Carlos López
Los lapsus linguæ también son conocidos con el nombre de espunerismos (o spoonerismos), en honor del pastor anglicano William A. Spooner, de la Universidad de Oxford, que se hizo popular por cometer este tipo de errores con gran asiduidad. Son conocidos y recordados muchos de sus errores, ya que eran muy divertidos: llamó a un grupo de campesinos «noble tons of soil» (nobles montones de tierra) en lugar de «noble sons of toil» (nobles hijos del trabajo), o cuando describió a Dios como «a shoving leopard to his flock» (un leopardo que arrea a su rebaño) en vez de decir «a loving shepherd to his flock» (un amante pastor de su rebaño).
Pablo Neruda, en Para nacer he nacido, habla de erratas y erratones:
Éste es el sangriento campo de batalla en que los libros de poesía comienzan a doler al poeta. Las erratas son caries de los renglones, y duelen en profundidad cuando los versos toman el aire frío de la publicación.
Hay erratas y erratones. Las erratas se agazapan en el boscaje de consonantes y vocales, se visten de verde o de gris, son difíciles de descubrir como insectos o reptiles armados de lancetas encubiertas bajo el césped de la tipografía. Los erratones, por el contrario, no disimulan sus dientes de roedores furiosos. En mi nombrado libro me atacó un erratón bastante sanguinario. Donde digo el agua verde del idioma la máquina se descompuso y apareció el agua verde del idiota. Sentí el mordisco en el alma.
Mi juventud hallaba en las funestas equivocaciones una fuente espontánea que ayudaba a mi creación enigmatizando mis versos. Hasta pensé en publicar un libro en que cada palabra fuera errata o erratón.
En su poema LXXXIV, Catulo se burla de Arrio, el nuevo rico, pero inculto, en una cuarteta:
Decía ccómoda cuando quería decir
cómoda y hinsidias cuando insidias,
y entonces estaba seguro de haber hablado
magníficamente cuando había dicho con gran
énfasis hinsidias.
En «Este oficio y sus peligros», de La letra e, Augusto Monterroso recuerda: «Con muestras de aflicción, [José Emilio] Pacheco corrige erratas en mi mesa de comedor: pone “los juguetes ilustres” en lugar de “los jugueteos ilustres” que Borges no intentó, y añade con tinta azul al pie de esa misma página 87, este verso o versículo que la imprenta dejó caer: “Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria”, pues considera muy triste que este ofrecimiento, viniendo de un poeta ciego, se pierda entre los jugueteos tipográficos».
Víctor Manuel Torres recuerda que hace treinta años en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam escuchó contar a Eduardo Lizalde una lectura equivocada de Juan José Arreola: «donde decía “lodo y hiel” leyó “lodo y miel”. Lizalde rememoró incluso la emoción de Arreola cuando hizo un alto en la lectura y enfatizó: “¡De lodo y miel! ¡Hermoso contrapunto!”».
Ricardo Yáñez mandó a La Jornada (21 oct., 2024) la siguiente aclaración: «En la columna “Isocronías”, párrafo primero, frase “El autor no sabía escribir, lo confesaba y escribía”, el siempre travieso duende de la imprenta ausentó un en verdad imprescindible qué entre la cuarta y la quinta palabras. Debió y debe leerse de este modo: “El autor no sabía qué escribir, lo confesaba y escribía”. Una disculpa a Hermann Bellinghausen, el autor aludido». Dice Ana Lilia Arias que no fue un duende sino un lapsus.