Marisol Torres Cruz

La herencia de Ixchel no consistió en gallinas, puercos o vacas. Tampoco adquirió las paredes de una casa, ni siquiera dinero. La sucesión residía en la montura de rodillos y varas unidos por hilos de urdimbre; de cuerdas que se atan al cuerpo robusto de un árbol y al talle delineado de una mujer; de un machete y una lanzadera para tramar un arcoíris de imágenes. ¡Sí! Su legado fue un telar de cintura, de madera dura del colorín que pertenecía a su bisabuela.

De joven, en la primavera, Ixchel acostumbraba levantarse de madrugada para ir al campo y esparcir las semillas de algodón que cosecharía en otoño y así bordar, a lo largo de nueve meses, prendas coloridas para vender a otras mujeres y apoyar en el sustento familiar.

La mulata de pies serenos halló el amor la noche de un día. Seguía a un conejo entre los pastos albinos de algodón. De brinco en brinco, el animal se le escapaba hasta desaparecer en el reflejo de la luna, mujer adormecida en el cielo que flecharía a Ixchel con Itzamná.

Él se enamoró de la piel cacao y de las trenzas azabaches que serpenteaban hipnóticas en la cabeza de Ixchel. Ella, en cambio, admiró las manos anchas con las que él moldeaba el jade, el nácar y la obsidiana.

Contrajeron matrimonio y la tierra fue fértil con la joven pareja. De esos pechos erectos y de esos brazos guerreros nacieron trece hijos que, entre los quehaceres de la siembra, la continua atención a los enfermos, el modelado de piedra y el servicio de partera, echarían raíces por distintos sitios.

Unos años más sabia, Ixchel continuaba con su labor de entrelazar color a color tirando de la sedosidad del hilo, aun cuando las ventas de su arte disminuían. «Para mis hijos. Lo que hago es para ellos», le discutía a Itzamná, quien añoraba la facilidad con que sus manos modelaban las ideas que sus ojos ya no distinguían.

Ella, al ver las mañanas corretear las tardes y atrapar las noches, pensaba que alguno de sus hijos no la aventajaría, pero jamás se imaginó que uno a una los vería perecer.

El primero en morir fue su octavo hijo. Sucumbió a causa de la pobreza. Un huracán arrasó con todo a su paso: vacas, pollos, plantas y los granos de café. Toda la siembra se echó a perder. Les prometieron un apoyo que nunca llegaría. La escasez de alimentos agotó las ganas de rugir la tripa que se fue estrujando hasta anudarse.

Otros hijos —el segundo, el primero y el sexto— recibieron constantes amenazas de muerte tras defender los bosques ancestrales e impedir su tala clandestina. Casi todo el pueblo sabía que ellos serían los siguientes. El silencio horadó sus tumbas.

El cuarto, «el recio», y la quinta, «la dueña», pertenecían a bandas de matones: la una contra el otro, luchaban por territorios, por hierba, por nada. «No vuelvan a pisar mi tierra sagrada», les dijo su madre. Pero ellos regresaron, cada uno a su tiempo. «La dueña» volvió como regalo, envuelta en una bolsa negra, y «el recio» perdió la cabeza. Con los brazos doloridos, Ixchel cavó dos fosas y en ellas enterró a sus hijos y sus palabras.

La tercera hija convenció a las otras dos —la séptima y la décima— de que se fueran del pueblo, hacia la ciudad, con la idea de que ahí les iría mejor. Mientras una trabajaba limpiando casas, otra laboraba en una fábrica textil donde doblaba turnos, a fin de cubrir los servicios que en la ciudad eran más caros. Y la décima, entre tanta lectura, jolgorio y estrés, olvidó el camino a su casa.

El onceavo y noveno hijos siguieron la tradición de trabajar el telar, pero uno enfermó, y aunque Ixchel hizo lo imposible para curarlo, el hospital donde fue internado carecía de los recursos para su estabilidad. El otro, que aún vivía con ellos, dejó de salir a la calle al ser apedreado por apoyar la homosexualidad: «no salgas más; ahí afuera te van a matar, y ni tu padre ni yo queremos eso».

Un día, así como así, desapareció la treceava hija. «Se me hace que su hija se fugó con el novio», argumentaban las autoridades. «Solo tiene doce años. Sólo doce. Fue a la escuela y no regresó», replicaba repetidamente Ixchel, mientras sostenía entre sus manos, salpicadas de gotas prietas, unas instantáneas de la niña.

La idea de una gran familia se redujo a un telar.

El ocaso de las tardes dejaría entrever el paso de la tierra cultivada en la ceguera de Itzamná y en las piernas rígidas de Ixchel, quien aún, con dedos hábiles e hincada sobre el petate de palma, urdía de ida y vuelta, con el telar sujeto a la cintura, los hilos ahora carcomidos.

Lo que hasta entonces tenía sentido se convirtió en algo inútil. Un suicidio lentamente consumado, o un homicidio cometido por la sociedad.