Virginia Woolf

Abraham Miguel Domínguez

Las olas (1931), de Virginia Woolf, es un texto complejo. El sentido poético de su lenguaje, su composición estructural, la omisión de una trama de peripecia (a la que tan acostumbrados estaban los ingleses) y, sobre todo, la dificultad para transitar en él son factores que nos hacen preguntarnos si lo que tenemos enfrente es, en realidad, una novela.

Desde el inicio de su producción literaria, Virginia Woolf se mostró reacia a seguir la tradición clásica de la novela inglesa. Incluso sus primeros pasos en el género, como Fin de viaje y Noche y día, por muy convencionales que pretendieron ser, mostraban que la escritora tenía preocupaciones formales que la llevaron a experimentar de forma tímida en sus técnicas. Aunque intentan ser estructuradas como narraciones lineales, estas dos novelas muestran que Woolf se esfuerza por introducir recursos que ya veremos desarrollados en sus trabajos posteriores: el énfasis psicológico a través del indirecto libre y el regodeo en la nimiedad, entre otros. A nivel temático, las preocupaciones son constantes: la memoria involuntaria, la vida, la muerte y el posible sinsentido de la existencia.

Cuando publicó su tercera novela, El cuarto de Jacob, después de haberse dado cuenta de que para ella era imposible moverse con seguridad en la narración clásica y lineal, Woolf presenta una novela fragmentada que recorre toda la vida del personaje principal a través de jirones, esbozos, casi destellos de realidad. Es una novela intuitiva: se dice más por lo que se calla que por lo que se menciona. Por razones de historia, nos enfrentamos a las temáticas de siempre: el encuentro, la pérdida del amor y de la vida. En La señora Dalloway, su siguiente obra, la protagonista atraviesa todo un día en que debe luchar contra su propia memoria involuntaria, la cual se detona por detalles del exterior; todo para descubrir que, aunque aparenta estar bien, en el fondo no es así. Clarissa se enfrenta a un descubrimiento brutal: su propia conciencia le arroja continuamente la idea de que su vida en apariencia no tiene sentido, además de que la amenaza de la muerte, ese personaje constante en toda la obra de Woolf, la rodea como una especie de serpiente.

La siguiente novela, Al Faro, está desarticulizada de la forma convencional. Narra la historia de la familia Ramsay por medio de retrospecciones y largos y difíciles monólogos indirectos libres que se funden con un simple paseo en bote hacia un faro. La anécdota es lo que menos importa. El tiempo es el verdadero personaje, el que realiza las acciones y maneja a los personajes a su antojo. En el segundo capítulo, titulado «Pasa el tiempo», Woolf detiene absolutamente la narración y nos cuenta la implacable acción del tiempo sobre la casa de la familia. La anécdota pasa a segundo plano y el texto se vuelve un ejercicio poético del lenguaje, en que, lejos de seguir una historia, la literatura camina gracias al poder de la imagen, de la metáfora y del concepto ofrecido por ella. En su diario, la autora reconocía que el asunto de una trama era lo que menos le importaba:

En esta novela no quise decir absolutamente nada con el faro. Una necesita una línea que recorra el libro de un extremo a otro para que el proyecto se sostenga. Me di cuenta de que brotaría de él toda suerte de sentimientos, pero me negué a pensar en ellos, y confié en que los lectores lo convertirían en el receptor de sus propias emociones y eso es lo que han hecho…[1]

Entonces se trata de historias que sacrifican el artificio de contar peripecias y se enfocan en la «verdadera novela»: la interna, la que todos llevamos dentro. No es gratuito que su siguiente trabajo, Las olas, represente el espacio artístico donde pudo darle rienda suelta a sus verdadera visión estética y ofrecerle al lector, más que una historia lineal, un espacio poético para que articulara aspectos de su propia existencia.

Cuando se propuso escribir Las olas, Woolf tenía en mente que fuera la obra más radical de su producción. Quería mezclar el artificio de La señora Dalloway con Al faro. Por medio de seis monólogos interiores, la novela (porque sí narra una historia) cuenta las vidas de seis personajes desde que son niños hasta que llegan a la edad adulta. Ese simple pretexto narrativo le da la posibilidad a Virginia Woolf de recurrir al multiperspectivismo de sus personajes: leemos sus impresiones de lo que ven, de lo que viven. Sus conciencias son los verdaderos personajes de esa historia. Bernard, Louis, Neville, Susan, Jinny y Rhoda se conocen desde la infancia y, a partir de su interior, relatan sus puntos de vista. Es Las olas la narración de una realidad percibida a través de seis filtros diferentes.

Por otro lado, los sucesos que se narran tratan de momentos fundamentales: los nacimientos de sus obsesiones, de sus deseos e inseguridades, su contacto con la naturaleza y la preocupación por el amor y el futuro. Estas seis voces coinciden en que el tiempo sigue siendo el gran protagonista de sus vidas, el que los hace crecer, ser felices, pero también sufrir.

Sin embargo, lo que llama la atención de Las olas es el nivel poético de las muchas perspectivas. Las conciencias de la novela narran desde un punto de vista metafórico, intelectual, totalmente ajeno a un flujo de conciencia desordenado que, quizás, podría ser considerado como más real. Lo que le interesa a Virginia es la belleza de la multiperspectiva en cuanto al gran personaje principal: el tiempo. Al tener esto en cuenta, cuando un lector entra en el libro, se ve apabullado por la cantidad de imágenes poéticas presentadas desde las conciencias infantiles que hablan en un inicio, hasta las maduras y decepcionadas del final. Y aunque sí suceden acontecimientos reales sumamente importantes que modifican de manera brutal las conciencias de quienes observan (como la muerte de Percival), la anécdota en Las olas es casi un segundo término. Importa más la imagen poética detonada y el concepto que arroja la multiperspectiva,  lo cual nos lleva a decidir una forma de lectura: se puede leer como un poema.

Mucho se ha dicho en cuanto a que esos seis monólogos interiores son desdoblamientos de la propia Virginia Woolf, quien da su visión de los aspectos del mundo. Con este argumento, Las olas podría leerse ignorando la importancia de que cada personaje tenga una visión particular y sería mejor considerar la obra como un conjunto de fragmentos poéticos que tratan de construir una misma realidad. Sería decir, entonces, que Las olas, más que una novela, es un largo, bello y doloroso poema narrativo.

El texto es un parteaguas en la concepción de novela. Más que narración, sería metáfora; más que acción, impresión. No se lee precisamente una anécdota, se lee el sentimiento de una figura poética. Es una novela experimental propia del modernismo, pero es también un poema narrativo que busca funcionar como poesía, no como prosa.

Teniendo en cuenta lo anterior, se debe recordar que las emociones representadas a lo largo de Las olas se encuentran llenas de melancolía. Estas voces se hallan con el asombro de las primeras veces, con el amor, la pasión, la pérdida y la muerte. Cuando finalizamos la lectura, hemos sido testigos de las impresiones fragmentadas de la vitalidad de la juventud, de la expectativa de la adultez y del desencanto que conlleva vivir. Por lo tanto, no debe ser descabellado afirmar que Las olas es un poema narrativo de características elegiacas.

Si una elegía es una composición lírica en que la voz se lamenta por la muerte de una persona o cualquier otro acontecimiento infortunado, Las olas se presenta como un artificio que recrea la misma intención poética. Sostiene Jesús Rubio que Woolf hace elegía de sí misma a través de seis voces diferentes[2]. Por medio de Bernard, Louis, Neville, Susan, Jinny y Rhoda conocemos los diferentes puntos de vista de una Virginia en cuanto a la existencia y al paso del tiempo. Pero más que una narración polifónica, podemos considerarla como un poema elegiaco en prosa. Estas voces se lamentan por una pérdida constante y por la incertidumbre. Son pura melancolía.

Cada capítulo anuncia, como especie de reloj, diferentes momentos de un día que metaforizan el transcurso de la vida. En el primer capítulo, el sol aún no sale. La imagen nos anuncia que la infancia será la anécdota que llevará el curso de las imágenes en las siguientes páginas. De pronto, nos encontramos con las primeras impresiones de los seis personajes. Naturaleza, animales y sonidos se muestran sorprendentes, llenos de asombro. En los capítulos siguientes, las impresiones surgen llenas de vitalidad, sinónimo de la juventud recién adquirida. Algunas conciencias, como las de Bernard y Neville, ya muestran sus preocupaciones por el lenguaje y por si existirá la posibilidad de articular todo aquello que ven:

Cada tiempo verbal —dijo Neville— posee un significado diferente. Hay un orden en el mundo, hay distinciones, hay diferencia en el mundo, en cuyo umbral estoy. Porque esto es sólo el comienzo.[3]

La conciencia de Rhoda muestra duda ante lo que ve y se siente ajena a todo:

—Miss Hudson —dijo Rhoda— ha cerrado el libro. Comienza el terror. Escribe números con la tiza, seis, siete, ocho, luego una cruz y una línea en la pizarra. ¿Cuál es la respuesta? Los demás miran, miran y comprenden. Louis escribe, Susan escribe, Neville escribe, Jinny escribe, incluso Bernard ha empezado a escribir. Pero yo no sé escribir. Veo únicamente cifras. Los demás entregan ya las respuestas de uno en uno. Es mi turno. Pero no tengo respuestas […] Me han dejado sola para que halle la respuesta. Las cifras no significan nada. El significado se ha ido. El reloj hace tictac.[4]

La autora habla a través de estas conciencias y anuncia que la vida es una imposibilidad, y que la única manera de sobrevivir es por medio de un artificio, estableciendo una narrativa (o mirada poética) como consuelo para atravesar el día a día. Si Bernard y Neville en sus monólogos se preocupan por el lenguaje, Rhoda siempre muestra su carácter disminuido, sus dudas. Es probable que la escritora expresara en ella las veces en que la vida amenazaba con dejarla sin palabras. Y en el mundo de Woolf no tener palabras significa no poder articular la realidad. Se necesita lenguaje, arte, para atravesar la existencia y permanecer en ella. Las olas nos dice que la vida misma es una cadena de impresiones y de eventos al azar que, para tener orden, necesitan del arte, de la literatura. Relevante es que Bernard pase su vida tomando nota de todo lo que acontece para que, al fin, un día pueda ordenarlo en la página.

El sentido elegiaco de Las olas toma fuerza cuando las conciencias se enfrentan a un hecho devastador: la muerte de Percival, ese personaje que nunca aparece, sólo es referenciado. La experiencia hasta ese entonces no les permite comprender lo que ha sucedido y sus existencias sufren un cisma. A partir de este punto, sus vidas toman un sentido distinto. El sentido filosófico de sus discursos y la lamentación por la pérdida inunda las páginas de la novela. ¿Por qué ese muchacho tan perfecto ha muerto de una manera tan patética? La muerte, al igual que el tiempo, son los choques de fuerza que cimbran a las perspectivas poéticas:

—Tal es la inexplicable combinación —dijo Bernard—, tal la complejidad de las cosas que, a medida que bajo por la escalera, no sé qué es el dolor, qué es la alegría. Ha nacido mi hijo; Percival ha muerto. Me sostienen columnas, fuertes, emociones me apuntalan, pero ¿cuál es de dolor?, ¿cuál es de alegría? Pregunto, pero no sé, sólo sé que necesito silencio y estar solo y salir y una hora para considerar lo que le ha ocurrido a mi mundo, lo que la muerte le ha hecho a mi mundo.[5]

No es, por supuesto, el único momento en que la muerte de Percival riega sus raíces. El resto de la novela carga con esa lamentación elegiaca: la muerte es un personaje que puede surgir de la nada, de forma sorpresiva. Con esa amenaza latente, las conciencias de Las olas se llenan de melancolía. Sus vidas no volverán a ser iguales. Van cargando en sus hombros esa pérdida lamentable. Tratan de vivir, de cifrar lo que les ocurre, pero siempre con la sombra de que existe un destino inevitable.

La muerte jamás deja de estar presente. Es la fuerza contraria que debe ser vencida, pero es, paradójicamente, la que le puede dar sentido a la vida. En Las horas de Michael Cunningham, esa novela homenaje a la mítica Woolf, Leonard le pregunta a Virginia por qué alguien debe morir en la novela que escribe, a lo que ella responde: «Alguien debe morir para que los demás valoren la vida. Es contraste».[6] Las palabras interpretadas por Cunningham resumen muy bien parte de la mirada poética de Woolf. El hecho de que Percival muera en Las olas obliga a Bernard, Louis, Neville, Susan, Jinny y Rhoda a reflexionar sobre sí mismos. Es un choque de fuerzas que borra la vida, pero que también la da. Es un impulso.

Hacia el final de este viaje elegiaco, estas conciencias woolfianas, cargadas de emotividad, saben que desaparecer es inevitable. Después de todas las batallas ganadas y perdidas a lo largo de años, poco a poco los personajes se callan y sólo queda Bernard, quizás la voz más personal de Virginia. Su melancolía toma la novela y nos cuenta su angustia ante el tiempo que se le agota. De nuevo, la muerte se alza en el horizonte y se convierte en el enemigo al que debe vencerse. Pero aquí la ventaja es que Bernard ha vivido, por lo que el final parece lo más apropiado:

También en mí se alza la ola. Crece, arquea la espalda. Soy consciente una vez más  de un nuevo deseo, de algo que crece en mi interior, algo indeciso; me siento como el orgulloso caballo al que primero espolea y luego frena su jinete. ¿Qué enemigo avanza contra nosotros, caballo, mientras corremos por la acera? Es la muerte. La muerte es el enemigo. Lanza en ristre, cabalgo contra la muerte, cabalgo con el cabello al aire, como un joven, como Percival cuando galopaba en la India. Pico espuelas. ¡Invencible y decidido, cargo contra ti, muerte!

Y las olas rompían contra la costa.[7]

Las olas busca contar lo complejo de la realidad. Por ello tantas perspectivas y tanta poesía. ¿Qué es la vida, entonces?, nos preguntamos cuando el texto termina. La respuesta que da la autora es que se trata de una ficción. Esa realidad de su novela siempre dependió de las conciencias de los personajes. Cada uno daba su versión de los hechos, que eran definidos por lo que decían pero también por lo que los demás pensaban. Dice Woolf, como buena modernista, que la verdad no existe, únicamente impresiones, jirones, pedazos fragmentados que juntos pretenden tener sentido, pero es probable que no lo tengan. La única posibilidad ante ese rompecabezas es poetizarlo.

Las olas es un poema elegiaco porque en él nos encaramos con los aspectos más tristes de la realidad. En estas páginas encontramos el amor, la pasión, pero todo eso se esfuma gracias a la pérdida, a las ilusiones rotas, a la soledad, a los sueños extraviados y, sobre todo, a un lenguaje que busca incesantemente articular un mundo sorpresivo y complejo donde la única constante es la fugacidad. Las palabras luchan por contener una memoria, por guardarla, para que tampoco muera como muere la vida.

¿Las olas es una novela? Sí lo es, cuenta una historia: la historia de la vida humana, ese relato extraño que busca renovarse a sí mismo una y otra vez para sobrevivir. ¿Es un poema? Toda gran novela lo es. Sólo que aquí no buscamos anécdota, buscamos asombro y emoción por las imágenes que el lenguaje puede construir a partir de una realidad. Al igual que las olas del mar que incesantes llegan a la orilla, los pensamientos, las metáforas y las intenciones poéticas del lenguaje luchan sin cansancio para abarcarlo todo. «El tema propio de la novela no existe: todo constituye el tema propio de la novela»[8], dijo alguna vez Woolf. Con este texto tan bello, tan abarcador pero a la vez tan triste, lo confirma.

 

[1] Jesús Rubio, Mujeres en la historia: Virginia Woolf, Madrid, Perymat Libros, 2005, p. 107.

[2] Ibídem, p. 128.

[3] V. Woolf, Las olas, Madrid, Pocket Edhasa, 2016, p. 21.

[4] Ibídem, p. 21.

[5] Ibídem, p. 162.

[6] M. Cunningham, Las horas, Colombia, Editorial Norma, 2008, p. 200.

[7] V. Woolf, op.cit., p. 314.

[8] V. Woolf, Las olas, México, Premia editora, 1986, p. 9.