Carlos López

 

La literatura guatemalteca explora la realidad humana, social y natural de un país configurado por una multiplicidad étnica difícil de asimilar en el concepto de nación, que ha generado gran parte de su desarrollo histórico en el afán permanente de resolver el conflicto de su diversidad.

Desde los manuscritos de la cultura maya-k’iche’ se escucha la palabra poética de quienes habitaron esta región centroamericana, en su comprensión mágico-mítica del mundo. El documento más completo que narra la génesis de un pueblo mesoamericano es el Popol vuh, rescrito con caracteres latinos entre 1554 y 1558, luego de que el original pintado en vasos fue destruido por los invasores españoles.

La primera forma de literatura española que se dio en América fue la crónica. Juan Rodríguez Freyle ubica en la centuria de 1538 a 1638 los relatos de El carnero, crónica escrita entre 1636 y 1638 (pero publicada, por primera vez, hasta 1859), en Colombia. Aun así, Carlos Fuentes considera que el primer novelista en América fue Bernal Díaz del Castillo, quien formula su discurso literario detrás de una requisitoria económica (tema central de la crónica). En la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (escrita en 1568 y publicada, por primera vez, en Madrid, en 1632) rige la intención de persuadir al lector del merecimiento que se le debe al escritor como protagonista de lo que él considera una empresa imperial y civilizadora. Díaz del Castillo vivió en Santiago de los Caballeros, Guatemala, y fue regidor, es decir, fue parte del poder político colonial, lo que explica el carácter de su discurso.

Tal consideración nos mueve al estudio y análisis de las características en la literatura latinoamericana. La riqueza de ésta diluye cualquier reduccionismo clasificatorio. Más que a su localización según las coordenadas de épocas y géneros —tarea de la historia literaria—, es necesario redefinirla, en el sentido de una nueva lectura y escritura que permita apreciar el alcance de sus discursos estéticos. Mientras persista la percepción escolástica del texto literario, las escuelas, las generaciones y las fronteras entre géneros se seguirán presuponiendo como premisas universales e inamovibles. Esta visión ahuyenta a los lectores y a los estudiantes de la literatura.

Una perspectiva —entre las diversas que se han formulado— es la que pregona que la literatura es una cuestión social, por lo que es necesaria una nueva interpretación de la labor literaria latinoamericana, para confrontar teorías. La cultura en una sociedad no tiene historia autónoma, original; su historia, la lógica que rige su funcionamiento y desarrollo se encuentra fuera de ella. Según Francoise Perus, «la esfera literaria, relativamente autónoma por su misma especificidad, y poseedora de determinada “tradición” en cada situación concreta, no tiene, sin embargo, una historia propia, es decir, una lógica intrínseca capaz de explicar las líneas fundamentales de su movimiento histórico. La lógica de su desarrollo no es, en última instancia, otra cosa que la historia de las determinaciones sociales que rigen los procesos de producción y reproducción de la literatura, incluyendo entre estos últimos los mecanismos de promoción/represión institucional, la labor llamada “crítica” y los demás efectos de la ideología sobre el “gusto”, la educación y la formación de “públicos”».

Al respecto, en los programas de estudio oficiales se notan las preferencias ideológicas de quienes planifican los contenidos escolares, donde se incluyen textos literarios en los que prevalece la tradición costumbrista, naturalista, folclórica, no los libros en donde se tratan temáticas que abordan la problemática socioeconómica o historicopolítica de los guatemaltecos. Desde la escuela primaria se impulsa a ciertos autores, no siempre a los más representativos de la literatura de calidad. A esto se agrega la formación de lectores por medio de la recepción crítica de los textos por parte de quienes hacen las reseñas en los medios de comunicación guatemaltecos, que están en contubernio, a veces de manera inconsciente, con las políticas públicas de los regímenes políticos o que obedecen a las leyes del mercado editorial y se convierten en voceros del mejor postor.

Por otra parte, la censura —y los avatares de quienes la evaden con diversos mecanismos para sobrevivir— y la autocensura son dos problemas mayores, que se suman a las dificultades económicas que los autores deben enfrentar.

Se trata de acceder a las obras ya no sólo para respondernos dónde están éstas y proceder a su descripción, sino para aventurar nuevas preguntas: ¿qué dicen?, ¿por qué dicen?, ¿quién habla desde el otro lado del texto?, ¿con quién dialoga? Pero, para que esto sea posible, se debe solucionar antes la etapa de la datación y el cuidadoso recuento del acervo literario generado por una sociedad.

Éste es el principio motor del presente libro, que recoge información biobi­bliográfica de escritores cuya trayectoria individual, vista en el conjunto de su circuns­tancia social, nos reporta datos significativos: varios de ellos han sido funcionarios públicos en distintas administraciones; inclusive, dos ocuparon el más alto cargo de la administración pública (Antonio José de Irisarri, presidente de Chile de manera efímera, y Juan José Arévalo, durante la frágil democracia que vivió Guatemala de 1944 a 1954); algunos se exiliaron, otros fueron asesinados o premiados.

La secuela de lo anterior dejó un saldo negativo, pues los que sobrevivieron a los distintos regímenes políticos que padeció y sufre en la actualidad el país tuvieron que someterse a los designios de los gobernantes, por cooptación, por conveniencia o para cumplir un papel denigrante que la historia registra en todos los tiempos y en todo el planeta, la de ser los jilgueros del poder.