Juan Miguel de Mora (1922-2017)

I. LA IZQUIERDA MEXICANA: PASADO, PRESENTE Y FUTURO

Entre las muchas paradojas que a lo largo de los años han hecho que México viva en el surrealismo, está la de la izquierda: la mayoría del pueblo mexicano tiene una clara tendencia a la izquierda, mostrada en repetidas ocasiones durante toda su historia. Sin embargo, la izquierda no domina la política nacional. ¿Por qué?

Probablemente porque, en términos generales, la izquierda mexicana se caracteriza por su incoherencia, su incapacidad táctica para obrar conforme a sus principios y su increíble fragmentación.

Al repasar los antecedentes históricos de nuestra izquierda, comprobamos que las ideologías nunca han tenido en México una verdadera fuerza. Hidalgo se inspiró en los ideales de la Revolución francesa para proclamar la independencia, pero los criollos que la consumaron copiaron sus preceptos de Estados Unidos y no de Francia. Y copiaron no solamente la estructura del Estado, sino sus fallas, como la de declarar que todos los hombres nacen iguales y tienen los mismos derechos, así como la de tener esclavos, es decir, hombres a los que compraban, vendían y trataban como animales. En México se siguió el patrón estadounidense y, aunque teóricamente no había esclavos, la situación miserable de los indios empeoró con la Independencia. Empeoró, insisto, porque no se trató de una metáfora ni de una expresión transitoria, sino de un hecho históricamente comprobado.

Quizá el único periodo de nuestra historia en que la ideología se impuso y brilló como norma de gobierno fue el de Benito Juárez. Los liberales, encabezados por hombres brillantes que tenían un ideal, gobernaron conforme a sus ideas. En lo general, ese periodo es la excepción. En el resto de nuestra historia, las ideologías (hoy tan denigradas por quienes nunca las tuvieron) sólo han servido de máscara o de biombo a los gobernantes y a no pocos dirigentes de grupos y de partidos sin que la izquierda sea la excepción.

Cabe insistir que la Revolución mexicana de 1910 no fue la primera del siglo XX, sino la última del [XIX]. Madero la planteó solamente como un cambio político, para sacar a Porfirio Díaz del sillón presidencial y acabar con la relección. Pero sin nada de revolución social. Ciertamente en el Plan de San Luis existen unas líneas que hicieron concebir esperanzas a Emiliano Zapata y a otros como él. Pero cuando Madero llegó al poder jamás las cumplió ni pretendió cumplirlas.

Pero si la de Madero fue revolución nada más para un cambio político, la de 1913 estaba inflamada por las demandas sociales de los campesinos armados que exigían justicia y luchaban por la tierra sin haber tenido ideólogos. Porque la Revolución mexicana nunca los tuvo para que influyeran en su desarrollo. Aquí, como en la Revolución francesa, los burgueses tomaron la dirección del alzamiento y controlaron a los gobiernos surgidos de ella. Pero México no tuvo un Rousseau, un Voltaire o un Diderot, entre otros. Ni tampoco entre nuestros revolucionarios hubo ningún Danton, Saint-Just, Robespierre.

En un anhelo optimista, algunos piensan que Ricardo Flores Magón fue un ideólogo de la Revolución: la verdad es que, pese a la importancia que entre 1906 y 1910 tuvo el Partido Laborista Mexicano, y aunque después influyeron sus ideas en algunos aspectos de la Constitución de 1917, la importancia real de su ideología anarquista fue mínima. Las grandes masas que hicieron la Revolución y los generales surgidos de ella que integraron los gobiernos posteriores ignoraban completa y definitivamente a Flores Magón y al anarquismo. Pese a lo cual incorporaron su nombre al repertorio de los discursos y los homenajes oficiales.

La Revolución mexicana fue un salto del feudalismo de las grandes haciendas a un régimen burgués demagógico en el cual, dentro de la euforia revolucionaria, se llegó al racismo y al nazismo. Nuestros historiadores parecen creer que la historia de México se blanquea omitiendo las cosas desagradables.

Triste ilusión. Tontería irremediable. Plutarco Elías Calles era devoto de Adolfo Hitler y lector de Mi lucha cuando todavía era el libro de un líder político alemán que no llegaba al poder. Esa actitud hizo que Calles se adelantara a Hitler: se hicieron leyes en Sonora, en las que se prohibía a las mujeres mexicanas casarse con chinos, lo mismo que en Alemania se prohibía a los «arios» casarse con judíos.

Se constituyeron ligas «por la pureza de la raza», afirmación que en México no puede ser otra cosa que una imbecilidad manifiesta. Y se hicieron comités contra chinos y judíos. Pero como los últimos eran más fuertes, se les molestó poco, mientras que a los primeros se les asesinó con frecuencia en varios estados del país.

El Partido Nacional Revolucionario lo fundó Calles, seguramente pensando en el Partido Nacional Socialista de Hitler. Y en su estructura tuvieron ciertas semejanzas.

Y por ese salto del feudalismo a la burguesía industrializante no hubo en México un movimiento obrero anarquista o socialista comparable a los de Italia, España o Estados Unidos, en este último país debido a los trabajadores inmigrantes. En este contexto de una rebelión burguesa antifeudal en una nación agrícola, el 24 de noviembre de 1919 surge el Partido Comunista Mexicano.

Su fundación fue inspirada y dirigida por revolucionarios de otros países; el principal de ellos, un hindú, Manabendra Nath Roy, y dos estadounidenses, Frank Seaman y Evelyn Roy. Por México, José Allen (primer secretario general), Leonardo Hernández y Vicente Ferrer Aldana, entre otros. El 22 de agosto de 1920, José C. Valadés (más tarde historiador eminente), Rosendo Gómez Lorenzo, Rafael Carrillo Azpeitia y otros, fundaron la Federación de Jóvenes Comunistas.

Pero en septiembre de 1919 se había formado un llamado «Partido Comunista de México» que, lo mismo que un «Partido Socialista», andaban ya a la greña con el Partido Comunista Mexicano y entre sí. Desde entonces nuestra izquierda se caracterizaba por poner más énfasis en destruirse mutuamente que en luchar por sus principios. También en 1921 se fundó el Partido Comunista Revolucionario Mexicano.

En 1923, el Partido Comunista Mexicano se proclamó partidario de la candidatura de Plutarco Elías Calles a la presidencia y la apoyó. Después se declaró contra la rebelión de Adolfo de la Huerta (comunistas que tomaban partido en las luchas burguesas por el reparto del botín revolucionario) y hasta organizó a algunos obreros para ir a luchar contra ella junto al Ejército Federal.

Esos obreros no eran miembros del Partido Comunista. Los afiliados a este eran muy pocos (en 1925 eran solamente 191). Pero no eran obreros. Los más ilustres fueron los pintores David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Javier Guerrero y Fermín Revueltas, entre otros artistas e intelectuales.

En 1926, en su cuarto congreso, el PC acordó seguir apoyando a Calles; más tarde apoyó la candidatura de Obregón, y en 1928, por órdenes de Moscú, tomó su primer acuerdo de expulsar a los trotskistas.

Portes Gil era presidente —títere de Calles— cuando el PC se declaró en contra de la rebelión de Escobar y llamó a los obreros a luchar contra ella. De nada le sirvió. Bajo Emilio Portes Gil se inició una sangrienta represión anticomunista. Ahí comenzó el heroísmo de los hombres y mujeres de la izquierda, desde un Rosendo Gómez Lorenzo a una Benita Galeana, pasando por muchos otros.

Durante el callismo, fueron asesinados muchos comunistas, unos fusilados sin formación de causa, y otros ametrallados en las calles o en sus casas. Sólo en Matamoros Laguna, Coahuila, fueron asesinados 17 militantes en un solo día. José Revueltas, Dionisio Encinas y muchos más fueron detenidos, y con Gómez Lorenzo, Miguel Ángel Velasco, Evelio Vadillo y otros fueron enviados a las Islas Marías.

Los asesinatos y detenciones de comunistas continuaron hasta que Lázaro Cárdenas llegó al poder y los suprimió. Pero veamos algo esencial: ¿qué representó el cardenismo para la izquierda mexicana?

A grandes rasgos, la destruyó con la mejor intención de fortalecerla. El Partido Comunista tuvo un número de afiliados que antes jamás había soñado, pero eran intelectuales, profesores y estudiantes que con la influencia del PC lograban trabajos en la Secretaría de Educación Pública, a cargo de Vázquez Vela, y que en su inmensa mayoría abandonaron el partido cuando Ávila Camacho demostró que su política era contra el PC.

Los sindicatos se fueron convirtiendo poco a poco en grupos privilegiados y hereditarios, a los que no interesaba la solidaridad ni la ayuda a otros trabajadores, sino a sus propios intereses. Los abusos sindicales, que siguieron en aumento hasta muy avanzado este siglo, no tenían freno. Si alguien quería dar una charla o una conferencia en un teatro, la federación teatral obligaba a pagar tramoyistas, acomodadores y todo el personal que requiere una representación teatral; en los sindicatos de trabajadores del cine, nadie podía entrar más que los herederos de los miembros del grupo y había muchas cosas sencillas que en México no podían hacerse si no se daba dinero al líder del sindicato correspondiente o se pagaba lo que llaman «desplazamiento». Es decir, los sindicatos anulaban la libertad de trabajo.

Además, se instauró la revisión forzosa cada dos años de los contratos colectivos de trabajo que invariablemente exigían aumento de salarios y de prestaciones aun en tiempos, lejanos por cierto, en los que no había inflación o era mínima. La cláusula de exclusión dejó a los obreros inermes frente a sus dirigentes. Todo esto iba destruyendo lentamente a la economía y hubo muchas inversiones que no se hicieron por miedo a esa clase de sindicatos. Se formó, pues, una clase obrera privilegiada. Por eso en 1968, el «movimiento obrero» no apoyó, ni siquiera líricamente, la lucha de los estudiantes contra la dictadura.

Por esa política de pequeñas concesiones de la que Marx y Lenin dijeron que destruye la combatividad de la clase trabajadora y que aburguesa al proletariado, el Partido Comunista Mexicano y sus semejantes estuvieron siempre integrados en su gran mayoría por profesores, estudiantes e intelectuales. Los obreros, que debieran haber sido su base primordial, brillaban por su ausencia.

 

II. LA IZQUIERDA MEXICANA. HOY, ¿Y MAÑANA?

Una de las razones más importantes de los fracasos de la izquierda mexicana ha sido su constante e increíble fragmentación. Pareciera que cada militante quisiera tener su partido personal.

Veamos, entre los marxistas o casi, algunos de los partidos que se han formado en menos de medio siglo, brevísimo periodo en relación con la historia: Partido Obrero Campesino Mexicano (1950); Partido Obrero Revolucionario (1959); Partido Popular Socialista (1960); Partido Comunista Bolchevique (1963); Liga Comunista Espartaco (1966); Partido Mexicano del Proletariado (1966); Movimiento de Acción y Unidad Socialista (1971); Partido Mexicano de los Trabajadores (1974); Partido Revolucionario de los Trabajadores (1976); Partido del Pueblo Mexicano (1977); Partido Socialista Revolucionario (1978); Partido Socialista Unificado de México (1981); Partido Mexicano socialista (1987).

Pero, ¡por fin!, la mayor parte (aunque no todas) de las fuerzas izquierdistas o consideradas izquierdistas por la derecha o autoconsideradas izquierdistas sin serlo, se agruparon en el Partido de la Revolución Democrática, fundado en 1989.

El PRD es un conglomerado heterogéneo de personas hartas del sistema priista, gente que, a la fundación del partido, acababa de soportar el gobierno corrupto e impositivo de Miguel de la Madrid. Más que como partido, el PRD surgió como una coalición de las más diversas procedencias. Ya en las elecciones de 1988, todos los que formarían el PRD y la mayoría de los votantes mexicanos se congregaron en torno a un apellido y a un recuerdo: el de Lázaro Cárdenas.

De haber sido el PRD un verdadero partido, habría encabezado un programa, una posición ideológica y política, y no un apellido que, ganadas (pero robadas) las elecciones, demostró a lo largo de seis años que no era la persona indicada, que no llenaba las esperanzas de sus partidarios, que no basta con ser hijo de alguien para tener la capacidad y cualidades de «ese alguien».

Ya en la segunda oportunidad, en 1994, Cuauhtémoc Cárdenas perdió todo sentido de las proporciones: dijo por televisión que, en caso de ganar la presidencia, invitaría al capital extranjero a participar en Pemex; se manifestó partidario de más intervención del clero en la política y, además, invitó a los disidentes del PAN, hombres más a la derecha que el PAN mismo, a participar con él en la campaña.

No hubo duda, para cualquiera con cierta percepción, de que el hijo de Lázaro Cárdenas no era el representante de la izquierda, sino solamente un candidato contra el gobierno, aunque salido de él.

La súbita aceptación de Cuauhtémoc y sus expriistas (de la que se llamó «Corriente Democrática») por la gente del PSUM fue una prueba más, entre muchas, de la incoherencia de la izquierda mexicana que tras hablar frecuentemente de riquezas malhabidas y millonarios de la política, alguno de los cuales se vería en gravísimos problemas si le obligasen a explicar detalladamente el origen de su fortuna.

La izquierda se apresuró a aceptar como correligionarios a quienes habían sido cómplices y actores principales en algunos de los gobiernos más represivos y criminales del sistema. La falta de análisis profundo y de discriminación para distinguir entre las diversas verdades coexistentes es, desde siempre, una característica de la izquierda mexicana.

Por otra parte, varios grupos de intelectuales han querido ser «la izquierda», orientar al país, decir a todo el mundo lo que tiene que hacer.

Los intelectuales quizá pueden ser útiles, individualmente considerados, entre un partido de gente que necesita justicia social. Pero en grupo nunca dejarán de ser burgueses o pequeñoburgueses incapaces de entender a los de abajo y de hacerse entender por ellos.

Un obrero hambriento o un campesino secularmente explotado se sienten tan lejos de esos arrogantes analistas como del peor político de la vieja guardia priista. Y así ha sido siempre.

A guisa de ejemplo, recordaremos que Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Luis Cuevas y otros suscribieron la convocatoria para constituir un partido que después se llamó Partido Mexicano de los Trabajadores. Pero ni los tres mencionados ni otros varios firmantes participaron más tarde ni en la constitución ni en la militancia del partido.

En lo general, los intelectuales necesitan un escaparate, un lugar de exhibición donde se sientan importantes. Por eso organizan grupos para «aconsejar» al gobierno y al país. Tienen la verdad en el bolsillo.

Pero los únicos intelectuales útiles en un partido de izquierda son los que aceptan la militancia anónima y tranquila, los que individualmente conviven con los obreros y los campesinos y no los que pontifican acerca de ellos y de la política nacional.

En otro extremo están los del estilo Ruta 100, Movimiento Proletario Independiente, EZLN. Estos grupos los dirigen quienes, por falta de capacidad o por otras causas menos limpias, no entienden que luchar por una revolución en este momento de la historia de México y del mundo es llevar a la muerte y a la cárcel sin ningún beneficio político ni social, a centenares de indígenas, obreros o campesinos, es decir, a quienes les siguen.

Hay indígenas que están arriesgándolo todo, incluso la vida, para que quien los manipula se convierta en figura política de grandes alcances y para que un obispo satisfaga su vanidad personal con el Premio Nobel de una Paz que todavía no ha logrado.

Creer en la debilidad del gobierno es uno de los autoengaños de bastantes articulistas, analistas y de los dirigentes de los grupos mencionados. Probablemente es una deformación producto de la falta de costumbre de vivir en plena libertad de expresión. Los hechos son diferentes. El encarcelamiento de Raúl Salinas, la investigación sobre Carlos Salinas, la firmeza en las negociaciones en Chiapas, el no ceder ante el Sindicato de Ruta 100 y la expulsión de tres curas extranjeros que asesoraban a Samuel Ruiz, deberían ser suficientes elementos de juicio para los que creen que el gobierno es débil y que se le puede derribar con unas cuantas manifestaciones en el DF y un grupo armado en Chiapas.

La parte del PRD que es verdaderamente de izquierda no ha definido un programa ni una ideología debido al error de apostarlo todo a un apellido. La única línea política del PRD consiste en declarar fraudulentas todas aquellas elecciones, municipales, locales o nacionales, en las que no gana. Por ejemplo, en Tabasco el PRD no quiere aceptar que mucha gente (para bien o para mal) también vota por un apellido: Madrazo. El apellido de un Carlos Alberto que era de izquierda mucho antes de que don Porfirio Muñoz Ledo descubriese súbitamente que él también lo es.

Pese a todo tendrá que surgir un partido para defender los derechos de los pobres, de los obreros hambrientos y de los campesinos explotados. Un partido que no sea constituido por un 95 % de intelectuales, profesores, estudiantes, curas y artistas, sino un partido cuyo mayor porcentaje de afiliados lo constituyan los trabajadores de la ciudad y del campo.

Tal vez el futuro inmediato de la izquierda mexicana no sea brillante. No parece que lo sea. Ni el de la mexicana ni el de ninguna izquierda del mundo en estos tiempos. Pero la nuestra no debe olvidar nunca que los intereses del capitalismo en general y del estadounidense en particular son diametralmente opuestos a los derechos y ventajas de los trabajadores mexicanos. Esto es un hecho geopolítico cuyo relieve se realza por el TLC.

La caída de la Unión Soviética y de los países obligados a ser sus satélites después de la Segunda Guerra Mundial (Stalin hizo más contra el socialismo que nadie en toda la historia del mundo) llenó y sigue llenando de satisfacción a toda la derecha nacional e internacional.

En el México del TLC, el capitalismo aprieta los tornillos. Se habla de modificar la Ley Federal del Trabajo y de pagar a los obreros por hora. Se aplicarán los métodos estadounidenses y los obreros mexicanos no tendrán ya las facilidades ni el paternalismo gubernamental que los condujo hace años a un aburguesamiento egoísta. Su situación ya no será privilegiada ni cuando pase la crisis y ello les hará crear conciencia y seguramente una izquierda ya no atomizada formará más tarde o más temprano partidos fuertes y serios, con más obreros y campesinos que intelectuales.

Pero sea como fuere, la izquierda es indestructible. Es imposible acabar con ella. La han perseguido y vencido temporalmente varias veces, pero nadie ha podido, ni podrá, liquidarla.

Porque están empezando a pasar las esperanzas de una vida mejor con ese capitalismo al que sólo le importa la macroeconomía, los dividendos del gran capital y los intereses del capital financiero. Ese capitalismo indiferente a la pequeña economía de los seres humanos sencillos. Y cuando se haya visto que este renacer capitalista mundial es tan vacío e injusto como lo fueron sus antecesores, entonces la izquierda levantará cabeza y avanzará. Lo hará pese a sus errores, a sus miserias y a las dificultades que implican la ambición, la envidia, el ansia de poder y otros defectos humanos a los que no son ajenos los hombres y mujeres de la izquierda.

En un tiempo se les llamó esclavos. En otro, siervos. En otros, campesinos, obreros, trabajadores o indígenas. Pero son los mismos; siempre explotados, siempre víctimas del abuso de los poderosos, siempre objeto de ignominia.

Mientras ellos existan, la izquierda se levantará una y otra vez de sus residuos, crecerá y cobrará fuerza.

Mientras haya injusticia social, habrá izquierda. Mientras a la ignominiosa vida de los de abajo sólo se ofrezcan palabras, habrá izquierda.

Quizás no lo conozca esta generación, pero el socialismo verdadero, el que nunca ha sido establecido en país alguno, llegará un día para quedarse largo tiempo. O, en su defecto, algo mejor en cuanto a la justicia social, que todavía no se ha encontrado.

En otras palabras: un día llegarán esos hombres y mujeres nuevos que la humanidad necesita con urgencia.

Así sea.


Los dos artículos fueron publicados en Página Uno, del diario Unomásuno. El primero, el domingo 2 de julio de 1995; el segundo, el 9 de julio del mismo año. Se recopilarán en el libro, de próxima aparición, Juan Miguel de Mora, un polígrafo mexicano.