Juan Antonio Rosado Z.

Tal vez la nouvelle más lograda de Carlos Fuentes (1928-2012) sea Aura (1962), que acusa un influjo positivo tanto del cuento «La cena», de Alfonso Reyes (también de estructura cíclica) como de Los papeles de Aspern, de Henry James, de estructura tradicional, lineal. La fuerza de las atmósferas de estas dos narraciones: la casa inmensa y oscura (herencia de la novela gótica), donde viven dos mujeres, una joven y una vieja, es perceptible en Aura, y podría afirmarse que esta obra es una parodia de las dos precedentes; parodia en el sentido de inversión, cambio o ridiculización del o de los discursos anteriores. Por ejemplo, en Los papeles de Aspern hay una voluntad por parte de un crítico literario de ir a buscar los papeles del gran poeta Aspern (basado en Shelley y Byron, pues James mismo afirma que la trama está basada en una historia real). En cambio, en Aura, Consuelo contrata a un historiador joven para que reescriba las memorias (malas) de su difunto esposo. La parodia en Fuentes es muy clara.

Hay otros influjos decisivos en Aura: el libro La bruja, del historiador francés Jules Michelet (de donde el autor mexicano toma el epígrafe), así como el prurito de la antigua alquimia china, que nunca consistió en la obtención de ninguna piedra filosofal ni de ningún metal, sino de la eterna juventud. Justamente, Consuelo, a través de la brujería, atrae al historiador, Felipe Montero (que en realidad es su propio esposo, el general Llorente, de joven), por medio de una invención: Aura, quien no es sino ella misma también en su juventud. Una de las interpretaciones posibles de la palabra Aura es oro (de aurum), el metal brillante, siempre nuevo, así como el «aura infernal» de la que habla Michelet cuando este historiador afirma que con la llegada e implantación del cristianismo la mujer empieza a estar habitada por los demonios, que la llenan «de un aura infernal», haciéndola pecar. Michelet, asimismo, se refiere a la saga, que es la sabia hechicera. De ese modo Fuentes nombra al conejo, animal asociado a los poderes de la oscuridad por su tendencia a salir en la noche. El historiador francés sostiene que la bruja se vestía de verde luego de hacer el pacto diabólico. En la obra de Fuentes, Aura se viste de ese color.

La palabra aura puede a su vez interpretarse como la tercera persona singular del verbo francés avoir (habrá, tendrá). La nouvelle de Fuentes está escrita en tiempo futuro y contiene partes en francés. Parece que la bruja Consuelo habla en segunda persona, como si fuera una conciencia superior que le ordena al personaje-títere qué hacer, a dónde dirigirse. Dicho sea de paso, el uso de la segunda persona gramatical había aparecido en la novela La modificación (1957), de Michel Butor, pero en tiempo presente. Como Aura es una invención imperfecta, sólo dura tres días, el tiempo que dura la narración cíclica. «Nunca he podido mantenerla a mi lado más de tres días», confiesa Consuelo. Al final del libro se lee: «Volverá, Felipe, la traeremos juntos», y casi al principio: «Le dije que regresaría». Por tanto, los personajes viven atrapados en un lapso de tres días que se repite infinitamente. En el segundo día, por ejemplo, Felipe Montero («el que monta») mira a Aura como a una mujer de cuarenta años: «la muchacha de ayer […] no podía tener mas de veinte años; la mujer de hoy […] parece de cuarenta: algo se ha endurecido, entre ayer y hoy, alrededor de los ojos verdes». Tal vez Fuentes quiso hacer una asociación repentina con la Tita de la obra de Henry James, que tiene cuarenta años. Puedo afirmar que el sentido ritual de Aura está representado justo por un erotismo circular. De hecho, el erotismo vinculado a lo sagrado es clave en la siguiente secuencia:

Aura, de cuclillas sobre la cama, coloca ese objeto contra los muslos cerrados, lo acaricia, te llama con la mano. Acaricia ese trozo de harina delgada, lo quiebra sobre sus muslos, indiferentes a las migajas que ruedan por sus caderas: te ofrece la mitad de la oblea que tú tomas, llevas a la boca al mismo tiempo que ella, deglutes con dificultad: caes sobre el cuerpo desnudo de Aura, sobre sus brazos abiertos, extendidos de un extremo al otro de la cama, igual que el Cristo negro que cuelga del muro con su faldón de seda escarlata, sus rodillas abiertas, su costado herido, su corona de brezos montada sobre la peluca negra, enmarañada, entreverada con lentejuela de plata. Aura se abrirá como un altar.

En esta obra —a mi juicio, la primera novela erótica mexicana— se recupera el aspecto sagrado de los rituales eróticos tanto precristianos («paganos») como «satánicos», ya en el seno de la cristiandad. Toda proporción guardada, ocurre algo similar a lo que había hecho José Juan Tablada (1871-1945) en su poema «Misa negra» (1898), el primer poema verdaderamente erótico (no amoroso, sino erótico) de la literatura mexicana. Por ello, me parece pertinente cerrar este breve ensayo con el poema de Tablada:

Misa negra

¡Emen Hetan!

(Cri des stryges au sabbat)

¡Noche de sábado! Callada

está la tierra y negro el cielo,

palpita en mi alma una balada

de doloroso ritornelo.

El corazón desangra herido

por el cilicio de las penas

y corre el plomo derretido

de la neurosis en mis venas.

¡Amada, ven! Dale a mi frente

el edredón de tu regazo,

y a mi locura, dulcemente,

lleva a la cárcel de tu abrazo.

¡Noche de sábado! En tu alcoba

flota un perfume de incensario,

el oro brilla y la caoba

tiene penumbras de santuario.

Y allá en el lecho do reposa

tu cuerpo blanco, reverbera

como custodia esplendorosa

tu desatada cabellera.

Toma el aspecto triste y frío

de la enlutada religiosa

y con el traje más sombrío

viste tu carne voluptuosa.

Con el murmullo de los rezos

quiero la voz de tu ternura,

y con el óleo de mis besos

ungir de Diosa tu hermosura.

Quiero cambiar el beso ardiente

de mis estrofas de otros días

por el incienso reverente

de las sonoras letanías.

Quiero en las gradas de tu lecho

doblar temblando la rodilla…

Y hacer el ara de tu pecho

y de tu alcoba la capilla.

Y celebrar ferviente y mudo,

sobre tu cuerpo seductor

¡lleno de esencias y desnudo,

la Misa Negra de mi amor!


Este ensayo pertenece al libro Avatares literarios en México. Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), Colección Al Margen, 516 págs. México, 2017. Aquí se publica con algunas modificaciones y con el agregado del poema de Tablada.