Foto: RTVE

En 2002, cuando se cumplían ochenta años del nacimiento y treinta del suicidio del poeta Gabriel Ferrater, Editorial Lumen publicó Las mujeres y los días, traducción de la antología Les dones i els dies (1968) que recoge la obra poética del catalán, a cargo de la también poeta Ma. Àngels Cabré, con un prólogo de Luis Izquierdo. De este libro, analizamos a continuación el poema «El distraído».

Karina Castro González

y Juan Antonio Rosado Zacarías

 

I. El poema

a) Versión original en catalán:

 

«El distret»

 

Segur que avui hi havia núvols,

i no he mirat enlaire. Tot el dia

que veig cares i pedres i les soques dels arbres,

i les portes per on surten les cares i tornen a entrar.

Mirava de prop, no m’aixecava de terra.

Ara se m’ha fet fosc, i no he vist els núvols.

Que demà me’n recordi. L’altre dia

vaig mirar enlaire, i enllà de la barana

d’un terrat, una noia que s’havia

rentat el cap, amb una tovallola

damunt les espatlles, s’anava passant,

una vegada i deu i vint, la pinta pels cabells.

Els braços em van semblar branques d’un arbre molt alt.

Eren les quatre de la tarda, i feia vent.

 

b) Traducción de Ma. Àngels Cabré*

 

«El distraído»

 

Seguro que hoy había nubes

y no he mirado al cielo. Todo el día

que veo caras y piedras y los troncos de los árboles,

y las puertas por donde salen las caras y vuelven a entrar.

Miraba de cerca, no me levantaba del suelo.

Ahora se me ha hecho oscuro, y no he visto las nubes.

Que mañana me acuerde. El otro día

miré hacia lo alto y más allá de la barandilla

de una azotea, una chica que se había

lavado la cabeza, con una toalla

sobre los hombros, se iba pasando,

una vez y diez y veinte, el peine por el pelo.

Los brazos me parecieron ramas de un árbol muy alto.

Eran las cuatro de la tarde, y hacía viento.

 

 

II. Semblanza del poeta

Gabriel Ferrater nació en la ciudad catalana de Reus en 1922. Creció en un ambiente culto. Tras realizar estudios de matemáticas, se decidió por la carrera de Filosofía y Letras. Vivió cuatro años en Burdeos. En general, su formación tiene un claro sello francés. Fue profesor de lingüística y de crítica literaria, y traductor del inglés y del alemán. En 1972, antes de cumplir los cincuenta años, se suicidó, a pesar de que planeaba publicar una gramática catalana.

Cuando estalló la Guerra Civil española, Ferrater contaba con catorce años. Perteneció a la llamada Generación del 50, grupo de escritores nacidos en la década de los 20, cuyas obras intimistas y reflexivas llevaron la indeleble marca de la guerra, con la que cada uno lidió a su manera. Ferrater se opuso al pesimismo y renunció a la postura dramática ante la realidad, combatiéndola mediante el distanciamiento irónico y la reflexión.

En su antología poética Las mujeres y los días (1979), Ferrater expone su experiencia sin acercarse a lo sentimental o a lo trágico, sin adornos, sin culto a la forma. Su poesía es directa, aunque un tanto enigmática, debido tal vez al distanciamiento de sus propias emociones y a las fugas de su personalidad. Lo anterior se aprecia en el poema «El distraído» («El distret»), en el que desde el título se anticipa la condición del yo lírico.

III. «El distraído»

El latín distraho, –traxi, –tractum está formado por el verbo traho, «arrastrar», y por el prefijo dis, «separación», «división» (término negativo). Afirma Aldous Huxley: «¡Cuán significativo es el que, en los idiomas indoeuropeos, como lo señaló Darmsteter, la raíz que significa “dos” indique daño! El prefijo griego dys (como en dispepsia) y el latino dis (como en disgusto) son ambos derivados de “duo”», lo que implica pérdida de la unidad e incluso desdoblamiento. En voz pasiva, distraho significa estar incierto, dudar, dividir, romper, despedazar, disolver, destrozar. En el título del poema es también importante el artículo definido «el», pues indica que no se trata de un distraído, ni de aquel o este, sino de el distraído, personaje relevante con algo que expresar.

La voz poética comienza refiriéndose al «hoy», pero no alude a un tiempo presente o actual, sino al pasado de ese hoy. El momento desde el que habla sigue siendo hoy, pero el lector infiere que se trata del final del día (más adelante se corroborará que es de noche): «Seguro que hoy había nubes, y no he mirado al cielo». Pese a que el primer verso se inicia con la palabra «seguro», no implica seguridad absoluta: el yo lírico no mira hacia arriba, sino que sólo supone que hubo nubes. La nube simboliza, entre otros estados, la metamorfosis, el constante cambio. Su naturaleza es confusa y mal definida. Recordemos también que la expresión popular «estar en las nubes» denota distracción, estar en otro lugar. Las nubes nos alejan de la realidad. ¿Cuál es la realidad de la que quisiera evadirse la voz poética? «Todo el día / que veo caras y piedras y los troncos de los árboles, / y las puertas por donde salen las caras y vuelven a entrar». Estos tres versos expresan gran dinamismo, una sensación de movimiento que se relaciona con las metamorfosis de las nubes. El yo lírico contempla fragmentos de una realidad que no puede percibir como totalidad, ni siquiera como unidad. Se trata de elementos discontinuos, fragmentos de  imágenes de mayor dimensión: no ve árboles completos, sino troncos; no ve rocas o construcciones, sino piedras; no ve casas, sino puertas; no ve cuerpos o gente, sino caras que indican identidades imprecisas, ya que son anónimas.

El yo lírico, observador que permanece inmóvil, estático, contrasta con el dinamismo de lo que mira (las caras que salen y entran todo el día). El desdoblamiento, presente en muchos poemas de Ferrater, convierte a la voz poética en una especie de voyeur. Según Luis Izquierdo en su prólogo a Las mujeres y los días, el autor aspira a verse en los otros, pero sin que ellos se vean en él. Esta postura es clara en «El distraído», donde el personaje meditativo observa pero al parecer no desea ser observado: «Miraba de cerca, no me levantaba del suelo». El yo lírico se encuentra aislado y desea evadirse. En un contexto de posguerra civil, podría estar tirado en el suelo, como vencido y paralizado, intentando escapar de una cruda realidad fragmentada. El anhelo de evasión está simbolizado por el deseo de ver las nubes, pero el personaje no puede hacerlo y permanece inmóvil, mirando de cerca una realidad mutilada.

Guernica-Pablo Picasso-1937

Guernica (1937). Pablo Picasso.

A nuestro juicio, resulta evidente la relación de este poema con el Guernica de Picasso. En ambos se aprecian fragmentos, imágenes inconexas, descorporeizadas, que implican mutilación y destrozo. El yo lírico no conecta lo que percibe: lo sabemos desde el título, que implica división, separación. El distraído no puede asir la experiencia porque ésta ya ocurrió, pero sólo quedan fragmentos.

En el poema, hay tres etapas y un intermedio entre la segunda y la tercera. Cada una corresponde a un tiempo distinto:

  1. El final del hoy, en que el ahora es la noche. No se sabe qué hace el yo lírico, sólo recuerda. Es un yo disperso, ambiguo, desconectado de los referentes reales en tanto unidades ligadas entre sí.
  2. El pasado inmediato. El yo supone que había nubes. Él permanece estático sobre el suelo, mirando una realidad fragmentada en movimiento.

Entre la segunda y tercera etapas, aparece un puente. El distraído retorna un momento al presente para expresar su deseo de ver las nubes mañana: «Que mañana me acuerde».

  1. El pasado impreciso, pero más remoto («El otro día / miré hacia lo alto»). A pesar de que se trata de un tiempo incierto, al evocar a una mujer el yo lírico recuerda la hora y la circunstancia precisas: «Eran las cuatro de la tarde, y hacía viento».
Muchacha peinándose (1919). Karl Schmidt-Rottluff.

Muchacha peinándose (1919). Karl Schmidt-Rottluff.

En la tercera etapa (el pasado más lejano), a diferencia de la primera, el distraído observa una imagen completa: «una chica que se había / lavado la cabeza, con una toalla / sobre los hombros». Es una imagen al mismo tiempo estática y dinámica. El único movimiento ejecutado por la mujer es pasarse obsesivamente el peine por el cabello. Esta imagen es recurrente en la historia de la pintura. Recordemos, por ejemplo, a las muchachas peinándose de Degas, Bellini, Renoir, Tiziano o Picasso, entre otras muchas. Ferrater agrega la toalla sobre los hombros. Gracias al distanciamiento producido por el autor, el lector puede juzgar desde afuera y descubrir que, mientras el yo poético es disperso porque observa sin concentrarse y habla con vaguedad sobre el tiempo («el otro día») y sobre el espacio («más allá»), la chica —en cambio— se concentra en peinarse. Lo anterior contrasta con las imágenes cambiantes del inicio. No obstante, ambos personajes son semejantes, pues la obsesión de ella indica inseguridad e inestabilidad. Él se refugia en la seguridad de la inacción; ella, en su manía de peinarse. La joven es comparada con un árbol; sus brazos, con ramas. Se menciona la presencia de viento, que se conecta con el tiempo transformante; por tanto, se infiere que, si bien los brazos (ramas) son movidos por el viento, ella se mantiene firme peinándose «una vez y diez y veinte» veces con el fin de permanecer.

Los datos sobre el espacio son relevantes, ya que la chica se encuentra no sólo en una terraza, que de por sí es alta, sino más allá, y finalmente se le asocia con un árbol muy alto, lo que contrasta con que el yo lírico se sitúe en el suelo. Desde dicha posición hay dos miradas: de cerca y hacia arriba. Cuando el distraído ve de cerca, mira la realidad mutilada, por lo que mejor prefiere ver hacia arriba. Ese otro día, a diferencia del hoy, sí miró hacia lo alto, pero sin lograr observar las nubes. Sólo se quedó en la imagen de la chica. En el poema, el personaje masculino nunca ve las nubes, pero lo que mira se metamorfosea como ellas, excepto la joven, quien, aun cuando posee movimiento (el peine en el pelo), es más consistente.

Siguiendo la línea de la antología Las mujeres y los días, cuyo título —no está de más recordar— evoca al célebre clásico de Hesíodo (Los trabajos y los días), pero también a la obra de Marcel Proust Los placeres y los días, «El distraído» es un poema sobre el paso del tiempo y el continuo cambio que implica. Un movimiento repetitivo, como la mujer que se peina, de algún modo detiene el proceso del tiempo, pero la fragmentación denota destrucción, separación, obra del tiempo inexorable. En este poema, dos pasados se reúnen en el ahora: el más remoto, definido por la mujer, y el reciente, fragmentado e inconexo. Ambos se vinculan gracias a la memoria del yo poético, quien recuerda lo que no hizo y lo que sí. Ahora se halla en un presente estático, deseando algo para el mañana: recordar.

 

 

IV. Bibliografía

 

Diccionario Vox Latino-español, Español-latino, pról. de Don Vicente García de Diego, Red Editorial Iberoamericana, México, 1990.

Chevalier, Jean y Alain Gheerbrant, Diccionario de símbolos, Editorial Herder, Barcelona, 1991.

Ferrater, Gabriel. Las mujeres y los días, pról. de Luis Izquierdo, trad. Ma. Àngels Cabré, Lumen, Barcelona, 2002.

Huxley, Aldous. La filosofía perenne, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1977.

 

 

* Gabriel Ferrater: Las mujeres y los días, trad. de Ma. Àngels Cabré, Barcelona, Editorial Lumen, 2002, pág. 112.