Tal vez uno de los documentos más raros de la Dirección Artística de Actividades Musicales de la Universidad Nacional Autónoma de México sea la conferencia que pronunció el hijo de Béla Bartók en su visita a México. Lamentablemente, este texto llegó a nuestras manos sin fecha y sin el nombre del traductor.

 

Damas y caballeros,

Ante todo tengo que disculparme por leer mi conferencia y también por hacerlo en inglés y no en español.

La familia Bartók vino originalmente de Borsodszirak, un pueblo en la parte central de la alta Hungría. La familia proviene de la nobleza húngara, a pesar de no haber documentos que prueben este hecho. En el siglo XIX, una rama de la familia se cambió a la parte sur de Hungría y allí, en la ciudad de Nagyszentmiklos, el 25 de marzo de 1881, nació mi padre. Mi abuelo era director de la escuela de agricultura allí. Después de la Primera Guerra Mundial, esta población se anexó a Rumania, a la cual aún pertenece.

En esta ocasión no quiero hablar de la música de mi padre. Preferiría contarles algo acerca de Béla Bartók, el hombre.

El excepcional trabajo de una gran hombre no siempre se combina con las excepcionales cualidades humanas. Pero toda la vida de mi padre, a partir de su infancia, fue tan ejemplar que puede decirse, en verdad, que ambos aspectos en él sí se presentaron positivamente. El verdadero carácter de un hombre puede ser visto sobre todo en la vida doméstica, en casa. Me gustaría darles un retrato de la vida de mi padre, de modo que su carácter pueda ser mostrado en esta forma.

Desde muy joven se apartó del medio burgués interesándose por los ideales sociales, artísticos, políticos y pedagógicos de principios de siglo.

Tres características estrechamente ligadas fueron su amor por la naturaleza, su amor por la libertad y el amor por su país.

Amó la naturaleza y las ciencias naturales, estuvo muy interesado en la astronomía y el universo. Su conocimiento de las estrellas, las constelaciones, era impresionante y le gustaba hablarme de ellas en las noches estrelladas. Solía caminar, hacer excursiones y cuando le era posible se iba de vacaciones —al final de cada año escolar— por un mes a las montañas, principalmente a Suiza, donde se recuperaba física y espiritualmente y donde escribió sus trabajos musicales más significativos en la segunda mitad de sus vacaciones de verano. Su amor por la naturaleza se manifestó en su interés por las plantas, los animales y los minerales. Él los conocía bien a todos y los coleccionaba. Desde niño cultivaba gusanos de seda, a los que se llevaba en sus viajes. Más tarde tuvo una bella colección de insectos y un herbario también. Su amor por la naturaleza se manifestó en su interés por todos aquellos cerca de ésta; así aprendió a amar a la gente del campo especialmente. Aprovechaba toda oportunidad para ponerse en contacto con ellos en sus excursiones en las que coleccionaba canciones folclóricas. Antes de la Primera Guerra Mundial, trajo a Budapest varios grupos folclóricos del sur de Hungría para que dieran funciones con canciones folclóricas; los gastos corrían por su cuenta. Él mostraba a estas personas con enorme placer —ya que por primera vez en su vida habían salido de sus pueblos— las vistas de la gran ciudad, las riberas del Danubio, el zoológico, etc. Estos viajes no sólo lo llevaron a Hungría, sino hasta Turquía y los países árabes.

En general, él disfrutaba de sus viajes en los que coleccionaba canciones folclóricas y, si le era posible, se llevaba con él a alguien de la familia. Una vez de regreso, nos contaba sus experiencia de una manera tan animada que las escuchábamos con gran emoción.

Él era un narrador muy divertido y yo disfrutaba sus cuentos llenos de colorido acerca de los largos trayectos a caballo que tuvo con su amigo Janos Busitia.

Mi padre también se interesaba en otras ramas de la etnografía. Estudió las diferentes colecciones de poesía folclórica y además coleccionaba bordados campesinos, instrumentos musicales, muebles, y su departamento estaba lleno de muebles tallados, la mayoría hechos por un campesino húngaro de Transilvania. De la misma manera en que mi padre amaba a la naturaleza, amaba a los niños también y todos sus esfuerzos los dirigió para inspirar a los niños con el deseo de una vida mejor. Además de los libros de estampas que nos daba cuando niños, nos daba también reproducciones artísticas, y durante mis estudios posteriores o en mis viajes los consideré como a buenos amigos. Cuando leía libros para la juventud, él siempre me instruía para seguir los acontecimientos en el mapa. En la esfera musical, él se esforzaba por establecer las bases para la educación de los niños y escribió en su juventud un método para piano, una serie llamada Para los niños, los dúos para violín y más tarde los seis volúmenes Microcosmos, escritos con detalles científicos y minuciosos, todos con la intención de dar a la generación venidera un buen comienzo en la música.

Teniendo en cuenta que el carácter de un niño tiene que ser formado en principio por buenos ejemplos y nunca a la fuerza, él siempre mostró una gran minuciosidad en la educación de los niños. Él llevó a cabo este principio con sus dos hijos, y aunque no recuerdo que él haya alzado su voz alguna vez, él daba sus instrucciones en forma de consejo y su personalidad causaba tal impresión que a nadie se le ocurría contradecirlo. Él encontró muy natural que sus hijos no escogieran una carrera musical.

En sus primeros programas etnográficos en la radio húngara, yo solía ayudarle a sostener el fonógrafo, o con la traducción de la Cantata profana del texto rumano original al húngaro —esto mi padre lo hizo él solo—, solíamos discutir acerca de cuál versificación de los poemas rimaría mejor.

Él amó a Hungría y a los húngaros y siempre hizo énfasis en sus sentimientos patrióticos. Cuando tenía nueve años, escribió una pequeña obra llamada La corriente del Danubio, y aquí él muestra cómo el río más grande es acompañado por música feliz mientras  fluye por Hungría y cuán triste se torna la música a medida en que el Danubio se aleja del país.

Muchos años más tarde, en 1936, cuando fue elegido miembro de la Academia Ciencias, en su conferencia inaugural sobre «Los problemas de Liszt», él defendió fuertemente el origen húngaro de Liszt —Liszt nació en Hungría, pero murió en Alemania—; de este modo, Ferencz Liszt se declaró húngaro. Todo el mundo, húngaro o no, tiene que aceptar y aguantar esta declaración. Pero este amor por Hungría nunca rebasó los límites de la objetividad y nunca menospreció otras nacionalidades o deseó que fueran reprimidas. Como la obra Nuestra música folclórica, la música folclórica de nuestros vecinos demuestra la influencia de la música húngara en el valle del Danubio, él donó en 1930 su propia colección de cilindros fonográficos al Museo Nacional Húngaro con la intención de que con el dinero recaudado él publicaría la colección de música y canciones folclórica de las naciones vecinas por su propia cuenta.

Realizó su trabajo de composición en el más profundo retiro y ponía gran atención para lograr la máxima precisión técnica en la ejecución. En cada trabajo él indicaba el tempo y tiempo con metrónomo y cronómetro. Él probaba los diferentes efectos acústicos de los instrumentos musicales. En los años 20 pidió prestados a una fábrica de Budapest algunos instrumentos de percusión (tímpanos, cembalos) para oírlos en varias condiciones acústicas.

Sus lecciones de piano que garantizaron nuestro sustento le resultaban bastante agotadoras, aunque sólo tenía unos cuantos alumnos talentosos de quienes él quería obtener el máximo rendimiento, pero eso le distraía de su ocupación favorita. Por ello él se vio muy contento de ser relevado de sus deberes en la Academia Musical de Budapest en 1934 y de unirse a la Academia Húngara de Ciencias, donde pudo trabajar a su entera satisfacción en la publicación conjunta de su obra y la de Zoltan Kodály, referentes a una colección de canciones folclóricas. Lamentablemente no vivió para ver su publicación. No era muy aficionado a dar conciertos, en parte porque esto le quitaba mucho tiempo y lo cansaba, pero cuando se presentaba un concierto todas las preparaciones se hacían concienzudamente. Él practicaba de cuatro a cinco horas diariamente tocando con partitura para evitar cualquier problema por falta de memoria.

Cuando se iba de gira, le gustaba visitar los lugares más desconocidos y de regreso en casa —para gran placer nuestro— traía de los cuatro continentes frutas exóticas, carne de reno refrigerada, tarjetas postales y otros suvenires y regalos.

Mi padre esperaba su primer viaje a América con gran placer. Por supuesto que se fue en barco y el 22  de diciembre de 1927 dio su primer concierto en Nueva York; al siguiente día otra vez en Nueva York, luego tres veces en Philadelphia, posteriormente en el Oeste (Los Ángeles, San Francisco, Seattle, Portland).

De aquí a Denver, Kansas City, Saint Paul, Washington, otra vez a Nueva York (cuatro veces), Boston, Detroit, Cleveland, Cincinati y finalmente Chicago, de modo que él vio gran parte de los Estados Unidos. Viajó en tren por todas partes, cosa que no le cansó, pero que le hizo escribir «ya basta». La gente le pareció muy amable en todas partes y él hacía un esfuerzo para ir dondequiera que algo interesante se pudiera ver. El teatro chino de San Francisco le pareció muy interesante y ahí, por primera vez, él escuchó jazz, quedando cautivado. Él estudió el american way of life con sus hábitos poco comunes, así como su comida poco común, todo ello con gran detalles. Coleccionaba anuncios de hoteles, guías de trenes, con la intención de narrar cada cosa muy fielmente. Todos estos objetos todavía existen y muestran un retrato interesante de los Estados Unidos de hace mucho tiempo.

Participó en congresos en el exterior con mucho entusiasmo; por ejemplo, en el Congreso Etimológico en El Cairo en 1932. Fue delegado de Hungría en la difunta Liga de Naciones, en Ginebra. Sus viajes en el extranjero, su búsqueda de canciones folclóricas, su correspondencia, su afición por la literatura extranjera, todo ello exigía un amplio conocimiento de idiomas. Se ocupó muy intensamente del idioma húngaro; lo hablaba muy claramente, siempre con el propósito de escoger las palabras correctas. En su juventud llegó a hablar bien el francés y el alemán; posteriormente, el rumano, el eslovaco y también inglés e italiano. También se ocupó del árabe, el búlgaro, el turco y el finlandés, y al final de su vida hizo algún trabajo en la Universidad de Columbia en serbio y en croata.

Se interesó por la radio y su desarrollo, aunque nunca tuvo un aparato de su propiedad. No conoció la televisión. Él desconfiaba de la música enlatada, convencido de que la música mecánica nunca podría satisfacer al auditorio. Hizo grandes preparativos para su primer viaje en avión. Se interesó también por los detalles del avión y la técnica de vuelo. Era aficionado a las matemáticas, jugaba ajedrez y miraba mis dibujos —seguramente una  materia ajena para él— en la Universidad de Ingeniería, y dejaba que se los explicara a él.

Aparte de su horario fijo en la Academia de Música, él no vivió una vida fuertemente regulada. No ataba su tiempo a su trabajo diario, pero trataba de usar las 24 horas del día de la mejor manera posible. Fue un trabajador sistemático y consciente, con una imaginación prodigiosa. Cuando buscaba un departamento, él siempre se esforzaba por encontrar un cuarto separado, ya que el ruido a través de la pared lo molestaba en su trabajo. Este principio se manifestó plenamente al dividir el departamento cuando él se esforzaba por hacer de su estudio el cuarto más silencioso, y si le era posible, lo cerraba con una puerta doble para evitar todo ruido de afuera. Pero también consideraba la paz y quietud de sus vecinos y siempre cerraba las ventanas para practicar y no molestar a nadie.

Con respecto a sus hábitos para vestirse, él era muy sencillo, nada pretensioso, pero siempre cuidó bien de sus trajes, los cuales se conservaban en muy buen estado después de muchos años. Acerca de la comida, seleccionaba platillos cocinados cuidadosa e higiénicamente. Comía bastante poco y casi nunca probó el alcohol. Él comenzó a fumar ya tarde en su vida; se aficionó a ello durante la Primera Guerra Mundial. Después él quiso dejar el hábito y se ponía muy triste por no poder hacerlo.

En su opinión, el buen ejercicio era muy necesario y él era un creyente de la luz del sol y del aire fresco, puestos muy de moda a principios de siglo. Ya desde los inicios de la primavera, él pasaba mucho tiempo fuera de casa y siempre que se cambiaba de casa escogía un lugar protegido del viento, donde pudiera trabajar con aire fresco y tomar el sol también. La gimnasia en casa también le gustaba y con frecuencia la practicábamos juntos.

Las distracciones en el sentido cotidiano de la palabra le eran desconocidas, ya que él rara vez visitaba teatros, cines, tabernas u otros lugares de diversión. Incluso a conciertos él fue muy raramente. Su más grande diversión era su trabajo y durante el año escolar, además de visitar a los parientes y dar lecciones en la Academia de Música, muy rara vez salía de casa. Aunque no estaba suscrito a ningún periódico, él los leía con toda regularidad y se interesaba por todo lo que pudiera pasar en el mundo.

Su comportamiento con los extranjeros y con las personas desconocidas fue siempre reservado pero cortés; por otra parte, con los miembros de su familia siempre estaba relajado y de buen humor. A todos los amaba y le gustaba estar con ellos. Le gustaba explicar, mostrar y enseñar cosas como resultado de nuevas investigaciones, discos de música folclórica, etc.

Él no dudaba de su propio valor, pero nunca lo enfatizó; siempre se conducía cortésmente y sin pretensiones. En una ocasión lo acompañé en una gira de conciertos por la provincia, donde la cantante húngara María Basilides cantaba, y al llegar mi padre notó que su nombre estaba escrito primero que el de la cantante. Inmediatamente se puso en contacto con el encargado de los conciertos y le dijo que encontraba necesario poner el nombre de la cantante al principio. Para los extranjeros, el comportamiento reservado de mi padre daba la impresión de ser poco amistoso, aunque la verdad era que él tenía un notable sentido del humor; era muy dado a la situación absurda. Él amaba a los miembros de su familia más que a nadie; siempre recordaba los días de vacaciones con la familia. Además de las visitas usuales que hacía a su madre, a quien veneraba, él festejaba especialmente los días de su cumpleaños, y otra cosa que le hacía muy feliz era comprarnos regalos en Navidad y otras celebraciones. Algunas de sus composiciones traen a la memoria la unión con su familia. Muy seguido visitaba a su hermana que vivía en el gran Puszta húngaro, y ahí él comenzó a coleccionar canciones folclóricas.

Incidentalmente de allí también se deriva la música nocturna (La Suite), en la que se puede sentir la atmósfera de las apacibles tierras bajas, sonidos de ranas y otros sonidos familiares inmortalizados por mi padre.

En el curso de los años, su fama creció por todas partes y un segundo viaje a América se hizo realidad. Los preparativos fueron bastante agotadores y todavía pudo abordar el vapor italiano Rex el 3 de abril de 1940 en Nápoles. Esta visita fue más corta que la primera, pero entonces obtuvo un ofrecimiento de la Universidad de Columbia en Nueva York para hacer una investigación en la colección Parry de música folclórica, y eso le dio la posibilidad de hacer su último viaje a los Estados Unidos en octubre de 1940. Este segundo viaje, en compañía de su esposa, le causó muchos problemas. Mi padre no deseaba emigrar; él sólo quería vivir en mejores circunstancias, ya que la situación en Europa se deterioraba. Primero, la mala situación económica; luego la entrada de los Estados Unidos a la guerra y la progresiva enfermedad de mi padre hicieron su vida muy difícil. Las cosas no salieron bien desde el principio. A causa de tantos cambios, se perdieron sus maletas y fue sólo después de cuatro meses que aparecieron. Los alojamientos no le gustaban. En 1941 se cambió a Riverdale, que era más apacible. Mi padre lamentaba profundamente el hecho de que la Universidad de Columbia no hubiera renovado su nombramiento para terminar su interesante trabajo; por otro lado, le dio mucho gusto aceptar el título de Doctor Honoris Causa.

El estancamiento de la vida musical, la huelga de la compañía disquera, todo esto le preocupaba mucho, pero lo peor de todo fue su enfermedad, que también le causaba grandes dificultades financieras. Muchas personas trataron de ayudarle. La ASCAP pagó gastos médicos. Posteriormente, Koussevitzky y Yehudi Menuhin le comisionaron piezas musicales para que mi padre las terminara, pero su pensamiento estaba más o menos dirigido para volver a casa. En este último viaje se había llevado sólo lo más necesario; conservó su piso de Budapest por mucho tiempo, y aquellas cartas que llegaban cada vez con menos frecuencia indicaban que él deseaba regresar a casa a pesar de todas las dificultades. En la última carta que mandó a Hungría, escrita en julio de 1945, al final se puede leer: «Sin embargo, me gustaría irme a casa, pero de una vez y para siempre». Este deseo nunca se realizó. Después de muchos años de enfermedad y dificultades, su vida acabó en Nueva York, donde descansa en paz desde septiembre de 1945[*]. Su genio creativo es reconocido ahora universalmente, no sólo en casa, sino en todo el mundo.

Me causa un especial placer el haber sido invitado por ustedes para asistir a su hermoso Festival Bartók y para conocer mejor su maravilloso país y su gente.

[*]En 1988 sus restos fueron trasladados a Budapest.