Karina Castro

Atesoré tus miradas en mi garganta fugitiva.

Me preguntabas el porqué de mi silencio.

No lo dije:

no deseaba que escapara ese tesoro

y volara sobre esta arena confinada.

Ahora tus miradas saben a sal.

No a la sal que adereza lenguas satisfechas,

sino a la falsa sal que invade, se adhiere al cuerpo,

penetra poros para quedarse siempre allí,

negando que el agua, con su tenaz limpieza, expulse

cada fino grano alojado en la piel.

Quizá no me creas:

las gaviotas picotean tu imagen,

desgastan tu recuerdo, mas no se llevarán los ojos

que en el día me anunciaban la tormenta,

y en la noche devolvían el olvido necesario

para imaginar un futuro.

La parvada sigue sobre mí;

deja la imagen de tus ojos.

Aprendí que el transgresor no queda impune:

huye, aunque siempre incompleto;

va dejando los granos de su sal sobre la arena.

Los fugitivos cruzan la tormenta

y no regresan ya.

Lo sabías y con tus olas trataste de alisarme,

pero solo las rocas permanecen.