, no aquellos que sólo buscan la frase bella que agrade al príncipe porque el príncipe les paga». En esta idea coincide, por ejemplo, con Mariano Azuela y con una buena cantidad de intelectuales de izquierda o vinculados al existencialismo, desde los escritores de contenido social de los años 30 hasta los intelectuales del 68, pasando por José Revueltas y un largo etcétera. De Mora estaba muy alejado de esas parodias de intelectuales, a los que yo he llamado en otro lugar «escritores cortesanos» o autores, en general, de «novelas enlatadas», cuando no de pseudoarte. En una ocasión conocí a uno que presumía de tener más de 30 libros. Luego me puse a averiguar y de esos 30, por lo menos 26 eran antologías (recopilaciones o compilaciones, como quiera llamárseles), es decir, obras que no son sino el producto de trabajos ajenos. Sólo pude exclamar: ¡qué patético!

Otro miedo que analiza De Mora es el de los mismos gobernantes. Para mí, es extraordinario, por ejemplo, el retrato sicológico que hace del expresidente Gustavo Díaz Ordaz, así como la crónica bufonesca en la que nada menos que el expresidente Luis Echeverría Álvarez —uno de los más represivos y autoritarios, junto con Díaz Ordaz— le tiene miedo a la enorme popularidad del cómico Luis Manuel Pelayo, conductor de un programa de concursos que se presentaba en la televisión mexicana a inicios de los años 70, y que yo llegué a ver: ¡Sube, Pelayo, sube! Así se llamaba. Pelayo era un actor carismático que nunca le hizo daño a nadie ni se metió en política… Pues Echeverría, envidioso de su popularidad, y después de que le gritaran ¡¡Sube, Pelayo, sube!! un par de veces, se enojó tanto que hizo que el programa se retirara del aire. Tengo entendido que Pelayo deambuló 12 años como desempleado. Lo anterior resulta tragicómico: el rey le tuvo miedo a un cómico. En efecto: fue tanto el temor de Echeverría contra un hombre que jamás hizo una sola alusión al gobierno, que logró que ese inocente programa fuera retirado. Sin deberla ni temerla, como decimos coloquialmente, Pelayo se quedó sin trabajo. A ese nivel de patología, inseguridad e inmadurez llegaban los gobernantes del PRI. Y si Pelayo fue una víctima inocente, no así los escritores y, en particular, los periodistas. Por ello el autor de México, país del miedo también toca el pánico del gobierno a que se digan cosas que no le conviene, y el pánico, por consiguiente, a la libertad de prensa.

De Mora se refiere a un solo miedo positivo: el miedo a la oscuridad. Es loable tenerlo para salir de las tinieblas, pero en especial para combatir lo tenebroso, para enfrentarlo por todos los medios posibles. El hecho de dominar este miedo no significa dejarlo de sentir: lo sentimos ahora más que nunca desde 2006, desde la absurda guerra contra el narcotráfico que estableció el expresidente Felipe Calderón, y que ninguna autoridad hasta hoy ha sido capaz de apaciguar. De hecho, gran parte de la humanidad sigue sumergida en las tinieblas, y en otros lados se trabaja de manera incesante para opacar la luz, para acabar con ella. Se trata de la oscuridad que quieren los neonazis y neofascistas del mundo entero, los terroristas y «fundamentalistas» que ponen bombas y amedrentan a la población, los fanáticos que desean imponer sus ideas o su verdad (como si la verdad existiera), los racistas, clasistas e intolerantes de toda clase. De Mora, excombatiente en las Brigadas Internacionales contra el fascismo en la Guerra Civil española, no contempla a quienes se rebelan para acabar con las injusticias, a quienes ejercen la llamada contraviolencia, como los movimientos guerrilleros: «Considerar oscuridad las luchas legítimas, abiertas (aquellas en las que los pueblos combaten de frente contra sus verdugos y no asesinando inocentes mediante actos terroristas) sería apoyar la tiniebla en el poder, la oscuridad con mando y gobierno que es la peor de todas las oscuridades y, por desgracia, no la menor en nuestro tiempo».

Juzgo que este libro, muy mal editado, con gran cantidad de erratas que achaco a los editores, sigue siendo, no obstante, muy actual, aun cuando las cosas hayan cambiado, a veces para bien, en la sociedad y en la política, porque los pueblos, las culturas no son esencias o entidades inamovibles, sino que participan del movimiento, del devenir, de la dialéctica histórica. El mensaje de México, país del miedo —obra que debería reeditarse, junto con otras del mismo autor— es contundente: sólo se llega a la cima de la condición humana sin miedo. He ahí la conclusión.

 


Este texto es parte de un libro que estoy preparando, y que llevará por título Juan Miguel de mora, un polígrafo mexicano.