Gabriela Ordaz

El surgimiento de los dispositivos digitales ha afectado los vínculos sociales. La convivencia con los amigos, la pareja y los familiares está cambiando sin que reparemos en las causas. En restaurantes y cafeterías, hay hombres, mujeres y adolescentes que comen y beben solos. Es una multitud de personajes hipnotizados que, de vez en cuando, encarnan a un padre, a un amigo, a una novia.

Ante una mesa de Starbucks, están sentados una mujer y dos niños. La niña de ocho y el niño de diez años toman una bebida dulce y achocolatada; la madre bebe de un vaso de la marca. Una luz ilumina tenue los tres pares de ojos rígidos; los iris y las pupilas no se vinculan con el entorno, pues sus portadores solo miran la pantalla de un celular. Por breves momentos, uno de ellos le comenta algo a su compañero de mesa, pero este apenas si lo ve para responderle con una sonrisa. A los pocos segundos, algo sucede entre los pequeños; uno le dice al otro, un poco enojado y con la cabeza como un robot, mientras mira el dispositivo: «¡Déjame en paz!» La madre ríe con su amiga la pantalla, oye la pequeña pelea de sus hijos, gira la cabeza sin quitar la mirada de su celular y dice: «¡Basta o nos vamos!» La diversión se ve amenazada por un instante. Todos callan y continúan en su placentero hipnotismo.

La forma de convivir se transforma. La presencia del otro nos causa angustia y aburrimiento, y la tecnología nos brinda la fuerza para soportarla. El costo: la intermitente soledad.

Desde hace algunas décadas, la vida digital se ha revolucionado; en consecuencia, el mundo gira con una lógica diferente a la de los años noventa. La tecnología está presente en la vida diaria de todos nosotros; por ejemplo, en las empresas, hace la comunicación más eficiente y resuelve problemas; el sistema educativo ha progresado gracias a la innovación de los cursos digitales. Sin embargo, este cambio social, que nos ha comunicado con personas de otros continentes, genera situaciones adversas al progreso de la humanidad.

El siglo XXI recorre un camino muy sinuoso; por un lado, va a galope hacia el desarrollo y se desvincula de las formas sociales clásicas de los siglos anteriores; por el otro, se tropieza con huecos de desigualdades que moldean las interacciones sociales.

Desde los albores del nuevo milenio, el humano ha acelerado su paso, quiere llegar lo antes posible a sus metas, cumplir rápido sus objetivos, generar economías con planes sociales poco efectivos para erradicar la pobreza. El ritmo de nuestra vida afecta el proceso de desarrollo de los niños y provoca una incontrolable ansiedad a los adultos, la cual les impide ser conscientes de la calidad de sus propios lazos sociales.

Es verdad: vivimos acompañados de esa ansiedad; la hemos hecho parte de nuestra existencia. Durante una plática, los oyentes se desesperan ante la narración de una historia de sus interlocutores; no soportan las descripciones largas, ni el punto de vista o las opiniones del otro. A los transeúntes no les interesa contemplar el espacio rural ni urbano; mirar la fusión entre naturaleza y urbanidad les desespera; apreciar el paisaje en el que crecieron, como la unión entre el cielo y los rascacielos, les es indiferente: la pantalla digital ha suplido cualquier inquietud que el hombre tenía por apreciar su entorno. La soledad es incierta y se solidifica en los huesos. El otro nos genera aburrimiento que, antes de la era digital, motivó la creación humana. Ahora, construimos nuestros vínculos a través del universo digital, tratando de llenar nuestros más profundos vacíos.

Desdibujamos los límites de la realidad al preferir tener contacto con el otro a través de una pantalla. El universo virtual altera los colores de nuestra percepción e idealiza las formas de nuestros rostros. Nos hace ciegos, y ciegos miramos al otro, como la mujer con un dispositivo entre las manos, que mueve el pulgar en curva sobre la brillante pantalla cuando su acompañante, con voz firme, le hace una pregunta. Ella sin mirarlo le responde y continúa invadida por el goce producido por la imaginaria realidad.