Juan Antonio Rosado

Goethe, citado por Alfonso Reyes: «Yo soy amigo de las plantas… Pero no soy tan insensato que pretenda que mi jardín ofrezca rosas ahora que estamos a fines de abril». Interpreto esta frase como un ataque indirecto contra la secuencia narrativa sobre la higuera estéril en el Evangelio de Marcos: «Y cuando (Jesús) vio de lejos una higuera con hojas, fue a ver si acaso hallaba algo; sin embargo, no halló sino hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca nadie jamás coma fruto de ti». Y la pobre higuera se secó… Sin importar lo simbólico de esta narración, si nos atenemos al hecho, a la maldición de un dios sobre un fenómeno natural que obedece a ciclos, y si también consideramos que en otras regiones, además de rendirle culto a la fertilidad, había culturas que le rendían culto a la esterilidad, ya que una no se cumpliría sin la otra, no cabe duda de que el pasaje de Marcos es, parafraseando a Goethe, insensato. Y más si lo percibimos como narración mítica, dado que los mitos y parábolas son construcciones simbólicas que expresan verdades para una cultura, y han sido un arma de poder para proporcionar modelos morales a la población, así como para conducirla a la acción.

Este pasaje de la higuera intrigó a Bertrand Russell, quien en su ensayo «¿Por qué no soy cristiano?» lo analiza desde la más elemental lógica que considera la alteridad y sus limitaciones, sobre todo porque en la misma narración se advierte que «no era época de higos». Un ser omnipotente capaz de convertir el agua en vino o levantar muertos pudo haber hecho aparecer higos o hacer que la higuera los diera. En cambio, prefirió maldecirla y secarla. Dice Russell: «Esta es una historia muy curiosa, porque aquella no era época de higos y en realidad no se puede culpar al árbol. Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, Cristo esté tan alto como otros personajes. En estas cosas, pongo por encima de él a Buda y a Sócrates». Es de verdad un pasaje curioso, como también lo es cuando Jesús les destruye sus mercancías a los mercaderes del templo. Me he puesto a pensar: si tal historia es auténtica, ¿no vivían esos mercaderes de sus mercancías? ¿No comían familias enteras de la venta de esos productos? ¿Por qué atentar contra el modo de vida de otros sólo porque, en un espacio concurrido, buscaban clientes para salir adelante? Si el dios que realizó la hazaña destructora fuera de verdad un ejemplo, ninguna iglesia permitiría que la gente lucre ni ella misma lo haría con tantas representaciones o alcancías.

Hay otros pasajes evangélicos, como aquel en que Jesús les arroja demonios a unos inocentes cerdos que sólo estaban allí. En Lucas se lee que los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos, que se precipitaron por un despeñadero y se ahogaron. Sí: todo es «simbólico» y los religiosos podrán inventar las exégesis que quieran. También era simbólico el pasaje del Antiguo Testamento en que Dios extrae a la mujer de una costilla del varón… ¡Tan simbólico que en la Edad Media se consideró que la mujer no fue hecha a imagen y semejanza de Dios, sino del varón, y que ella debía someterse al hombre y servirle como máquina paridora: mulier non est facta ad imaginem Dei! Es preferible, en nuestro siglo, reírse de tales historias y considerarlas anacrónicas, propias de una mentalidad patriarcal que percibía beneficio en la fertilidad, en el «creced y multiplicaos», sin pensar que el exceso de producción, la fertilidad indiscriminada, produce muerte. Tiempo después, en Hombres de maíz, Miguel Ángel Asturias atacará a quienes talan bosques para sembrar maíz, debido a la demanda de dicho producto. En ese libro se afirmará que dicho acto es como prostituir a la madre, pues la Tierra, le pese a quien le pese, siempre ha sido la madre por excelencia y merece el respeto de quienes la pisan y siembran.