León Bejar Wasongarz

Se ha definido literatura como la expresión verbal que, dentro de los límites de una cultura determinada, expresa cierta función estética. Así hallamos el punto de partida para definir las características que hacen que una novela —o un texto— sean literarios. Hay que notar que el juicio estético que emite el autor, el tratamiento de la belleza —que puede ser sublime o grotesca— y su percepción como fenómeno que es necesario describir, narrar, exponer y argumentar, así como la recepción del lector, conforman el primer gran fundamento literario.

Otra cuestión importante es que un texto literario siempre tiende a la ambigüedad. Si las ciencias exactas dependen de una verdad comprobable, esto jamás se aplica para la literatura, donde dudas y posibilidades tienen más peso que una verdad indubitable. El que una novela sea ambigua y arroje, en lugar de una posibilidad de lectura, una gama entera de posibilidades, enriquece su valor literario, pues la ambigüedad define en gran parte el valor del texto y sus posibilidades de interpretación; además, al ser ambiguo, un texto adquiere otra característica que lo vuelve literario: su resonancia.

Las producciones «reproducibles» que tanto demanda el mercado y que involucran lo que Juan Antonio Rosado ha llamado «novelas enlatadas», que se rigen por esquemas simples y comprobados, necesitan un lector ingenuo y las leyes del mercado a su favor. Estas novelas, por más medios de producción que puedan movilizar, normalmente tienen una resonancia muy efímera. En contraposición, el texto literario omite las necesidades del mercado y normalmente no es muy popular, aunque su resonancia llega a las puertas de lo trascendente y resuena por centurias.

Otra característica de la narración literaria es la construcción de un personaje completo, es decir, no un títere del autor, sino un ser de carne y hueso, tan lleno de contradicciones como cualquier persona. Ejemplificando, ¿qué vuelve literaria la novela Crimen y Castigo frente a un titular amarillista que dijera «joven asesina a viejita usurera»? En primer lugar, la construcción del personaje Raskolnikóv es sublime; se trata de un ser completo, lleno de contradicciones y cuyo proceso de culpa puede sentirse en cada página de la obra. Hay que mencionar también el peso de la forma en que Dostoievski maneja el lenguaje de una manera genial, crea atmósferas de lugares que reflejan la corrupción interior de quienes las habitan: la habitación de Raskolnikóv es una atmósfera de oscuridad y culpa, descrita con un estilo tan desgarrador como los acontecimientos de esta novela.

Otro elemento importante es el grado de innovación en la técnica que puede presentar una obra o un autor. En Morirás Lejos, de José Emilio Pacheco, se da una gran innovación en cuanto a la mirada narrativa, a la multiplicidad de desenlaces y a las muchas posibilidades de interpretación que nos brinda la novela. Además, la mirada narrativa —pues la novela tiene más de ocho narradores y más de ocho desenlaces— exige cuando menos un lector crítico. Allí, otra de las claves de lo que es literario: el lector crítico. Una «novela enlatada» no necesitará un lector crítico, mientras que una novela literaria no puede ser comprendida por un lector inocente. Asimismo, las novelas literarias engendran transliteratura. Un ejemplo de ello es la manera en que Brave New World se translitera en un montón de novelas distópicas, entre ellas las de Bradbury e incluso la serie Black Mirror.

Roman Ingarden menciona varios estratos de la obra literaria. Encontramos aquí nuevas claves: el estrato de los sonidos, la narración polisémica, el equilibrio de fondo y forma, y la lectura que transgrede los límites espacio-temporales, ese estrato de lo metafísico que tanto fascinaba a Borges y que se encuentra en gran número de obras importantes.

Debemos insistir en que gran parte del ser literario reside en la creación de atmósferas, elemento muy necesario para volver la historia verosímil, dar color y vida a la narración. Casi todas las grandes novelas dependen del manejo adecuado de las atmósferas. Es imposible imaginarse el universo orwelliano de 1984, o el universo de culpa de Raskolnikóv sin las atmósferas en que se desenvuelven.

No hay que negar que una «novela enlatada» puede ser muy entretenida y también un proyecto de genuina artesanía, como las novelas de Katzenbach o Grisham, pero estas obras obedecen a esquemas simples y no necesitan un lector crítico, sino que más bien juegan a tratar a su lector como a un conejo desenfrenado, al que hay que tratar así y ponerle la zanahoria (el misterio) que persigue justo delante. Si las peores producciones imaginables han sido posibles, es porque tratan al lector inocente como en la metáfora del conejo. Este tipo de «desgracias culturales» no poseen grados de ambigüedad significativos, y aunque muevan muchos medios de producción y mucho capital, su resonancia seguirá siendo efímera.

Al final, no queda el autor; lo que trasciende y lo que permanece en el imaginario colectivo es la obra, y trasciende en tanto que es literaria, en tanto testimonio de vida que, aun siendo ficción, puede arrojar verdades de suma importancia, o describir procesos humanos que de otra manera no podríamos entender.

El valor literario, en última instancia, proviene de una intención autoral de reflejar su expresión hacia la trascendencia de la propia obra, no hacia el proceso de hacerla lucrativa, sino hacia la expresión y la proyección de sus fundamentos literarios y filosóficos. Y eso, paradójicamente, le otorga una resonancia inmortal. Aunque el mercado no le haga caso, la historia jamás podrá poner El Castillo de Kafka como irrelevante, porque expresa una gama de verdades más allá de la ficción, sea fáctica o no.

A través de lo mencionado se da una idea general de lo que hace a un texto literario, virtud que lo puede transmutar en una obra trascendente. Sin expresar una sola verdad, el texto literario genera un cúmulo de preguntas y respuestas en que los procesos humanos más complejos quedan retratados desde la experiencia humana como experiencia estética que nos acompaña y nos da un goce mayor ante el universo infinito de la literatura.