elevator

Verónica Guzmán

 

Desde hace una semana, los cables que soportan la tonelada y media del ascensor número 4 se tensan todos los días a la misma hora. La maquinaria se pone en marcha. A través del túnel de concreto, la enorme caja metálica desciende a la planta baja. Se detiene. Abre sus fauces de acero. El frío interior iluminado por la luz blanca de una lámpara, y los muros revestidos de espejos, se miran entre sí, replicando su imagen hasta perderse.

En el tablero de números, se enciende el 25. Giran engranes y poleas. Uno por uno, los números despiertan azules, brillantes: 1, 2 avanza ligero; 3 despacio; algo sucede en el 4. Alto.

Largos segundos de silencio. Otra vez brilla el 25. Las poleas tardan en responder; gimen, crujen, se raspan entre ellas. Comienza el ascenso.

Los números prenden despacio, uno a uno, brillantes, azules: 5, 6, 7, 8, ningún sobresalto; 9, 10, 11, ascenso pesado; 12, 13, 14… Se detiene de nuevo. El timbre chilla en la cabina. Las hojas metálicas se abren de par en par.

En el tablero, la luz del 14 parpadea destellos irregulares.

Afuera, el pasillo de los dormitorios, largo, larguísimo, casi interminable, iluminado apenas en el fondo por un farol de papel rojo. Las puertas parecen lejanas, pequeñas, pintadas sobre la sombra rojiza de los muros.

El ansia y la curiosidad empujan al miedo a explorar: apenas da un paso hacia el corredor cuando una ráfaga de viento, terrosa y violenta, lo sorprende y se introduce como remolino. Un ataque de tos regresa a la cabina. La confusión oprime el 25. Las hojas metálicas reviven, rechinan pesadas sobre su riel hasta cerrar. Bloqueado el ventarrón, todo parece volver a la calma. Un largo suspiro resopla en la cabina.

Brilla el 15, brilla el 16, brilla el 17… Despacio, despacio… 18, 19, aire denso, pesado. Sofoca. Como cuerdas de contrabajo, los cables se tensan, luchan contra la gravedad, ahora cómplice de la mole metálica.

20, 21, los engranes y poleas resoplan exhaustos. Las esquinas chocan contra los muros de concreto. La cabina, antes silenciosa, se llena de agudos lamentos que invaden el túnel. El ascenso continúa…

23, latidos inquietos sacuden las costillas. El golpeteo retumba. 24… se detiene.

Un par de manos cubiertas de sudor se entrelazan nerviosas, un nudo de saliva pasa por la garganta y la respiración agitada consume el oxígeno del reducido espacio. A través del túnel se diluyen, en el vacío, cavernosos ecos metálicos, y adentro del ascensor, la estridente campanilla vuelve a sonar su timbre, pero las puertas no abren.

Incertidumbre y ansiedad hacen estragos en la cabina. El 25 es oprimido una y otra vez. El tablero responde y apaga sus luces azules. Por un segundo la respiración se detiene; se percata de un zumbido ahogado que llega desde arriba.

Dentro del cristal lechoso que encierra a la lámpara de luz blanca, algo se arremolina: un pequeño torbellino en aumento. El zumbido crece. Pequeños objetos oscuros chocan contra el  cristal como balines lanzados desde lo alto; caen por cientos, amenazan, golpean, empujan. El cristal tiembla y al centro…  una fisura. No cesa el golpeteo.

El zumbido opaca la luz y fractura el cristal en miles de pedazos que vuelan en todas direcciones y se estrellan contra los espejos. Por el hueco abierto, se escapa —aturdidor e incontenible— un chorro negro, enjambre furioso de avispas.

Vuelan desesperadas. Chocan entre ellas, contra los muros y las puertas. Algunas caen aturdidas, moribundas, mezclándose con las astillas de cristal. Luego, como si recapacitaran e ignoraran al caos, organizan lo que pareciera una danza ensayada: ráfagas de vientos cruzados se elevan y forman remolinos; vuelan en círculos ascendentes y descendentes. Una espiral de alas interminable en el centro de la cabina se refleja, larga e infinita, en los cuatro muros de espejos heridos.

La temperatura aumenta, el aire asfixia. Pocos metros cúbicos en la oscuridad, saturados, ensordecidos, desquician. El enjambre no deja de aumentar y por el hueco salen más y más pares de alas. Pronto no habrá espacio para volar.

Desesperado, el enjambre empuja, se aferra a la ranura que forman las puertas cerradas, por donde se cuela un tenue hilo de luz, promesa de espacio abierto.

Miles de insectos con el mismo propósito logran una fuerza descomunal. Obligan a las puertas a moverse unos centímetros, suficientes para que huyan algunos y motiven al resto a seguirlos. La ranura, forzada hasta el extremo, se abre por completo. El enjambre sale liberado, llevándose su enorme masa negra y zumbona.

La cabina quedó cubierta por los fragmentos de la batalla librada en su interior. Silencioso, un aliento sofocado cerca del suelo, exaltado y herido por los vidrios, se arrastra en busca de la misma libertad que logró el enjambre. Aturdido, sólo piensa en salir. No importa estar un nivel antes del piso 25: hay escaleras.

corredor

Se aproxima al vano de la puerta abierta y observa las losetas de cerámica del pasillo, tan cerca que distingue algunas pelusas y polvo. Extiende los dedos, alcanza el exterior y toca el frío del suelo; se siente real y seguro. La sensación es interrumpida súbitamente por el movimiento abrupto de las hojas metálicas que se abalanzan una contra la otra, tan rápido que los dedos apenas alcanzan a meterse.

La oscuridad y el silencio regresan a la cabina y una soledad sofocada invade el aire.

Incorporándose sobre pies y manos, el temor mira hacia arriba buscando respuestas. Observa a un costado de la puerta el tablero apagado. Se enciende. Los números azules regresan, más brillantes que antes, iluminados hasta el 24.

La cabina se sacude bruscamente. El 24 parpadea. Desaparece. Sigue el 23. Parpadea. Desaparece. Después el 22, 21, 20… Una horrible sensación de vértigo en el estómago. La sangre fluye desde los pies. El suelo se separa, se escapa, cede a la gravedad. La cabina se precipita hacia el vacío. Los números van desapareciendo en cuenta regresiva: 14, 13, 12, 11, 10…

Cables sueltos zigzaguean como serpientes. El ascensor se desploma en la oscuridad. Los engranes del motor han muerto. El terror es monarca absoluto. Un grito penetrante acompaña el conteo azul: 4, 3, 2, 1.ascensor_rapido

El poderoso estruendo cimbra la estructura del túnel, como si fuese a derribar los cimientos del edificio. Las ventanas vibran y los libros sobre las repisas de las habitaciones más cercanas terminan en el piso. Algunos residentes cierran molestos la puerta de su dormitorio y reacomodan sus cosas sobre los estantes en las paredes. Otros se limitan a suspirar con tristeza y continúan sus actividades como si no hubiesen escuchado nada. Aun así, lo admitan o no, sienten una incómoda punzada nerviosa en la boca del estómago. Los encargados de mantenimiento acuden al vestíbulo de elevadores, y cumpliendo con su trabajo, abren las puertas clausuradas del ascensor número 4, para comprobar que sigue ahí, tal y como lo encontraron hace una semana, destrozado e inerte. Nadie comprende cómo es posible que el eco del aquel impacto siga vivo, y haga temblar los muros del edificio, todos los días a la misma hora, tal como lo hizo entonces, cuando la enorme caja metálica se estrelló al fondo del túnel, comprimiendo al estudiante de nuevo ingreso asignado al dormitorio 2506.