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Juan Okie

 

 

El calor raspa mi lechosa envoltura,

amargo llanto sudor transpira.

Selva de verde ácido,

en el abandono de la fatiga,

mi cuerpo se evapora.

 

¿Acaso mis labios son sal

y los ojos párpados de espinas?

 

En el pantanoso fango,

envueltos en el velo de la niebla,

mis pies se anclan.

 

Negra viuda de follaje infinito

filtras hilos de luz

como savia asesina

cuyas lianas en serpentinos rizos

a los viriles troncos abrazas.

 

Lacanjá, tu traidora melaza arrastra,

con aparente remanso,

las turbulentas aguas.

 

Oculta es en estocada,

lapidario y daga,

en tropel de rocas excitadas.

 

Selva de rascacielos,

amurallada.

Mi paso se confunde con obsidianas

de agua envenenada.

 

Las boas,

asfixiantes lianas.

Las lianas,

fibrosas boas.

Fatal elixir que enamora,

sin sumar los tentáculos de afiebrada felpa

que asechan en la corteza.

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Comparado con la hipnótica serpiente

que se viste de arlequín,

es inocuo el escorpión de oficio torero.

 

Ella, con un solo beso arrebatado,

silencia el latir del corazón

como el tambor del Santo Oficio.

 

A la luz se abre el infinito.

Arena alfombra de marfil

conduce a la líquida esmeralda.

 

Multicolores caricias en danzante bienvenida,

anuncian con sus alas

a la impávida laguna:

Miramar en la lengua avasallante,

Lacantún en el canto del Jaguar.

Chabor aúlla para ahogar su llanto

en el templo de la muerte verde.

Selva Lacandona,

ambiciosos de caoba y zapotillo

hoy desgarran tus ropajes.

 

Lo que en mi niñez fuera verde

ahora se ha tornado en ceniza negra

que sepulta tu memoria.