Juan Antonio Rosado Z.

 

No me preocupa la otra vida allá sino aquí. La experiencia de la otredad es, aquí mismo, la otra vida.

Octavio Paz: El arco y la lira

Pablo Neruda lo llamaba «Multiplicador de la hermosura»; Vicente Aleixandre, compañero suyo de la Generación del 27, se refería a él como «disipador de tristezas» o «conjurador del gozo de la vida». La muerte trágica no sólo fue el final físico de Federico García Lorca —el poeta cubano Eliseo Diego afirma que su asesinato fue como si hubiesen asesinado a la misma poesía—, sino también su gran tema, su gran obsesión a lo largo de una prolífica obra. Pero existe otra obsesión, o mejor dicho, otra presencia que, hasta donde sé, es una constante en la vida y obra del poeta en un grado mayor al tema trágico. Me refiero a la realidad de los demás, al problema del Otro o a la otredad como el concepto que niega la totalidad o el totalitarismo, y entiéndase este último término en cualquiera de sus acepciones.

El problema del Otro ha sido tratado por una gran cantidad de filósofos, y de modos muy distintos. No es lugar aquí para reflexionar sobre el concepto en sí, pero debemos tomar en cuenta que muchos pensadores lo analizan partiendo del «sí mismo» o, como lo hace Sartre en El ser y la nada, subrayando la relación en esencia «conflictiva» entre el yo y el otro. Quizá desde un inconsciente solipsismo, este filósofo advierte que el Otro es ese ser que no soy yo y del cual me separa una nada. No es posible, pues, llegar al Otro, sino tan solo a su objeto. Nada más lejano a esta postura que la sensibilidad poética, dramática y social de García Lorca, quien ya desde que fue discípulo de Manuel de Falla mostraba una profunda afición hacia un pueblo que ha sido segregado y perseguido por siglos, el pueblo gitano, ese pueblo de origen dravídico, acaso expulsado del Valle del Indo en una época remota, pueblo que perdió la memoria de su origen al creerse «egiptano» u oriundo de Egipto y que, como escribe Lorca, «…evoca / países remotos». Con este pueblo, el poeta se compenetró; a este pueblo comprendió en su quejío histórico y desde la visión desgarradora de la primera palabra del Cante Jondo: la interjección ¡Ay!, ante la cual todo se ha roto y no queda más que el silencio.

El Guadalquivir (que «va entre naranjos y olivos»), la soledad («Dejadme en este campo / llorando»… «Ya os he dicho que me dejéis / en este campo / llorando.»), el crótalo («Escarabajo sonoro»), la virgen con miriñaque («abierta como un inmenso / tulipán»), la guitarra («Corazón malherido / por cinco espadas»), la cueva (de donde salen «largos sollozos»), el puñal (que «entra en el corazón, / como la reja del arado / en el yermo»), el candil («Cigüeña incandescente»), el baile por las calles de Sevilla y el canto de la soleá, son sólo algunas presencias gitanas que el poeta plasmó desde la otredad, desde la visión popular, para hacer que su lector la viva en su Poema del Cante Jondo, compuesto en 1921. En «Las seis cuerdas» es notoria la tristeza derivada de la historia y la metafísica:

 

La guitarra

hace llorar a los sueños.

El sollozo de las almas

perdidas

se escapa por su boca

redonda.

Y como la tarántula,

teje una gran estrella

para cazar suspiros,

que flotan en su negro

aljibe de madera.

Una historia de persecución y acoso, segregación y ostracismo, es causa de que la guitarra, en el poema del mismo nombre, llore «por cosas lejanas». Todo esto hace que el grito del poeta se una al de los nómadas: «La elipse de un grito / va de monte / a monte. // Desde los olivos, / será un arco iris negro / sobre la noche azul». El grito es comparado con un arco de viola que «ha hecho vibrar / largas cuerdas del viento». García Lorca accede al universo del Cante Jondo desde una pasión y un conocimiento compartido con Manuel de Falla. Lo que algunos calificarán después como «gitanerías», se repetirá en 1928, con el Romancero gitano.

Sin embargo, García Lorca fue mucho más lejos en su visión del Otro. Si bien el gusto por los gitanos correspondía, en parte, al hecho de que el poeta llegó a desenvolverse en un medio rural y a escuchar desde pequeño el canto de estos nómadas, y también a una visión nacional que desde la Generación del ’98 se preocupaba por la esencia del hombre español, García Lorca siempre escribió desde la condición de un sí mismo como otro, no tan sólo por su oficio de poeta o por su homosexualidad manifestada ya desde antes de la época en que estudiaba con Luis Buñuel y Salvador Dalí en la Residencia de Estudiantes, ni tampoco por la penetrante reflexión de la condición y sicología femeninas, patente en, por ejemplo, La casa de Bernarda Alba, sino también por su misma posición social y política, al crear el grupo teatral La Barraca y dedicarse a llevar el teatro a los poblados más alejados, y al afirmar, en una entrevista, que «el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura, para ayudar a los que buscan azucenas».

Lorca siempre se preocupó por aquel ser a quien la sociedad patriarcal occidental ha segregado, ese Otro que se puede llamar «mujer», «homosexual», «pobre», «gitano» o «pueblo oprimido» que no encuentra azucenas.

En su último poemario, cargado de violencia y surrealismo, producido gracias a su visita a una de las ciudades más conflictivas y deshumanizadas, el Poeta en Nueva York, el Otro es también el negro, el descendiente de los esclavos africanos en América, a quien todavía a principios del siglo XX era un deporte, para ciertos norteamericanos, humillar y degradar, cuando no cazar y matar como a los animales del bosque. En «Norma y paraíso de los negros», García Lorca nos habla de lo que aman y de lo que odian, de ese «azul sin historia», donde se plasma la imagen de un negro incinerado:

 

Es por el azul crujiente,

azul sin un gusano ni una huella dormida,

donde los huevos de avestruz quedan eternos

y deambulan intactas las lluvias bailarinas.

 

Es por el azul sin historia,

azul de una noche sin temor de día,

azul donde el desnudo del viento va quebrando

los camellos sonámbulos de las nubes vacías.

 

Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de la hierba.

Allí los corales empapan la desesperación de la tinta,

los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los caracoles

y queda el hueco de la danza ¡sobre las últimas cenizas!

En «El rey de Harlem» es también notoria una visión de simpatía hacia el negro, que, como el gitano, también llora: «Los negros lloraban confundidos / entre paraguas y soles de oro».

Lo que en el Poema del Cante Jondo eran presencias rurales, inscritas en una naturaleza pródiga y benéfica, en Nueva York aparecerá fragmentado y en constante agonía. La luna ya no es el elemento gitano, positivo por excelencia; en Nueva York se convierte en «calavera de caballo». El pájaro ya no muere sobre la rama; en Nueva York es «máscara de pluma y celuloide». La Arena ya no pide camelias blancas, sino que ahora, en el poema «Ruina», se habla de «la lucha de la arena con el agua». El puñal ya no es protagonista de una contienda; en la gran ciudad, un hombre le pregunta a otro cómo fue el asesinato, y éste le responde matándolo del mismo modo. El cielo de Nueva York asesina; el árbol se ha convertido en un «árbol de muñones que no canta»; los animalitos tienen la cabeza rota, la mariposa está ahogada en el tintero, y el agua ya no es el agua del Guadalquivir; en Nueva York, el agua es harapienta y está podrida, y hasta la angustia, ante la soberbia de Wall Street, es angustia imperfecta: hace que el mascarón escupa veneno de bosque.

Federico García Lorca, el poeta del campo y de la ciudad, del gitano y del negro, ya Otro desde siempre, se convirtió de nuevo, al final de su vida, en otro, en un hombre muy odiado por el fascismo y la burguesía del sur de España, en un preso condenado a muerte. El poeta se hallaba en pleno apogeo creativo y en perfecto uso de sus facultades. Por ello este asesinato —y más aún si pensamos en que fue tramado— fue, sigue y seguirá siendo un golpe bajo a la poesía universal.

 

*

Tal vez ningún otro conflicto bélico haya tenido, en el siglo XX, repercusiones tan contradictorias como la Guerra Civil Española: desde la gestación de la Segunda Guerra Mundial hasta el exilio de cientos de españoles a países como México, esta guerra, producto de la polarización ideológica en que vivía España, de la pugna de intereses opuestos, tuvo también repercusiones en el mundo intelectual y artístico. Se trata de una guerra que, desde el punto de vista histórico, va más allá de la misma historia en tanto recuento de sucesos políticos y sociales, para insertarse en el (en apariencia) desinteresado campo del arte y de la intelectualidad. Digo «en apariencia» porque, en efecto, el intelectual desempeñó un papel de primer orden.

Este papel es el que aborda Armando Pereira en su libro Una España escindida. A partir de las figuras emblemáticas de Federico García Lorca y Ramiro de Maeztu y Whitney, el autor ha estructurado una imagen novedosa de la Guerra Civil Española: «Las piezas ya estaban ahí —dice Pereira—, sobre la mesa, participando de otras múltiples combinaciones, y a mí sólo se me ocurrió armarlas de otra manera», y también: «Los asesinatos de Lorca y Maeztu estaban ahí, entrelazados, confundiendo sus signos, como un símbolo afrentoso, como una escarnecedora metáfora, de lo que había sido España, sí, pero sobre todo de lo que ya irremediablemente sería desde entonces, por un largo tiempo».

En el primer capítulo, Pereira despliega una visión panorámica, un repaso por la vida literaria y, en general, cultural de la España de mediados de los años treinta. Tanto la intelectualidad de izquierdas como la de derechas son analizadas desde una visión objetiva y al mismo tiempo impregnada de esa intensidad con que construye su texto el narrador o el ensayista comprometido con el mundo que desea expresar. El narrador-ensayista nos pasea por una vida intelectual alejada del pueblo (si exceptuamos actitudes como las de García Lorca o Max Aub), pero, al mismo tiempo, se detiene en el pueblo: «Mientras la intelectualidad española pasaba los días y las noches entregadas a sus alegres o sesudas disquisiciones “tertualianas” —afirma el autor—, la gente del pueblo estaba en otra parte, ocupada en cosas muy distintas […] estaba en las calles manifestando su urgente voluntad de cambio, su deseo de asumir el protagonismo histórico que la brecha democrática en teoría debía ofrecerles». Pereira reconstruye un mural político, social y literario, y al mismo tiempo sintético y ameno, de lo que fue el contexto de la época: las izquierdas divididas, la situación de los comunistas, socialistas, anarquistas y conservadores; las derechas que cerraban filas y una España caótica que tenía que estallar. «Dos Españas —dice el autor—, las dos en una dimensión semejante y con la misma fuerza, sacándose las uñas y los dientes una a la otra».

Como ya lo sugerí antes, Pereira no se dedica sólo a exponer o a explicar: también narra, y al narrar piensa en un público general, que saborea, lejos de las síntesis o resúmenes, las esencias descritas por la mirada del artista-investigador. En efecto, ni el artista vence al académico ni el académico aniquila al artista. Pereira ha sabido hurgar en las fuentes, desde Muñón de Lara hasta el ya clásico Hugh Thomas, pasando por Enzo Cobelli, Pietro Nenni, Ian Gibson y Claude Couffon. En una historia más detallada, se extrañarían libros como los cuatro volúmenes de Guerra y Revolución en España (1936-1939) (Moscú, 1967). Pero en la exposición concisa de Una España escindida, dichos libros e investigaciones no tienen cabida: no se trataba de alargar la investigación ni de presentar una historia distinta. Para beneficio del lector común y de la intensidad y amenidad, el escritor eligió la economía de lenguaje y de fuentes. Como narrador, Pereira ha sabido tejer, con la pasión del artista, un telón de fondo en su «Presentación», telón que le servirá para hacer aparecer a sus dos protagonistas a través de una técnica similar a la de Plutarco. Sin embargo, aquí no se trata de «Vidas paralelas», sino antagónicas, opuestas, que de algún modo representan, a nivel individual, ese telón de fondo. La representación y la reflexión en torno a las vidas y muertes de García Lorca y Maeztu trascienden la mera función biográfica o historicista: hay una contemplación estética que conjuga a estos artistas no sólo con sus pretensiones ideológicas o políticas, sino sobre todo con sus poéticas, con sus formas de plasmar el pensamiento.

El esfuerzo de síntesis es notable: una situación histórica tan compleja expuesta, sin embargo, con amenidad, tenía —para conservar e intensificar tal amenidad— sostenerse en los dos ejes sobre los que versa el libro: Federico García Lorca y Ramiro de Maeztu. Pereira no se contenta con repetir, reproducir o exponer la historia social, sino que, más aún, pone en relieve, entre el maremágnum, la voz de los intelectuales y sus actitudes frente a los hechos; por ello, desde el texto introductorio, los personajes se van perfilando y desembocando en esas dos actitudes individuales (y colectivas) a que se refiere el título.

Apoyándose sobre todo en Gibson y en la prensa de la época, Armando Pereira devuelve a Lorca su profundo compromiso político, que las derechas franquistas trataron de negar durante décadas; repasa la figura de este poeta, pero también la de sus asesinos, la «escuadra negra». Lo mismo hará al llegar a la menos conocida personalidad de Maeztu. Al elaborar su recorrido por la vida intelectual y la muerte del autor de Don Quijote, don Juan y la Celestina, Armando pone en relieve un hecho incuestionable: los mismos métodos criminales eran practicados tanto por las derechas como por las izquierdas.

Cuando analiza al Maeztu nietzscheanio, quien toma del filósofo alemán la idea del superhombre, sintetiza a la vez el cambio que se operó en el ensayista español: su conversión a la religiosidad y a la idea de que una España conservadora era la mejor alternativa:

En realidad, la España que Ramiro de Maeztu buscaba al final de su vida, y a la que dedicó la fuerza beligerante de su pluma en los últimos años, era aquella que estableciera una continuidad con la de los Reyes Católicos […], la España imperial […], la que había sometido a sus designios a un nuevo continente, la que había expulsado a judíos, árabes y gitanos de su territorio, la xenófoba, la del inquisidor Torquemada, la que obligaba a todo no cristiano a la conversión a una fe única bajo la amenaza de morir en las mazmorras inquisitoriales o en la hoguera, precisamente la España que Federico García Lorca había rechazado siempre.

Para Pereira, Maeztu nunca perdió la esperanza de salir de prisión porque no pasaba por su cabeza la idea de que un simple pensamiento disidente pudiera ser castigado con la vida, y mucho menos en una democracia. Lo que, para el autor de esta biografía comparada, precipitó la muerte de Maeztu fue la confirmación del asesinato de Lorca. Si fue eso, tanto republicanos como conservadores cayeron en la misma intolerancia e intransigencia: «No es posible —dice Pereira— usar los mismos métodos criminales y seguirnos declarando distintos».

Si el libro se inicia con el contexto de la Guerra Civil, en el «Epílogo» su autor retorna a ese mismo contexto, al final de la Guerra. A la España de Lorca, del Frente Popular, a la España democrática que había perdido la guerra, sólo le quedaba el exilio o la persecución, la cárcel, el fusilamiento. Países como México, Francia, la Unión Soviética y la Argentina recibirían a los exiliados. Y a pesar de la victoria de los aliados después de la Segunda Guerra Mundial, la imagen de la España escindida permanecerá casi hasta el deceso de Franco, a mediados de los años setenta. Más de cuatro millones de españoles emprenderían el camino del exilio, aunque también dentro de la España franquista hubo una literatura que se enfrentó a la dictadura. Pereira menciona a algunos escritores paradigmáticos. A mi juicio, le faltó nombrar a un dramaturgo que considero imprescindible, sobre todo por su alegórico drama La mordaza, representación de un autoritario y feroz patriarcado en el seno de una familia cuya casa funciona como microcosmos. Me refiero a Alfonso Sastre y al grupo que fundara en los años cincuenta con José María de Quinto: el Teatro de Agitación Social (tas). Además, Sastre visitó Cuba en 1964 debido a su admiración por Fidel Castro, gesto antifranquista.

Por último, no quiero concluir esta nota sin acotar que Una España escindida, sobre la intelectualidad dividida, aparece en México cincuenta años después de una obra ya poco recordada, pero que merecería serlo: Cadetes mexicanos en la Guerra de España, de Roberto Vega González. Aparece además poco después de Cota 666, de otro hijo de españoles, él mismo miembro de las Brigadas Internacionales, que luchó en la Batalla del Ebro; me refiero a Juan Miguel de Mora. El libro de Armando Pereira y Cota 666 ofrecen dos visiones distintas de la Guerra: el de De Mora, una visión autobiográfica, personal, de los horrores en el campo de batalla; el de Pereira, el despliegue de una pugna intelectual e ideológica que marcó la fisonomía de una nación.

 


Este texto pertenece al libro El engaño colorido y otros ensayos, segunda edición, México: Editorial Praxis, 2012.