Juan Antonio Rosado Z.

La materia prima de cualquier obra literaria no es sólo el lenguaje, al que un artista otorga la forma adecuada para pretender su supervivencia a lo largo del tiempo, sino también la realidad que le rodea. De allí surge la motivación, el impulso creativo acompañado casi siempre por una o varias intenciones. No importa qué tan fantástica o imaginativa sea una narración: habrá siempre elementos reales que, mediante la función lúdica, el autor seleccione y combine de modo pertinente a fin de producir los efectos y mensajes deseados. El matemático, fotógrafo, escritor y diácono anglicano Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898) acaso lo sabía y por ello se reinventa con el pseudónimo de Lewis Carroll, pero asimismo —en sus obras más conocidas— reinventa la realidad que le rodea al presentarnos una aparente antilógica, o más bien, la lógica que, al mirarse en el espejo, se mira al revés.

Algo similar hizo antes con su nombre: a través de la lengua inglesa contemplada en el espejo del latín, el profesor Dodgson latinizó el apellido de su madre (Lutwidge) como Ludovicus, y su nombre Charles (Carlos) como Carolus; de allí surgió Ludovicus Carolus. Era muy común en la Edad Media que los intelectuales latinizaran sus nombres y apellidos, puesto que el latín fue durante varios siglos la lengua culta, en la que se redactaban los grandes tratados filosóficos y teológicos, pero el autor inglés, después de imponerse el Ludovicus Carolus, volvió a su lengua materna y de nuevo transformó el nombre, pero ahora como Lewis Carroll: todo un procedimiento especular aplicado a las lenguas. El futuro escritor empezó a utilizar este pseudónimo en 1856. Lo haría también al incorporar a la literatura inglesa un sinnúmero de juegos de palabras, neologismos, «disparates», paradojas lógicas, combinaciones fónicas, parodias y demás recursos que denotan inmensa imaginación y capacidad lingüística.

El profesor Dodgson fue una persona enigmática por su profunda timidez. Se ordenó clérigo, pero casi indiferente hacia dicho cargo, muy rara vez predicó; en cambio, su afición por los niños —en especial por las niñas— se volvió notoria. Se ha escrito mucho sobre su incapacidad para relacionarse de modo sano con el mundo adulto, en parte por su terrible experiencia como alumno en la escuela pública Rugby —él se refiere a dicha experiencia traumática—, lo que quizá lo imposibilitó para adaptarse de forma saludable al mundo adulto y preferir así el mundo infantil, con su inocencia, imaginación y seguridad.

En 1856, Carroll entabló relaciones con el deán de la Christ Church, Henry Liddell, padre de varios niños, entre los que se encuentran las tres hermanas Liddell, con quienes el profesor de matemáticas y aficionado a la literatura empezó a convivir, y a quienes a menudo llevaba de paseo. Entre los elementos de la realidad de los que emerge la motivación para concebir el célebre personaje Alicia, el más significativo fue un viaje de ida y vuelta por el Támesis. El 4 de julio de 1862, el tímido y tartamudo profesor Dodgson navegó por este río en compañía de su colega Robinson Duckworth y de las hermanas Liddell (Lorina, Alice y Edith). Para matar el tiempo, y ante la insistencia de las niñas de que se les contara un cuento, Carroll empezó a narrar las aventuras de la niña Alicia en un mundo subterráneo. Es evidente que la niña de la historia tomó su nombre de una de las hermanas, la más entusiasmada por el relato, ya que a su regreso le pidió a Dodgson que escribiera tales aventuras. El profesor cumplió el capricho y meses después le obsequió a Alice el manuscrito Las aventuras de Alicia bajo tierra (Alice’s Adventures Underground), ilustrado con sus propios dibujos.

Mucho después, el escritor afirmaría que en aquel 4 de julio no encontraba una ruta novedosa para iniciar un cuento de hadas y de ahí que haya hecho caer a su heroína por un agujero de conejo. Lo que ocurrió luego fue producto de la imaginación desbordada y de sus antecedentes como autor de tratados de lógica y matemáticas. En 1865, ya con modificaciones, se publicaría aquel manuscrito, pero con el título de Alicia en el país de las maravillas (Alice’s Adventures in Wonderland), ahora ilustrado con los famosos dibujos de John Tenniel. El éxito fue tan inmediato como inesperado por su autor, y ello lo motivó a publicar —en 1872— la segunda parte: A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (Through the Looking-Glass, and what Alice found there).

En la segunda parte no hay agujero de conejo ni sombrerero ni oruga con narguile ni sonrisa del gato de Cheshire. Un elemento común en ambas narraciones —como bien subraya Martin Gardner— es el juego: si en la primera parte aparecen las cartas, en la secuela un juego de ajedrez organiza los sucesos, y cada capítulo es como una jugada, aunque a menudo se transgreden las reglas. El autor de hecho fue inventor de juegos: desde simples variaciones de croquet y juegos de mesa hasta lo que él llamó doublets: cambiar una palabra por otra alterando una letra por turno en el menor tiempo.

En A través del espejo, el aspecto lúdico va más allá de los juegos de palabras y de conceptos, de las imágenes de seres zoomorfos, de las flores que hablan y del asombro de Alicia, pues el intelecto y la racionalidad, la lógica y la argumentación son puestos en jaque por los seres que rebaten a Alicia, que contrargumentan o la contradicen. La acumulación de situaciones «absurdas», a las que más bien habría que interpretar como surgidas de una lógica «al revés», nos lleva a los lectores de lo racional a lo onírico y a lo fantástico. Si hay una lógica, ¿por qué no podría invertirse? Es justo lo que ocurre cuando nos vemos en el espejo: allí estamos, pero invertidos, al revés.

Tal vez el espejo sea uno de los símbolos más desconcertantes que haya concebido ese animal simbólico llamado ser humano. Lector: ¿te has puesto a pensar en que jamás podrás verte tal como eres? Tendrías que desdoblarte y contemplarte desde afuera. ¿Qué ocurre si te ves en un espejo, o si observas tu reflejo en las aguas de un arroyo límpido? Tan sólo te ves invertido, al revés, y nunca tal y como eres de verdad. De tan cotidiana que resulta la actividad de verse en el espejo, acaso lo anterior te haya pasado desapercibido, pero con seguridad no a Lewis Carroll.

Hace rato yo comentaba que cada capítulo de A través del espejo es como una inmensa jugada. Alicia empieza como peón y se traslada en tren hacia la cuarta fila. Se trata de su primer movimiento. El tren se descarrila y la niña se agarra de la barba de una cabra sentada a su lado. Luego conoce a un mosquito. La entrada en un bosque la hace olvidar que se llama Alicia, aunque más tarde recobra su identidad. Ya en la cuarta casilla, conoce a Tweedledum y Tweedledee. Prosiguen sus aventuras y también la poesía (y lo poético de un mundo al revés).

Por cierto, hay una secuencia que ofrece mucho material para reflexionar. Me refiero a la parte en que se alude al castigo sin crimen (un crimen que aún no se comete). Sostiene la reina que el mensajero del rey «Ahora está en prisión, cumpliendo su condena, y el juicio no empieza hasta el próximo miércoles, y por supuesto, el crimen se cometerá hasta el final». No sin razón, se ha afirmado que esta secuencia es anticipación de Franz Kafka (sobre todo el Kafka de la novela El proceso) y de la llamada literatura de lo «absurdo», que a menudo refleja el mundo burocratizado de la modernidad y el complejo entramado de jerarquías que reflejan un entorno invertido, en que no se sabe por qué ni cómo ocurren las cosas. En la misma parte, la reina se venda un dedo que aún no se ha picado, pero que se picará con un broche. Antes de que eso ocurra, ella incluso grita de dolor, pero cuando ocurre en «realidad», ya no tiene por qué gritar, puesto que ya lo hizo. ¿Para qué hacerlo de nuevo?

Críticos como Jaime de Ojeda han resaltado en este libro la crítica contra las convenciones victorianas de la Inglaterra de aquella época, aspecto que también puede apreciarse en las asociaciones entre las figuras de animales y ciertos rasgos del ser humano en la sociedad convencional. Por supuesto, Carroll tuvo intenciones humorísticas al representar la secuencia del castigo sin crimen y esas figuras zoomórficas, pero tras el buen humor se aprecia la crítica social y la intención satírica.

Tal vez una de las aventuras más célebres de Alicia en este libro sea su encuentro con Humpty-Dumpty (Zanco Panco, o persona torpe y pequeña en la jerga de inicios del siglo XIX), basado en una vieja canción infantil retomada por Carroll, y cuyo origen es la siguiente adivinanza «¿Qué tiene joroba en la espalda y piernas zancas?». Respuesta: ¡el huevo! Humpty-Dumpty le explica a Alicia el poema sin sentido titulado «Jabberwocky», que contiene muchas palabras inventadas por Carroll. Afirma el citado Gardner que en este episodio hay un elemento que sólo comprendemos si tomamos en cuenta el contexto de la era victoriana. Zanco Panco saluda de mano a Alicia, pero sólo extiende un dedo. En la era victoriana, cuando alguien saludaba a una persona de condición social inferior, era costumbre extender sólo dos dedos. Humpty extiende sólo uno, lo que acentúa su petulancia y clasismo.

Otro capítulo muy comentado es el de «El león y el unicornio», ya que nos lleva a los símbolos del escudo de Gran Bretaña: uno representa a Inglaterra; el otro, a Escocia, reinos que en la antigüedad no estuvieron en buenos términos. El león y el unicornio pelean por la corona del reino. La protagonista conoce a Hatta, otro mensajero, cuyo nombre parodia al Hatter (el sombrerero de Alicia en el país de las maravillas). Aparece el pastel del espejo, que se reparte primero y se corta después. Luego Alicia llega a la séptima casilla. Falta ya poco para que se convierta en reina, pero el caballero rojo la captura. No por mucho tiempo, pues llega el caballero blanco, la salva y la acompaña hasta la última casilla. Alicia se despide del caballero. Un aspecto en que podría profundizarse es la autoironía y ciertas referencias auténticas. El caballero blanco no es sino una caricatura del propio Carroll, mientras que la escena en que se despide de Alicia para que ella se convierta en reina alude al momento en que la madre (real) de la niña Alice Liddell ya no le permite a Carroll ver a sus hijas, tal vez —especula Morton Cohen— porque Carroll sugirió que algún día le gustaría casarse con Alice, pero lo anterior no ha sido comprobado.

Alicia se da cuenta de que tenía una corona de oro en la cabeza. En realidad es ya una reina. ¿De verdad? Vendrá la discusión con la reina roja. Y después el despertar… ¿Fue todo un sueño? Esta ambigüedad me recuerda al célebre texto del filósofo chino Chuang-Tzú. Lo cito: «Hace mucho, Tzú soñó que era una mariposa y estaba feliz de serlo, satisfecho, contento con sus propósitos. No sabía nada de Tzú, pero más tarde despertó y se encontró con que en realidad era Tzú, y no la mariposa. Una incógnita no lo dejó: ¿Tzú soñó que era mariposa o la mariposa sueña que es Tzú?». ¿Quién es sueño de quién? ¿Es todo en la vida un sueño soñado por alguien, o somos nosotros quienes soñamos lo que nos rodea? Tal es quizá uno de los planteamientos filosóficos más importantes de A través del espejo.

Dos ingredientes que han transformado el mundo son nuestra capacidad de razonar y nuestra imaginación (esa otra capacidad de representarnos o volver a presentar las cosas de manera distinta). Lo anterior ocurre en el libro, cuando Alicia observa el espejo y decide: «Juguemos a que hay manera de atravesarlo, Kitty. Juguemos a que el espejo se ablanda como gasa y que podemos cruzarlo. Pero, ¿qué pasa? ¡Parece que se empaña con una especie de niebla! Sería muy sencillo pasar a través de él». Alicia cruza el umbral, atraviesa el espejo y allí se inician sus nuevas aventuras.

El estilo de Carroll es llano, directo, sencillo. No anda con rodeos ni padece de glotonería verbal. Se trata de un autor de pocos trazos, pero cada uno es relevante: nada sobra ni falta: nos ofrece un mundo de imágenes e intrigas sin tantas palabras, a un ritmo veloz en que resalta la imaginación optimista y llena de vitalidad, más que de complacencia formal; de ahí la frescura perenne de estas clásicas narraciones.