Juan Antonio Rosado

Tras una de las presentaciones de mi libro de cuentos El miedo lejano y otras fobias, al final, después de dedicar y autografiar ejemplares a mis amigos lectores, ya a punto de irme, se me acercó un desconocido que con una mezcla de falsa perspicacia (como para dejarme pasmado con una interrogante sagaz y audaz por lo descontextualizada) y de falsa inocencia, me preguntó: «¿Y cómo ve usted la competencia?». Mi reacción inmediata fue una sonrisa y recordar lo que les digo a veces a mis alumnos en los talleres de creación literaria: «Cada obra de arte es única e insustituible; si quieren competir, vendan cremas para la cara o zapatos, no escriban libros ni intenten hacer arte». Desde antes de que se pusiera de moda, en el seno del consumismo a ultranza de la sociedad capitalista, la palabra «competencia» siempre me resultó tan sospechosa como infantil, pueril, superficial, producto de un anhelo por despojar al otro de su suerte para que el despojador sea el «único» o uno de los «pocos privilegiados». En suma, me ha parecido que tal palabreja denota cierta inseguridad, cuando no envidia y resentimiento, una suerte de subdesarrollo mental según el cual la cantidad (de lectores, de dinero, de ediciones, de traducciones, de éxito o de lo que sea) no es un simple medio para difundir la calidad de la obra, sino un fin en sí mismo. Hoy nuestros políticos demócratas compiten porque en el fondo son negociantes: les interesa la cantidad y no la calidad. La figura del servidor público se ha reducido a frases retóricas en los discursos (palabrería). Y si antes hubo escritores o artistas que «compitieron», en realidad se trató de cuestiones más personales que estéticas. ¿En qué pudieron competir las poéticas de Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, siendo tan disímiles y distanciadas? Cada gusto es producto de una educación muy particular, de un proyecto interior, de un deseo que monopoliza porque traza una dirección contundente. Incluso si los temas de dos o más obras son iguales o semejantes, no lo serán ni el tratamiento de contenidos ni el estilo en todas sus acepciones. Cada libro tiene sus lectores; cada obra de arte posee su público; cada lector tiene sus libros, y ese conjunto puede y debe enriquecerse. A un artista sólo puede exigírsele el dominio de una o diversas técnicas, recursos, procedimientos, estrategias, ideas… Lo demás es cuestión de gustos o del azar, si nos preguntamos por la entrada en el llamado «campo literario» o en determinada feria, galería, exposición o sala de conciertos. Acaso sea lo que Georges Bataille llamaba voluntad de suerte. Muchos factores se mezclan en lo contingente, esencia del espacio-tiempo, pero Ingmar Bergman es único, como lo es Fassbinder, Buñuel, Fellini o Tarkovski. Si hablamos de esquemas que se repiten una y otra vez, nos salimos del terreno del arte para entrar en el de la artesanía, sin importar que se produzca de modo industrial o manual, pero aun en las obras artesanales (novelas enlatadas, canciones enlatadas, repeticiones ad nauseam de «machotes» narrativos y personajes), cada obra es única porque algunas variantes tendrá respecto de las demás, aunque los esquemas sean parecidos.

Cabe recordar que en el marco de una vieja discusión sobre si es conveniente o no que cada libro tenga un precio único, en junio de 2006 el poeta Gabriel Zaid, defensor del precio único del libro, lanzó una idea que, a mi juicio, trasciende toda discusión en ese sentido para adquirir dimensiones más profundas. Dijo Zaid: «Al hablar de competencia en el mercado del libro, se olvida que cada título es un monopolio. ¿De qué competencia estamos hablando?» Cada libro, cada obra musical, cada pintura o película son, en sí mismos, monopolios. Esto significa que, a diferencia de la artesanía, el arte es único e insustituible. ¿Quién quiere entonces competir? Un artista debería desear colegas, camaradas y cómplices: un público (cautivo o no) que se haga cómplice de su obra, como lo deseaban autores como Juan García Ponce, y no ridículos competidores.