Captura5

Jessica Barba

Se trata de seres que no sé por dónde empezar a describir. Me han acompañado tantos años que cuesta trabajo distanciarse del cariño que uno les termina por cobrar. En aquellas raras ocasiones que se les ve en libertad, regularmente se encuentran cantando —cuando no chismean— con vocecilla aguda y lengua veloz. Son poseedoras de felicidad incomprensible y de un estado de ánimo inmutable. Obedientes y ordenadas, rinden completo honor a su reina, la Letra Capital.

Tanta devoción es curiosa. Muy pocos tienen el placer de conocer a la soberana. Pasan de boca en boca los supuestos mandatos que llegan —probablemente al revés— a los puntos del final; sin embargo, la fidelidad de ellas es incomparable entre los otros seres de la tierra. Se organizan inmediatamente, no ponen resistencia a la voz de mando, ni tampoco mucho empeño en razonar.

Ya pasan de las diez de la noche. Laura entra a su departamento, mochila al hombro y en la mano una bolsa de plástico con un par de tacones. Calienta un poco de café y se lo sirve; toma uno de los libros apilados sobre la barra de la pequeña cocina. Sus pálidas mejillas ya no conservan ni un poco del maquillaje que se aplicó desde temprano en la oficina. Ella estudia el turno nocturno de la licenciatura en Letras, con dosis promedio de cinco libros a la semana.

Dentro del libro viven aquellos seres de vocecilla aguda y veloz que los humanos llaman letras. Ellas son muy parecidas: unas son flacas y otras, afectas a los dulces, son más regordetas; algunas portan sombreros o bigotes; pero todas visten de negro, como listas para el funeral. Pasaron muchos años esperando esta alegre ocasión en que les fuera posible brincar de su celda de hojas blancas, pues en la vida ellas tienen un objetivo: emanciparse de su realidad como letras y vivir como hormigas. ¿Por qué? Jamás lo entendí, ni ellas tampoco realmente. Creo que en alguna parte de su ser se identifican con las hormigas: negras, pequeñas y ordenadas. Sin embargo, también tengo la teoría de que entendieron mal algún decreto real hace muchos años y, dado que no acostumbran a cuestionarse, permanecieron con tal ilusión.

Ya es de madrugada y Laura sigue leyendo sentada en el sillón de terciopelo verde. Empieza a cabecear. Las letras se mueven de su lugar, «muchas pesadiLlas Hay para aqUellos quE sabiAmenTe no duerMen.» ¿Ya necesitará lentes? Se talla los ojos verdes y da el último trago a ese café, ahora frío de nuevo. «¡El castillo es en verdad una prisión, y yo soy un prisionero!» Esta semana tocan autores de terror del siglo XIX. «Por todos lados puertas, puertas, puertas…», no era muy afecta a las historias de terror, menos cuando tenía que leerlas tan cansada por la noche, «…todas cerradas y con llave». Conserva cruzadas las piernas sobre el sillón y el pie derecho ya se quedó dormido; se le adelanta en el camino. Cabecea. Los ojos se entrecierran. «¡Que Dios me proteja, aunque sólo sea por amor a mis seres queridos!».

Un silbido corto, seco y agudo. Las letras se mueven cual arena movediza, muy sigilosas, prácticamente imperceptibles. Astutas, pausan por completo cada vez que Laura respira y menea la cabeza con desesperación adormilada. Poco a poco, se unen cinco de ellas, las demás hacen una pirámide que las sostiene salidas, como en relieve, de las hojas del libro. Las cinco —d, u, e, r, m y e— forman un quinteto armonioso de vocecillas suaves que encantan con dulzura el oído de Laura hasta que la dejan inmóvil.Captura3

Dos sonidos graves semejan el sonido del tambor. Salen de en medio del libro letras y más letras. Las A mayúsculas, con sus dos patitas muy abiertas al marchar, guían las filas que como tropas descienden de las hojas y suben por la blusa blanca de Laura. Pobre Laura, profundo era su sueño, debió haberlas quitado en ese momento, cual alérgico sacudiéndose insectos irritantes.

Escalan su vientre hasta que finalmente pausan, balanceándose en las clavículas. Al final de las tropas marchan las tres más flojillas —w, x y z— quienes con sus piecitos puntiagudos hacen cosquillas y provocan que Laura se mueva un poco. Alguna O mayúscula y robusta chifla, cual supremo clarín de estridencias extrañas, en señal de orden; las letras asustadas, petrificadas como estatuas de carbón, esperan a que aquellas de la pirámide vuelvan a entonar su mágico canto a cappella.

Pasado el peligro, la misma vuelve a chiflar. Ahora es un sonido un poco más largo pero definido. Un escuadrón de letras U lanza una cuerda amarillenta y con los pelillos salidos a las que están todavía en el libro. Aquellas que son fuertes y tienen manos como las K, C, E y F se acomodan en los márgenes de las hojas y se pasan la soga vacía, hasta insertarla en el centro del libro y pasarla a las letras que esperan escondidas en el fondo. Poco a poco jalan la —ahora pesada— cuerda de regreso; lentamente sale con las letras colgadas: «Al final ella muere».

Redoble de tambores cortos, secos y rápidos que enmarcan el trance fulminante. La larga fila de letras se extiende desde los márgenes del libro hasta la clavícula. Van pasando, de mano en mano, la cuerda con la tétrica leyenda entre los pechos de Laura mientras que aquellas paradas ahí arriba logran escalar hasta los oídos anclándose en los lunares del esbelto cuello de la súpita lectora. «Al final ella muere», repiten la frase; cantan desunidas con sus chillonas vocecillas, cada tropa con su propia sintonía.

Captura4La amorfa canción ruidosa rompe el hechizo encantador de las letras en la pirámide y Laura cobra un poco de consciencia. Sigue con su vista la línea de letras que sale desde el centro del libro, cruza su ombligo y las pierde de vista a la altura de los hombros. Siente que cubren su cuerpo y se retuerce con un escalofrío espeluznante. «Estás soñando», se dice. Pero los piececillos que antes le hicieron un suave cosquilleo ahora le arden en el cuello. La cuerda ya está alcanzando la clavícula y le comienza a picar. En ese momento trata de moverse, de cerrar el libro que yace entre sus manos abiertas, completamente relajadas en el sillón sobre las piernas. No puede, nada de sí reacciona.

La cuerda rodea el cuello. Laura siente los piquetes quemarla cada vez más. La pirámide se desintegra y se deja de escuchar la encantadora melodía. Poco a poco las tropas se unen en una sola pesada melodía. Cantan con vocecillas graves y profundas: «al final ella muere».

El cielo estrellado se observa infinito desde un pequeño agujero debajo de la tierra, puerta de la diminuta ciudad construida cuidadosamente por las hormigas. Se escucha el crujir de las chicharras y el balbuceo de los pocos seres nocturnos que apenas empiezan a despertar. La luz de las estrellas se filtra por el túnel y da un suave brillo al piso arenoso.

En el centro las calienta una fogata, en la que hacen caramelos con pequeños trozos de fruta apilados en astillas de madera. Hoy ninguna de ellas duerme. Con tambores y canciones celebran el día de la independencia. La gran monarca que ya luce cabellos blancos, Hormiga Capital, cuenta a los niños —mientras disfrutan de sus dulces— las historias bélicas que les llevaron a ganar la libertad.