Juan Antonio Rosado Z.

Para Rubén Darío, Edgar Allan Poe (1809-1849) fue el «cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la muerte» y también «el príncipe de los poetas malditos» y «uno de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano». Antes, Charles Baudelaire había escrito de él que llevaba en su frente la palabra desgracia. A estas percepciones románticas se agregan las que generó su legado literario. El poeta nicaragüense destaca en el estadounidense su facultad musical y su fuerza matemática. Esta visión sobre Poe es certera y él mismo se encargó de difundirla. Basta leer ensayos como «La filosofía de la composición» para darnos cuenta de la conciencia de forma que nunca abandonó al poeta. Edgar Poe tiene razón cuando nos revela que en el arte literario no hay nada azaroso: todo es premeditado, los elementos que conforman la obra artística están allí porque el escritor ha calculado y probado que su incorporación funciona. El autor aplicaba su cerebro matemático y geométrico a la creación para lograr concisión, intensidad y, sobre todo, los efectos adecuados. Por ello pudo inventar a un personaje como Auguste Dupin, uno de sus alter ego, el detective en quien se basarán los posteriores autores de narraciones policiacas.

Tras la muerte de Edgar Allan Poe, acaecida el 7 de octubre de 1849, Baudelaire no sólo se lamentaría (en sus Fusées) de la «americanización» del mundo, de ese afán por parecerse a los Estados Unidos en cuanto al culto de lo material y el utilitarismo, sino que también —en su biografía del artista estadounidense— se convence de que la nación norteamericana fue una prisión para Poe. Este autor nacido en Boston el 19 de enero de 1809 y muerto en Baltimore fue un poeta —y aquí utilizo dicho término en el sentido general de creador— que buscó el efecto, la tensión, la constante intriga, pero jamás cayó en la superficialidad: no fue un efectista. Cada elemento en su escritura matemática posee una intención, y la racionalidad desempeña el papel central incluso cuando leemos los sucesos más perturbadores o irracionales (enterrados vivos, magnetismo y mesmerizaciones, naufragios, pesadillas, asesinatos, crueldad…) e incluso cuando se alude al alcohol o al opio, drogas que este autor llegó a utilizar de manera asidua, y que terminarían perdiéndolo. Pero Poe, en sus narraciones, no deja cabos sueltos. Por ello obtiene un equilibro entre la predominante prosa narrativa y la argumentativa. Un caso tal vez único en que se conjuga lo anterior con la transformación del personaje es «El escarabajo de oro», uno de sus mejores cuentos. En todas sus narraciones, los efectos quedan a cargo de las descripciones, a menudo muy sensoriales, llenas de color y plasticidad, con contornos fijos y precisos aun cuando despliega las prosopografías más grotescas, crueles o perturbadoras.

Como autor romántico, admirador de Lord Byron y Coleridge, se rebeló contra la rigidez y se sumergió en el llamado irracionalismo creador: hizo de su propia vida una obra de arte (trágica) en gran medida porque no pudo escapar de sus circunstancias. La primera de ellas fue haber nacido en una incipiente nación que apuntaba a la industrialización y al materialismo; la segunda, el haber quedado huérfano de niño y ser adoptado por John Allan, hombre intransigente, rígido, que a la postre significará lo contrario de las aspiraciones de Poe, pese a que gracias al estrecho vínculo de Allan con varias revistas inglesas (a las que representaba), el niño Edgar se relacionó —en Virginia, donde radicaba— con el mundo de la prensa y el romanticismo: cuentos de terror, poesía de Byron, Wordsworth y Coleridge… Como John Allan tenía hijos naturales y en secreto financiaba su educación, se rehusó a adoptar legalmente a Edgar.

Con sus padres adoptivos viajó a Inglaterra, donde permaneció hasta 1820. Luego escribirá sus primeros versos, influido por el romanticismo en boga, y se enamorará de una mujer imposible: Helen, quien moriría en 1824, lo que alteró sicológicamente a Edgar. Un aspecto biográfico que lo marcaría fueron los constantes choques con John Allan por la severidad de este tutor y la inadaptabilidad, la rebeldía de Poe. Cuando este último se enamora de Sarah Elmira Royster, los padres de ambos jóvenes se interpusieron e impidieron la relación. En 1826, el muchacho se incorporó a la universidad de Virginia, experiencia que influirá en el cuento «William Wilson» por su atmósfera de libertinaje, juego, bebida y ambición por el dinero. Esta narración, además, incorpora el tema del doble, que ya había tratado antes, de forma magistral, el narrador alemán E.T.A. Hoffmann, pero Poe lo desarrolla de un modo distinto, con un desenlace tan sorpresivo como impactante. El escritor estadounidense, menos metafísico, menos sicológico que el alemán, se centrará en la tensión, en la intriga, en la inteligencia y en el efecto, como se aprecia casi en toda su obra, incluso en los ensayos y en su crítica literaria, género en que se convertirá en maestro.

La avaricia de John Allan se manifestó desde la experiencia de Edgar en la universidad de Virginia: no le enviaba recursos para que estuviera por lo menos al nivel económico de sus compañeros. Empezó a beber, a enviciarse con el juego, a contraer deudas y a inventar viajes que nunca realizó para impresionar a sus condiscípulos. Como es ya conocido, el alcohol y luego el opio harán estragos en su cuerpo. Mientras tanto, se destaca como estudiante extraordinario, con una mente brillante, privilegiada, apta para los razonamientos matemáticos. John Allan no supo percibir ese talento en su «hijo», y al no darle el dinero suficiente, Edgar tuvo que abandonar la universidad. Su relación con Allan se tornó cada vez más violenta: el joven no quiso someterse a los deseos de su «papá». Con el pesar de su madre adoptiva (Frances, la esposa de John), a quien Poe guardaba cariño y respeto, abandonó la casa y se dirigió a Boston. Trabó amistad con un impresor y publicó Tamerlane and other poems, by a bostonian (Boston, Calvin F.S. Thomas, printer, 1827), su primer libro, sin éxito.

Se incorporó como soldado raso en el ejército, con el seudónimo de Edgar A. Perry. Fue ascendido a sargento mayor y, por conveniencia, reanudó relaciones con John Allan. Poe recibió un golpe terrible: murió su madre adoptiva. También redactó un extenso poema basado en el Corán  y titulado «Al Aaraaf» (1829), lleno de colorido, alusiones eruditas, sinestesias y extraños paisajes: cascadas, alas de ángeles, doncellas, flores con melodías, olores, sonidos, sombras, luces… En este poema aparece el nombre de Ligeia, que el poeta reutilizará después en un cuento.

Debido a la muerte de Frances, el tutor Allan intentó ser amigable y apoyó la idea de que Edgar se uniera a la academia militar de West-Point. Mientras esperaba entrar en ese lugar, vivió en casa de su familia biológica: la abuela, la tía Mary Clemm, el hermano Henry y la prima Virginia Eliza. Pudo publicar por fin un libro de poemas donde incluyó «Al Aaraaf», «Tamerlane» y otras piezas. En 1830 fue aceptado en la academia de West-Point, pero estuvo poco tiempo. Al igual que el poeta alemán Friedrich Schiller, Poe sintió tristeza y opresión. Sólo lograba la libertad en el pensamiento, en la imaginación, en la escritura. Hay una gran diferencia: si Schiller huyó, Poe, en cambio, se hizo expulsar, no sin antes hacer que los cadetes costearan un nuevo poemario. También se cree que salió porque su tutor no le enviaba dinero. Como haya sido, Edgar decidió probar fortuna (sin éxito) en Nueva York. Es 1831. El 27 de marzo de 1834 moriría el millonario John Allan sin heredarle ni un centavo a Edgar.

En agosto de 1835, en Richmond, Virginia, consiguió trabajo de redactor y crítico para The Southern Literary Messenger (fundado por Thomas Willis White el año anterior) gracias a un premio que ganó con su cuento «Manuscrito hallado en una botella». En este periódico había ya publicado, entre otros cuentos, «Berenice», «Morella», «Leonizando» y «Hans Pfaal» y luego, en 1837, publicaría, en dos entregas, un fragmento de la novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Su pluma incrementó de modo considerable las ventas de la publicación, pero el sueldo era tan bajo que terminaría abandonando el trabajo en 1837, aunque siguió colaborando con textos de forma esporádica. A Richmond llevó con él a su tía Mary y a su prima Virginia, con quien se casaría en mayo de 1836. Ella tenía 13 años y él 27.

 En 1838 se mudó a Filadelfia, Pensilvania. Al año siguiente apareció su primer libro de cuentos: Tales of the Grotesque and Arabesque (Cuentos de lo grotesco y lo arabesco). Recibió los derechos de autor, veinte copias del libro, pero ni un centavo. Después de la muerte de Edgar Allan Poe, el poeta francés Charles Baudelaire escribirá que los adornos grotescos y arabescos «rechazan la figura humana». La literatura de Poe es, en efecto, extra o suprahumana, y su personaje es un hombre de facultades superiores, hiperracional, intuitivo, muy inteligente y, por ello, a veces (no siempre) perverso y cruel; otras logra sobrevivir o dar con la solución de un problema mediante la inteligencia y la intuición. Casi todos los personajes centrales de sus cuentos son él mismo. Otro aspecto del que ya se había percatado Baudelaire: en los cuentos de Poe no hay amor. Se representan muchas emociones; en particular, la violencia y la melancolía, como veremos más adelante, pero el amor como tal no subsiste.

En febrero de 1841, Edgar empezó a trabajar para George Rex Graham como editor de la Graham’s Magazine. Allí dio a conocer al inteligente detective Auguste Dupin, protagonista de «Los crímenes de la calle Morgue», el primer relato detectivesco de la historia de la literatura; también aparecieron otros cuentos, como «Un descenso al Maelström». En enero de 1842 se le manifestó por vez primera la tuberculosis a su mujer Virginia. El escritor se deprimió tanto que recurrió a la bebida con mayor intensidad. Amarguras y éxitos se van mezclando. El escritor abandonó la publicación porque quiso fundar su propia revista, cosa que nunca logró. A finales de ese año y principios del siguiente, publica, en Ladies’ Companion, «El misterio de Marie Rogêt», basado en un caso real ocurrido en Nueva York, aunque el escritor lo sitúa en París. Es la segunda narración con Auguste Dupin como protagonista. La tercera sería «La carta robada», que aparecerá en The Gift en 1844.

Un año antes, en 1843, se enteró de que el Philadelphia’s Dollar Newspaper convocaba a un concurso; el premio consistía en 100 dólares. Ya había enviado «El escarabajo de oro» a Graham, pero se lo pidió de regreso para mandarlo al concurso… y ganó. A mi juicio, se trata de uno de sus mejores cuentos. Aquí el personaje es dinámico y su transformación se justifica. Horror, intriga, tensión narrativa, datos ocultos e inteligencia se conjugan de modo tan afortunado que por ello es un clásico y su lectura sigue atrayendo a miles de lectores. Se publicó en junio, en dos entregas y en el mismo Philadelphia’s Dollar Newspaper. Luego se reprodujo en el Saturday Courier. En 1845 se traduciría al francés y dos años después, a partir de la versión francesa, al ruso. Baudelaire lo traduciría de nuevo al francés en 1856. Este relato inspirará a Robert Louis Stevenson para concebir su Isla del tesoro (1883).

En 1844 Poe se mudó otra vez a Nueva York y al año siguiente se hizo editor de The Broadway Journal, pero pronto quebró la publicación y el escritor se vio de nuevo desempleado. La salud de su esposa, atacada cada vez más por la tuberculosis, empezó a declinar. En enero del siguiente año aparece su poema narrativo «El cuervo», en el que llevaba pensando largo tiempo y concluyó en la granja de Bloomingdale, donde al parecer se encontraba el busto de Palas Atenea al que se alude en este clásico. Fue impresionante el éxito de «El cuervo» y Poe se convirtió en autor universal por la musicalidad, el ritmo, las cadencias. Él mismo lo recitaba en público. Hubo envidias, pero también amistades y mucha reflexión. En su conferencia sobre el principio poético, define la poesía como «creación rítmica de la belleza», cuyo único árbitro es el gusto y sólo se relaciona, de modo colateral, con el intelecto o con la conciencia, «a menos que, incidentalmente, no tenga nada que ver con el deber o con la verdad».

Su esposa Virginia falleció a inicios de 1847. Poe se sentirá emocional, moral y físicamente devastado, a pesar de la cercanía de algunas mujeres y amistades. Era también un hombre incómodo para muchos, a causa de lo incisivas de sus críticas en los periódicos, pero también debido a lo que Julio Cortázar —uno de los grandes especialistas y traductores hispanoamericanos de Poe— llamará «envidiosos profesionales». Tras la muerte de Virginia, surge el «poema en prosa» (en realidad, ensayo) titulado Eureka (1848). Allí se explaya el pensador, el filósofo que intenta explicarse el origen del universo como unidad y no multiplicidad: «todos los seres y todos los pensamientos de los seres, con toda su inefable multiplicidad de relaciones, nacieron a la vez a la existencia de la primordial e independiente “unidad”», y también: «la condición de unidad es lo que buscan los átomos».

Existen muchas teorías sobre la muerte de Edgar Allan Poe. Lejos de llegar a la verdad, se multiplican las «verdades». ¿Cómo y por qué murió? ¿Alcoholismo? ¿Rabia? ¿Tumor cerebral? ¿Envenenado por monóxido de carbono? ¿Por metales pesados, debido al alto índice de mercurio? ¿Cólera, a la que estuvo expuesto en Filadelfia, y de ahí que haya tomado cloruro de mercurio, recomendado por su médico? ¿Gripe que se convirtió en neumonía? ¿Le dieron una paliza, ya sea por un lío de mujeres o por hurto? ¿Asesinado por los tres hermanos de Sarah Elmira Royster, que estaban contra el matrimonio de su hermana con Poe, unión que se hubiera llevado a cabo ese mismo mes? ¿O acaso falleció como consecuencia del llamado cooping, práctica decimonónica que consistía en secuestrar a un ciudadano el día de elecciones, cambiarle la ropa, emborracharlo y hacerlo votar por un candidato específico muchas veces, con identidades y disfraces diferentes, y luego abandonarlo en la calle? Habría que llamar a Dupin, el célebre personaje, a fin de que resuelva el caso de la muerte de su creador.

Transgresor e inadaptado, Edgar Allan Poe se condujo a contracorriente, como Schiller, Byron y otros románticos. El horror, a menudo inexplicable, como en el cuento «La máscara roja», refleja sus propios temores. Incluso sus textos satíricos y humorísticos se hallan impregnados de asuntos macabros o grotescos, como en «El rey Peste». Con toda razón, Cortázar afirma que mientras Nathaniel Hawthorne escribe «relatos de hombre normal», Poe lo hace «de hombre anormal». Pero en su obra, lo más visible es el razonamiento. En «La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall» hay autoironía: es un cuento que se burla de sí mismo en tanto cuento.

Poe suele darles prioridad al retrato y a la argumentación incluso cuando narra. La mayoría de sus personajes son retratos con frecuencia inamovibles, estáticos, como Dupin o Pfaall, aunque el retrato se diluya. Otras veces, lo dinámico del personaje consiste en un cambio radical sin habernos internado en su interior profundo, como con el asesino de «El gato negro». Pero Poe es maestro de la intriga y de la tensión narrativa gracias a su empleo —con premeditación, alevosía y ventaja— del dato oculto. Por ejemplo, en «La caja oblonga» todo se centra en la caja y en el extraño comportamiento de un artista a bordo de un barco. El dato oculto genera una tensión que se incrementa hasta el paroxismo con el naufragio. ¿Qué hay en esa caja? Cortázar escribe que Poe se dio cuenta del rigor que exige el cuento como género. Para el narrador argentino, en los mejores cuentos del estadounidense «se nos pone en el drama» sin tanto preámbulo, puente o retrato. No obstante, a menudo Poe empieza sus narraciones en tono explicativo y argumentativo, muy cercano al ensayo: nos introduce en una reflexión y después comienza a narrar, a contar propiamente la historia. En realidad, en lo que más coincido con la visión de Cortázar sobre Poe es que los personajes de este último llevan al límite la «tendencia nocturna, melancólica, rebelde y marginal de los grandes héroes inventados por el romanticismo alemán, francés e inglés, con la diferencia de que éstos actúan por razones morales o pasionales que carecen de todo interés para Poe». Estructuralmente, el artista estadounidense llegó a coquetear con la manera oriental de narrar. En «El retrato oval» —un clásico sobre lo insólito— hay un cuento dentro de otro. Lo mismo ocurre en «La caída de la casa de Usher», cuando el narrador protagonista le cuenta el relato de sir Launcelot a Usher, relato que se interrumpe una y otra vez, lo que genera doble tensión: en el relato principal y en el contado. A Poe le interesó mucho esta técnica empleada en los libros orientales de cuentos, como en Las mil y una noches. Una prueba es «El cuento mil y dos de Scherezada», donde le da una vuelta irónica y terrible a este célebre personaje.

El extrañamiento, lo insólito, una repentina transformación —sicológica u objetiva— pueden sacudir al lector tras una descripción minuciosa cuya finalidad fue generar tensión, o pueden detonar esa tensión y poner en marcha la narración misma. Acaso sea una de las estrategias esenciales en este cuentista emblemático de la tradición occidental. Leer a Poe es enfrentarse con ese ángel de lo extraño de uno de sus cuentos, a mi juicio, más característicos, por la estrecha unión de inteligencia, humor, ironía, crueldad y muerte: lo sublime y lo grotesco en indisoluble matrimonio. A veces, la extrema racionalidad se aplica a lo extraño, a lo insólito. El arma racional lo mismo sirve para descubrir al asesino («El misterio de Marie Roget») que para escapar de él («El pozo y el péndulo»), pero también para —aunada a los impulsos más irracionales— llegar a la frialdad del homicidio («El gato negro»). La transgresión de las normas morales y sociales, o con mayor precisión, el espíritu de perversidad (spirit of Perverseness), tal como se menciona en «El gato negro», y del que no suelen hablar las filosofías, recorre casi la totalidad de la obra de Poe. Me extraña que Georges Bataille no le haya dedicado un ensayo en su libro La littérature et le mal.

Sus temas son heterológicos, ligados a cierta vena del romanticismo: la locura, la monomanía o las perturbaciones sicológicas en general (como en «El método del doctor Tarr y del profesor Fether»), lo diabólico y el mal, el sadismo o la crueldad, lo macabro…, pero Poe va mucho más allá de cualquier romántico. Cortázar destaca la anormalidad en este autor: «nada, diurno o nocturno, feliz o desgraciado, es normal en el sentido corriente». Yo prefiero llamarle heterólogo: el que contempla lo otro. Allí cabe lo anormal o paranormal. Poe es el primer heterólogo de la literatura estadounidense y tal vez del continente. Antes, en Europa, el más célebre y condenado fue el Marqués de Sade. Después de Poe vendrá Baudelaire y más tarde el movimiento simbolista francés, todos influidos por Poe.

Una técnica muy empleada es la distorsión de ciertas imágenes (o la percepción distorsionada) que prefigura al futuro expresionismo. Un ejemplo de lo grotesco es el cameleopardo, Antíoco Epiphanes, el Ilustre rey de Siria, el más poderoso de los autócratas del Oriente. Él sería atractivo si no fuera por la protuberancia de sus ojos, a punto de salir de la cabeza. La obsesión por lo deforme o distorsionado es clara también en «Hop-Frog», apodo de un enano cojo, con «enormes, poderosos y repulsivos dientes». Los bufones y el mismo aspecto del rey terminan de configurar un mundo a la vez cortesano y circense, lleno de humillaciones y absurdas demostraciones de poder. La obsesión por los ojos aparece en muchos relatos, por ejemplo: en «El corazón delator», donde el viejo «tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo azul pálido, con una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo en mí, se me enfriaba la sangre». En «El cuento mil y dos de Scherezada» aparece una criatura con, por lo menos, «cuatro veintenas de ojos». ¿Y quién no recuerda los peces sin ojos en esa misma narración? En «Berenice», los ojos de la mujer «carecían de brillo y parecían sin pupilas». Y sin embargo, en ese texto los dientes se convierten en un siniestro fetiche, en una obsesión enfermiza. Allí es claro que el mal puede ser consecuencia del bien y viceversa («del mal procede el bien», afirma el narrador en «El entierro prematuro»), y también en «Berenice» es contundente «un horror más horrible por ser vago; un terror más terrible por ser ambiguo».

En cuanto al gusto por lo macabro, es notorio en «El rey peste», en «Ligeia», en «El retrato oval», en «Los hechos en el caso de M. Valdemar» y en otros textos, donde suele unirlo a la herencia de la narración gótica, que Poe revitaliza, excepto en el cuento sobre Valdemar, cuyo sobrio escenario consiste tan sólo en una habitación con una cama y un moribundo. En su única novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym, aparece una escena de canibalismo que aún hoy puede resultar perturbadora, así como las descripciones de cadáveres en descomposición, de verdad horrorizantes. Es natural —conociendo Poe a uno de los más importantes poetas románticos, Samuel Coleridge— que haya ecos de «La balada del viejo marinero». En Las aventuras de Arthur Gordon Pym, se propuso generar tensión de principio a fin. Apenas se resuelve una intriga, aparece otra. Incluso las digresiones llenas de datos históricos o científicos producen tensión al estar el lector ávido por saber qué ocurrirá.

Poe siempre fue curioso y exploró los conocimientos técnicos de su época para imaginar viajes inverosímiles en globos muy adelantados para su tiempo, exámenes «científicos» practicados a una momia o aventuras en barcos con terribles naufragios. Además de la frenología y el magnetismo, se adentra en cuestiones filosóficas, lo que le otorga a algunos cuentos una dimensión, una profundidad comparable a la de autores como Hoffmann —sin duda precursor de Poe, aunque este último lo niegue— y del posterior Guy de Maupassant. Hoffmann, por ejemplo, fue el primer narrador en tratar el tema del doble, en particular en la novela Los elíxires del diablo, tema que, con otros matices y de una forma muy distinta, tratará Poe en «William Wilson».

Como ya lo mencioné, el mar, los naufragios y la angustia del viaje son temas comunes. Pensemos en «Un descenso al Malström», donde se conjuga la angustia y la desesperación con —otra vez— el raciocinio, el razonamiento como clave de la salvación. El humor negro y la ironía mezclados con lo grotesco se perciben en «Conversación con una momia», donde a la vez el autor aprovecha para hacer una cáustica y despiadada crítica del hombre moderno, del supuesto progreso e incluso del sistema democrático, en que prevalece la tiranía del «populacho».

Es verdad, como se afirma en el párrafo introductorio de «El entierro prematuro»: «Hay algunos temas de interés absorbente, aunque demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen»[1]. Este escritor, con su trabajo artístico, santifica (o mejor, legitima) esos temas. Al creador literario le interesa que su lector se convenza de que lo que lee es «verdad». El texto debe ser verosímil y para ello, según lo expresa Poe en su ensayo «El principio poético», «es necesario severidad, más que la eflorescencia del lenguaje. Debemos ser simples, precisos, lacónicos. Debemos ser tranquilos, calmos, desapasionados. En una palabra, debemos estar en ese estado de ánimo que es, lo más posible, exactamente inverso de lo poético».

Los detractores y críticos más incomprensivos de Edgar Allan Poe han afirmado que sus personajes son «planos», con escasas dimensiones sicológicas. A esto puede responderse que el personaje, aun cuando sea un elemento esencial en toda narración, no es el único elemento. Con frecuencia, las circunstancias e incluso las atmósferas pueden colocarse por encima de los personajes y hacen que ellos dejen una huella imborrable en el lector; si a esto agregamos las prosopografías (descripciones de las apariencias físicas) y las etopeyas (descripciones morales y que se relacionan con las conductas, el carácter, los comportamientos, las motivaciones…), esa huella se intensifica. Poe es excelente retratista, pero sobre todo un maestro de la intriga, de la tensión y de los desenlaces sorpresivos. Por ello y por haber fundado el género policiaco e incorporado técnicas novedosas, es un clásico de la literatura universal.

 


Texto publicado originalmente como prólogo a Cuentos completos y Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe. Mirlo, Íconos literarios, México, 2017, págs. 9-17.

[1] There are certain themes of which the interest is all-absorbing, but which are too entirely horrible for the purposes of legitimate fiction. These mere romanticist must eschew, if he do not wish to offend or to disgust. They are with propriety handled only when the severity and majesty of truth sanctify and sustain them.