Juan Antonio Rosado

Al descubrir su capacidad de razonar, el ser humano configura ideas que llamamos «razonamientos». Hay tres grandes maneras de intentar que la otra persona cambie: la primera es mediante la fuerza o la violencia; la segunda, por medio de asociaciones (premios o castigos), es decir, la persuasión, dirigida a las zonas emocionales, y la tercera, a través del razonamiento lógico o argumentación convincente. Las dos últimas estrategias suelen combinarse sobre todo cuando entra en juego la retórica. En una sociedad cada vez más plural, que por un lado pregona tolerancia y por otro impone puntos de vista unívocos, se hace cada vez más necesario el pensamiento crítico más allá de la doxa, presuntamente compartida, y de las actuales opiniones públicas mediatizadas, o más bien opiniones mediáticas. Justo porque la multidireccionalidad, el multiperspectivismo de la era digital implica considerar nuevos y diversos modos de comunicarse, resulta imprescindible volver a los clásicos del pensamiento, que sin duda hallan un lugar especial en el género denominado, desde Michel de Montaigne, «ensayo».

Escribo «desde Michel de Montaigne» porque no comulgo con la idea de que este escritor haya «creado» o «fundado» lo que hoy conocemos como ensayo; ni siquiera el ensayo moderno. Primero ocurre el fenómeno y luego alguien lo nombra. Se hace una reducción fenomenológica que engloba multitud de casos. El nombre no crea la cosa. A veces se le nombra de distintas maneras en diversos lugares y épocas, pero el fenómeno es, en esencia, el mismo. De los nombres que se le dan, alguno tiene éxito y es adoptado por la mayoría o por un grueso número de intelectuales. Luego llega el desfile de teóricos, algunos caracterizados por su irrisoria soberbia; otros por su humildad y mesura, e intentan contemplar el fenómeno para caracterizarlo, analizarlo, clasificarlo, definirlo. Alfonso Reyes escribe: «La soberbia es casi otro nombre de la filosofía: yo me forjo una idea a priori de la realidad y comienzo por establecer que es la única idea legítima. Luego, si la realidad no la cumple, trato a puntapiés a la realidad». Esto se ha hecho con el ensayo, del que, por su flexibilidad, suele conocerse de modo esquemático.

¿Pero qué es un ensayo? Para la Real Academia Española es un género que desarrolla ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito; para María Moliner se constituye por las meditaciones del autor sobre un tema determinado sin sistematización filosófica; para José Ortega y Gasset es «la ciencia, menos la prueba explícita». En estas tres definiciones hallamos la negación introducida por la preposición «sin» o el adverbio «menos»: es esto sin lo otro, sin necesidad de lo otro o menos lo otro. Cecilia Urbina lo define también por negación: no es cuento ni novela ni poesía, pero puede participar de esos géneros; Asmara Gay, como una «charla» que alguien tiene consigo mismo sobre un tema determinado; Leopoldo Alas lo califica como «género intermedio»; John Skirius lo define como «literatura de ideas»; Liliana Weinberg como «poética del pensamiento». Yo podría definirlo como literatura híbrida de ideas, generalmente escrita en prosa y donde el autor dialoga con la cultura. Tal vez una de las mejores definiciones sea la de Alfonso Reyes: «Centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al Etcétera…». Esta literatura mitad científica, mitad lírica, este centauro desplegará, con los siglos, una multiplicidad de posibilidades, un abanico casi infinito de variantes.

Comoquiera que sea, un ensayo es literario por su estilo, por su forma y sus búsquedas estéticas, use o no la narración. Para decirlo en términos de Roman Ingarden, una obra de arte literaria es una formación multiestratificada, donde incluso se contempla el estrato fónico, la sonoridad, el ritmo, además de otros estratos que no vienen al caso. No basta imaginación o talento para generar un estilo literario, en que, como advierte Stendhal, se dan todas las circunstancias calculadas para producir el efecto que se desea.