Carlos López

 

 

 

No es posible acceder a la gramática de

la poesía, al nervio y a la energía del poema

si permanecemos ciegos a la poesía de la gramática.

Roman Jakobson

Éste no es un manual de poesía. Son apuntes para desentrañar cómo se crearon los versos que nos hacen felices, que nos provocan suspiros, regocijo; para acercarse al esfuerzo de los creadores y su alta encomienda. A quienes se rebelan contra el estudio de la preceptiva poética, el contenido de este libro puede revelarles una forma de amar la poesía mediante su conocimiento, de la tradición poética, de sus principios, de sus recursos, que tienen miles de años de existencia.

La poesía surgió con la vida, está presente en todo, es el ímpetu que mueve al mundo. «Vive en el aire, en el rumor de una frase que no esperábamos, en el gesto de quien pasa, en la luz que cambia una calle cualquiera. Lo poético no se separa de la vida, lo roza. Basta un instante, una palabra, una pérdida, un temblor; acontece en lo cotidiano, en lo que apenas se distingue del silencio», según Borges.

Para José Martí, «la poesía es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona los modos de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida», el deseo que genera resistencia, lucha, esperanza. Pero la poesía es también la persistencia de la memoria; está ahí, a la mano, como un recuerdo inmemorial; el poeta, al hacerla poema, la vuelve concreta, material.

El poeta para crear sólo necesita soledad. Sus herramientas desde siempre fueron mentales; su medio de trabajo es el lenguaje; para crear sólo tiene que ver las cosas del mundo, sentirlas.

Según Paul Valéry, «el universo poético no se crea tan poderosa y fácilmente. Existe, pero el poeta está privado de las inmensas ventajas que posee el músico. No tiene ante sí, dispuesto para un disfrute de la belleza, un conjunto de medios hechos expresamente para su arte. Tiene que tomar el lenguaje: la voz pública, esa colección de términos y de reglas tradicionales e irracionales, caprichosamente creadas, transformadas, codificadas, y muy diversamente entendidas y pronunciadas. Aquí, ni físico que haya determinado las relaciones de esos elementos, ni diapasones, ni metrónomos, ni constructores de gamas o teóricos de la armonía. Por el contrario, las fluctuaciones fonéticas y semánticas del vocabulario. Nada puro, sino una mezcla de excitaciones auditivas y psíquicas perfectamente incoherentes. Cada palabra es una reunión instantánea de un sonido y de un sentido que no tienen relación entre sí. Cada frase es un acto tan complejo que nadie ha podido hasta ahora dar una definición que resista. En cuanto a la utilización de ese medio, en cuanto a las modalidades de esa acción, se conoce cuál es la diversidad de sus usos, y la confusión resultante en ocasiones. Un discurso puede ser lógico, puede estar cargado de sentido, pero sin ritmo y sin medida alguna. Puede ser agradable al oído, y perfectamente absurdo e insignificante; puede ser claro y vano; vago y delicioso. Pero basta para hacer concebir su extraña multiplicidad, que no es sino la multiplicidad de la vida misma, enumerar todas las ciencias creadas para ocuparse de esta diversidad y estudiar cada una alguno de sus aspectos. Se puede analizar un texto de muchas maneras diferentes, pues está por turno sometido a la jurisdicción de la fonética, de la semántica, de la sintaxis, de la lógica, de la retórica y de la filología, sin omitir la métrica, la prosodia y la etimología… He aquí al poeta enfrentado con esa materia verbal, obligado a especular a un tiempo sobre el sonido y el sentido, a satisfacer no solamente a la armonía, al periodo musical, sino también a condiciones intelectuales y estéticas variadas, sin contar las reglas convencionales».

El fulgor de cada palabra, el fuego de cada verso, solo, sin artificios ni boatos crean el canto universal, alimentan a las demás artes que sostienen al mundo. La más alta de las creaciones genera millones de poemas, libros, universos, que son el origen de todo lo que nombramos en español. Es sorprendente la magia que germina al unir letras para formar un tejido verbal, que, además, despierta la imaginación del receptor del resultado de esa creación, más que el que se propicia con otras artes.

La poesía abrasa, es la permanencia del fuego que se propaga como intensidad vital, como luz que señala con su fulgor lo antes ignorado.

Los recursos del verso ayudan al poeta a darle la bienvenida a la poesía; despliegan lo numinoso de la creación. Su conocimiento prepara el camino, lo hace gozoso, interesante. Como en un rito antiguo, su estudio teje la alfombra por donde pasará la divinidad con su presencia de horror y belleza.

La poesía reúne en su centro todos los elementos naturales, danza como el fuego, se abre paso como el agua, no se despega de la sabiduría de la tierra y también alcanza el vuelo con su viento creado. Imaginación, emociones, palabras. Con sus poderes, la poesía cimbra y pone en entredicho lo establecido, lo cerrado, el orden tedioso de lo ya definido. La poesía abre puertas, ventanas y rutas nuevas. Que este libro sirva para honrarla, para amarla.