puerta

Sofía Berdeja Zavala

Postrado frente a ella, incapaz de moverse, envidiando su frialdad y firmeza, temblaba por la incertidumbre que los dividía. Era alta, con un brillo detrás que lo tentaba a atreverse, pero con la amenaza de sorprenderlo. Él sólo debía darle la llave. Eso era todo. Ponerla en esa mano empuñada lo llevaría a un mundo desconocido. Sin ese nuevo universo, su realidad lo atraparía sin jamás dejarlo ir. Ella era la única oportunidad. Inconsciente, luchó durante mucho tiempo para alcanzar a esta figura inmóvil; sin embargo, ahora que ella lo observaba tan serena, él le tenía más miedo que nunca.

Detrás de ella, sonidos de su posible realidad: voces roncas, graves se expresaban con frialdad y urgencia. ¿Acaso él era el único que se sentía solo? ¿Los vecinos tenían visitas en sus hogares? ¿O era su imaginación la que le entorpecía los sentidos? Sobre el piso que lo unía con la misteriosa oponente, se reflejaba una tenue luz. Lo hizo recordar la primera vez que salió de su casa colectiva. Los jóvenes ansiaban por fin ser libres; crear una vida fuera del internado. A él también le urgía mantener un estilo de vida independiente, tal como lo criaron. Ahora, la misma confusión: se inclinaba hacia el cambio, pero con temor a enfrentarlo. El miedo a ir contra las normas cotidianas lo mantenía indeciso: desde pequeño conocía las consecuencias.

Los vecinos no convivían. Las reglas giraban en torno a la privacidad y a la propiedad. Cada puerta poseía una llave; cada objeto, un propietario. La intrusión y el robo eran los crímenes más penados. El farol junto a él poco a poco disminuía su luz, presionándolo a tomar una decisión: ¿abrirla o no abrirla? Podía hacerlo, mas no estaba seguro de ser capaz. Se alejó de ella unos pasos y se detuvo en la oscuridad abrazadora, como preparándose para reportar, esa misma noche, la llave perdida. Examinó alrededor, anhelando que la calle estuviera desierta. Lo estaba. Las estructuras idénticas e impecables desaparecían a la distancia. Su propia casa parecía más lúgubre que las demás. Ahí yacía su imponente soledad. El dueño de la casa 4 se acercó un día para pedirle que mantuviera las cenizas de la chimenea fuera de su tejado; si no, lo acusaría por transgresor. Jamás había vuelto a cruzar palabra con los vecinos. Lo aterrorizaba el hecho de permanecer aislado.

A su alta edad, solo había salido de su hogar para llegar al trabajo. La noche anterior encontró esa llave. Jamás le había ocurrido algo tan interesante. Horas enteras, meditó en lo que podría hacer con ella. ¿Por qué el dueño de la casa con puerta de madera tiraría su llave? No halló la respuesta. Divagó toda la noche y soñó con los ojos abiertos en lo que resultaría abrir esa puerta. A pocos centímetros de su mano, colocó la clave a su libertad. Pensó, a la mañana siguiente, en un buen escondite para la llave. De camino al trabajo, rodeó la casa de la llave perdida y escuchó voces aceleradas que escapaban por debajo de la puerta. Después, siguió su camino y su rutina.

De vuelta en su casa, buscó la llave en el escondite. Con sus largos dedos la examinó como para comprobar que fuera real, acariciando el número grabado en la superficie. Imaginó hombres de su edad con la misma ropa, sentados alrededor de su pequeña mesa blanca. Abrir esa puerta, entrar a esa casa, charlar con sus habitantes, lo impulsaban a decidirse. La necesidad de salir de la penumbra lo hundía en el dilema, pero la llave le daba una esperanza jamás sentida. Le llenaba el alma con una cálida luz que nunca había percibido de un objeto tan frío.

Ahora, el sudor caía desde su frente hasta su blanca ropa. Su piel grasa se empalidecía y lo mostraba como un viejo agonizante. Retumbaban las voces detrás de la puerta: parecían más fuertes que en la mañana. Por segunda vez, revisó que nadie lo estuviera observando. Nadie lo estaba. Tocó la puerta. El sonido seco de los nudillos que golpeaban la madera hizo eco a lo largo de la avenida. Adentro, las voces amainaron por unos segundos, sólo para estallar en alaridos acelerados. Una voz familiar gritó: ¡No abras! Él ya no podía resistirse a la compañía. Sabía que era peligroso, pero probaría el sabor de un mundo diferente.

La mano extendida por fin lo convenció de darle la llave. Giró la pequeña estructura de metal dentro de la cerradura y abrió lentamente la puerta. Al dar el primer paso en el interior, se encontró con varios hombres en batas blancas. Un arma le apuntaba a la cabeza. Un fuerte trueno. Sintió como si una roca lo hubiera golpeado en la frente.