Juan Antonio Rosado

Tarcisio Herrera Zapién, traductor del poeta latino Horacio, afirma que este poeta «proclama que el arte es una larga paciencia en el estudio de la sabiduría, e implícitamente hace saber que tan sólo tendrá auténtica vitalidad la obra del poeta que estudia con seriedad en el volumen y sólo en una etapa posterior se aplica a observar la vida misma». Esta concepción es muy lejana a la del poeta empírico o improvisado.

A continuación, presento las siguientes ideas que tomo del Arte poética de Horacio.

 

  1. Que lo que intentes sea por lo menos único y simple.
  1. Ni la facundia ni el orden lúcido abandonará a quien elija un asunto a su alcance.
  1. Habrás dicho egregiamente, con sutileza y cautela al enlazar las palabras, si una astuta unión volviera nueva a una palabra sabida.
  1. Si no puedo y no sé conservar los sucesos descritos y los colores de las obras, ¿por qué me aclaman poeta?
  1. La belleza de los poemas no es bastante. Que sean dulces y lleven el ánimo del oyente a donde desean.
  1. La poesía es como la pintura. Hay una que te cautiva si te hallas más cerca, y otra, si más te apartas.
  1. El poema se apresura hasta el meollo y arrebata al oyente en medio de los hechos.
  1. El saber es el principio y la fuente de escribir bien.
  1. Cualquier cosa que escribas, sé breve, a fin que tus palabras perciban ánimos dóciles y retengan fieles.
  1. Quien mezcló lo dulce a lo útil ganó todo sufragio.
  1. Donde muchas cosas brillan en un poema, no he de ofenderme por algunas manchas que, o el descuido ha derramado, o la humana naturaleza poco evitó.
  1. Yo no veo de qué sirve el esfuerzo sin la rica vena ni el ingenio rudo; así una cosa pide el auxilio de la otra y se asocia amigable.

Finalizo con la siguiente reflexión.

 

Castigar las palabras

Tal vez, entre los males de los que puede padecer un escritor, dos de los más graves sean el estreñimiento verbal y su contrario, la verborrea. Juan José Arreola aconsejaba castigar la frase, las palabras, hasta lograr concisión de forma, la intensidad necesaria para captar la atención, virtud que sólo se conquista con la experiencia y el equilibrio verbal, es decir, con el buril de la razón sobre el cuerpo del texto. Se trata de aplicar el célebre bullshit detector de Ernst Hemingway, pero también de hacerle caso a uno de los puntos del «Decálogo» de Horacio Quiroga: no escribir bajo el imperio de las emociones. El problema de las emociones y la necesidad de «exorcizarse», de sacar los demonios que «atormentan» el «alma» no es sino uno más de los muchos mitos románticos que aún invaden las letras. Siempre he dicho que lo mejor para un autor que padece problemas emocionales no es multiplicarlos en un texto, sino acudir a ayuda profesional. Luego, de un modo más sereno, con la ayuda de la razón que controla y busca los efectos apropiados, podrá verter esos «demonios» en el papel y contarnos su historia. Así lo han hecho los grandes autores de todas las épocas. No hay como cierta serenidad para sentarse a escribir.

Lo anterior viene a colación porque hay obras excesivas, en las que es notoria, desde el inicio, una «fórmula mágica» que puede parecer sorprendente, pero después, con el paso de las páginas, se revela una insistencia, una obstinación en la misma fórmula. Entonces el lector se percata de que este o aquel recurso ya no sorprende, sino que empieza a causar tedio por lo repetitivo. El autor verborreico no supo equilibrar el texto, se emocionó con el despilfarro verbal, y en lugar de publicar un excelente libro de 180 páginas, prefirió sacar uno de 600, de las cuales la mitad es «paja». Más que con los libros de investigación, lo anterior suele ocurrir con la novela, género —diría Ernesto Sabato— «impuro» porque todo cabe allí: cualquier cantidad de digresión es «permitida». Incluso se ha dicho que la novela es una especie de «basurero» donde el autor encuentra pretexto para incluirlo todo. «La novela es extensa; el cuento es intenso», afirma Juan Bosch, de ahí que también muchos insistamos en la extrema dificultad de ese trabajo de joyería llamado «cuento». Por supuesto, hay extraordinarias novelas, caracterizadas por su equilibrio e intensidad, así como por su trabajo poético en el sentido de que nada sobra ni falta. Modelos en la literatura mexicana seguirán siendo La sombra del Caudillo, Pedro Páramo o Los días terrenales, para nombrar sólo tres de la primera mitad del siglo XX.