Juan Antonio Rosado Z.

En sus orígenes, la palabra moral significa «costumbre». No hay moral universal ni válida para todos los humanos en toda época y región porque el mismo concepto de «ser humano» se ha transformado con el tiempo y las geografías. ¿Qué es el ser humano? Algo que no se ha completado, pero que, por lo menos, es capaz de razonar y construir representaciones de sí mismo y de su entorno para interpretarlas y proporcionarles sentido, así como sistemas de pensamiento, códigos, normas o mandamientos para conducirse en una realidad contingente y azarosa, que no termina de comprender.

El término «mandamiento» siempre me ha sonado agresivo: denota deber o imposición. Si lo retomo aquí es por dos razones: la primera, como es evidente, porque evoca los diez mandamientos bíblicos tradicionales; la segunda, porque de alguna manera parodia e ironiza el mismo concepto apelando al relativismo cultural y a la libertad, aunque dicha libertad sea relativa, y en todo lugar y tiempo tenga límites. Si hay códigos, leyes, normas, reglas o mandamientos en una sociedad es sólo para que el ser humano no se autodestruya, como de cualquier modo ocurre, pese a esos códigos, normas o reglas que pretenden hacernos «mejores» como humanos. Incluso ha existido la insensatez de tender a una «sobrehumanidad» al alejarnos de la materia para conquistar una supuesta espiritualidad, que no es sino una representación más.

Un personaje de Aldous Huxley —Rampion— parece hablar de muchos de quienes nos rodean en la vida cotidiana cuando sostiene: «Decirles que obedezcan a Jesucristo es decirles que sean más que humanos. Y en la práctica, cuando uno trata de ser más que humano, lo que consigue es hacerse menos que humano. Decirles que obedezcan a Jesucristo literalmente es decirles, de forma indirecta, que se porten como imbéciles y, por último, como demonios». Alude a Tolstoi y a San Francisco, hombres lúcidos que se convirtieron en desequilibrados, como tantos sonrientes postizos o locos dogmáticos llenos de culpabilidad, que intentan «salvarnos» o «redimirnos» entre oleadas de recurrentes crisis en todos los órdenes. Tampoco se trata de volverse al cinismo. Se trata sólo de ser humanos, y lo humano es inexistente sin la materia —el cuerpo y lo que lo sustenta y conserva.

Más que «mandamientos» o «doctrinas», me gustaría referirme a «ingredientes», como los que se usan en una receta para que la vida y la muerte salgan lo mejor posible. A continuación enumeraré los diez ingredientes fuera de contextos específicos. Luego justificaré cada uno por separado, desarrollándolo y evocando el «mandamiento» judeocristiano o bíblico.

Los diez mandamientos para nuestra época y sociedad

I. Antes que a nadie, te amarás a ti mismo para luego ser capaz de amar a los demás y a todo lo que beneficie a la humanidad. Quien no está sano no puede dar salud; quien nada posee nada puede dar.

II. No les darás tanta importancia a las palabras de los demás, sino antes a sus acciones y actitudes.

III. Utilizarás las fiestas para ser otro distinto de quien eres habitualmente.

IV. Respetarás a tus padres, pero también, ante todo, les exigirás respeto.

V. No matarás salvo para defender tu vida o la de un ser querido y de preferencia puedas probar que lo hiciste por eso.

VI. Ejercerás con libertad tu sexualidad, deseos, impulsos y pasiones cuando te sea posible, sin dañar a los demás, a solas o con otros, en la intimidad y sin forzar la voluntad de nadie.

VII. No robarás ni plagiarás ni serás corrupto en un contexto de legalidad y legitimidad, por más reducido que sea este último.

VIII. No mentirás ni engañarás, salvo cuando tu integridad física o moral (o la de otros) corra peligro, y sólo puedas evitarlo mintiendo.

IX. Desea, imagina y piensa lo que quieras, siempre y cuando no dañes a nadie en la realidad.

X. Codicia o anhela lo que sea lícito, y si puedes, intenta alcanzarlo, pero siempre de modo legal, sin dañar al otro o a quien posee lo que codicias.

 


El presente texto se incluirá en un libro de ensayos sobre arte y moral, de próxima aparición.