Juan Antonio Rosado Z.

El siguiente poema en prosa fue publicado recientemente en el libro Orquesta de memorias; equipo editorial: Agustín Cadena, Azucena García y María Elena Ortega. Diseño de portada: Edgar Islas Cruz. Presentación de Agustín Cadena. El libro se distribuye gratuitamente en internet, en este enlace. En el libro de 233 páginas participan ochenta autores de once países. Se divide en los siguientes capítulos: 1) La música de la tierra originaria, 2) De la casa, 3) De los padres, 4) De los abuelos y los tíos, 5) Los fans, 6) Momentos especiales, 7) De los que hacían o siguen haciendo música, 8) Música y reflexiones, y 9) La música como testigo de la historia. Mi texto se ubica en el séptimo capítulo.

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Nací entre corcheas, fusas, semifusas, pentagramas y variados bocados para los oídos. Había notas negras por doquier entre los regaños que mamá, la maestra de piano, propinaba a sus alumnas, y los metrónomos tarareantes de papá, el compositor y profesor de solfeo, armonía, contrapunto y otros puntos del todo incomprensibles para mi mente poco versada en abstracciones. Nací entre cascadas de colores sonoros donde, frente a una repisa de juguetes o a un clóset de secretos, lo mismo nadaban Bach y Bartók que las síncopas de la salsa de un lejano Puerto Rico, la tierra de mi padre. Stravinsky, Orff y Penderecki se combinaban con las cadencias populares de la radio; Chopin y Debussy, con las pistas de música de cine; Berio, Varèse, Messiaen y Stockhausen, con el Tchaikovsky alojado en una cajita musical de madera que aún recuerdo: la barbada efigie del ruso de los cisnes se erguía como triunfo inverosímil. ¡Ah, y el respeto religioso a Ludwig Van!

De los dos a los catorce años, golpeteé las teclas del piano familiar siguiendo mi intuición en blanco y negro, sin entender de aritmétricas ni de fracciones: ni cuatro cuartos ni tres cuartos ni dos cuartos, salvo los dos de aquel departamento en la Ciudad de México, en la Colonia del Valle, cerca de casa de mi abuela con su gran jardín. Era un departamento de comida árabe, por el origen libanés de mi madre, y de infinitas series de televisión cuyos temas musicales aún resuenan en mi mente: el perturbador misterio de Galería nocturna, los motivos jazzeados de El hombre araña y La pantera rosa, la fuerza de Ahí viene Cascarrabias, El túnel del tiempo y Súper Agente 86, las distintas serenidades de Kung-Fu y Señorita Cometa, el himno de Ultra Seven, las tonadas locas de Mi bella genio, Los locos Addams y Los Munsters, y el tema de El Chavo del 8 (yo lo sabía: era la «Marcha turca» de Beethoven). Con el disco de Batman, los niños nos transportábamos a la malicia de la lucha libre, y con Topo Gigio volvíamos a la inocencia. ¿Y cómo olvidar la musiqueta de los comerciales? Era un departamento de enciclopedias, obras literarias y sonidos. Tamborcitos, marimbas de juguete, finas flautas dulces de madera, panderetas y maracas hacían sonar los dedos infantiles.

Y a los diez noviembres ya cumplidos, entre rock, jazz y la llamada música culta, sin piedad ni concesiones, dos pasiones contendieron en mis adentros: la música, luna etérea, emoción pura, organigrama de sonidos, y las letras, sol sin claves emanado de los libros. Hubo pocas discusiones y ambas niñas vencieron sin violencias ni reclamos. A veces, una llevaba la batuta y sobre la otra colocaba su zapato; a menudo, una derribaba a su rival para levantarla de nuevo. Continuó la disputa hasta que mi primera juventud se envolvió de nueva música, y al optar por la guitarra clásica, por fin comprendí aquel asunto de los cuatro cuartos y del becuadro y de los tres cuartos —que ya eran tres en la nueva casa, en la Colonia San Jerónimo—, y entendí también aquello del puntillo y de las claves de sol, de fa, de do, y el resto de las sílabas del himno de mi entonces ignorado tocayo. Sin embargo, cuando la compañera de cuerdas punteadas terminó por traicionarme, volví a las letras sin temor. Para ellas, la sonoridad es perdurable, necesaria melopea, ritmo, armonía, inocuos movimientos trazados en el tiempo.

¿Qué fue mi infancia si no música, insistente parpadeo, ensoñación polisémica de frases superpuestas, maduración paulatina y polifónica de enunciados y trucos y espasmos de risas en clave de luna y clave de sol? En aquella remota prehistoria, mi juego consistía en descubrir la clave de tanto sonido, de tanto ruido organizado en lúcidas secuencias que envuelven el cuerpo y la mente, y si esta clave no se develaba, el juego proseguía sin cesar. Tal vez la vida siga en sonoras cascadas porque aún me resulta imposible descifrar aquella clave: la música, uno de esos misterios por los que vale la pena vivir.

 Ciudad de México, diciembre de 2020