¿Cuántos adjetivos necesita una buena historia?
Alma Eva Moya Bastón
Resulta fácil responder: los suficientes. No obstante, solemos subestimar su impacto. Sabemos que los adjetivos añaden color, textura y emoción a lo que escribimos. También reconocemos que no debemos abusar de ellos ni adornar en exceso, porque a veces menos es más. Pero, ¿hasta qué punto esto es cierto? ¿Cuándo un adjetivo embellece y cuándo, simplemente, estorba?
En su ensayo «El adjetivo y sus arrugas», Alejo Carpentier afirma que, en el uso de estos componentes de la lengua, podemos advertir las diferentes tendencias literarias. Señala también que la narrativa puede mostrar signos de decrepitud cuando incluye adjetivos de forma indiscriminada. En este sentido, es claro que los excesos nunca son buenos. Pero, ¿será acaso una tarea ineludible del escritor encontrar la palabra precisa? ¿Se debe lograr que un solo adjetivo baste para calificar un sustantivo, sin necesidad de insistir con otros que podrían confundir al lector? Seguramente sí. Se trata de una labor compleja que requiere un amplio vocabulario y un dominio profundo del lenguaje. Quizá también se trate de una cuestión de estilo. Aun así, es fundamental reconocer que, al corregir un texto, todo lo que no aporta debe ser eliminado.
Guy de Maupassant sostenía que cualquier cosa que se quiera decir debe tener una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla. Al leer algunos de sus cuentos, lejos de confundirme, me sentí atrapada. Pude apreciar a cada personaje: me parecieron muy humanos y se volvieron entrañables. Tal es el caso de «Bola de Sebo».
En el siguiente párrafo, puede advertirse un cierto abuso de los adjetivos; sin embargo, no me parecen excesos. Más bien, me resulta divertido imaginar a esta mujer que, gracias a esas características tan marcadas, logró ganarse un apodo tan singular.
De «Bola de Sebo» (Maupassant, G. de. (2003). Bola de Sebo. Biblioteca Virtual Universal.)
La mujer que iba a su lado era una de las que llaman galantes, famosa por su abultamiento prematuro, que le valió el sobrenombre de Bola de Sebo; de menos que mediana estatura, mantecosa, con las manos abotagadas y los dedos estrangulados en las falanges -como rosarios de salchichas gordas y enanas-, con una piel suave y lustrosa, con un pecho enorme, rebosante, de tal modo complacía su frescura, que muchos la deseaban porque les parecía su carne apetitosa. Su rostro era como manzanita colorada, como un capullo de amapola en el momento de reventar, eran sus ojos negros, magníficos, velados por grandes pestañas, y su boca provocativa, pequeña, húmeda, palpitante de besos, con unos dientecitos apretados, resplandecientes de blancura.
Este ejemplo muestra que el dominio del lenguaje es esencial para saber cuándo un adjetivo añade fuerza y cuándo solo entorpece el flujo narrativo.
Mi reflexión sobre el uso de los adjetivos apunta a que, bien empleados, nos permiten apreciar mejor los matices de un texto y, al mismo tiempo, nos enseñan a valorar la economía lingüística como un arte. Cada palabra elegida debe contribuir a la atmósfera, al carácter o a la emoción que deseamos comunicar. En el caso de Maupassant, la adjetivación resulta eficaz porque construye imágenes vívidas, llenas de matices, que despiertan la imaginación del lector.