Juan Antonio Rosado Z.

En 1989, Gilles Farcet entrevistó al polifacético creador Alejandro Jodorowsky (1929). Hasta entonces, muchos de los seguidores del polémico artista sólo conocían sus facetas de fundador —junto con Fernando Arrabal y Topor— del Teatro Pánico, así como sus cuentos, ensayos y cómics, y, por supuesto, algunas de sus películas: Fando y Lis, El topo, La montaña sagrada, Santa Sangre… Sin embargo, en las entrevistas con Farcet, Jodorowsky se revela también como un vehículo espiritual, un creador que —si bien no pretende ser «maestro espiritual» en el sentido tradicional, y por ello no se inscribe en ninguna corriente— considera a Ejo Takata, la bruja mexicana Pachita y Carlos Castaneda como algunos de sus maestros más destacados.

Farcet decidió ampliar la versión de sus entrevistas y ha publicado una segunda edición de La trampa sagrada. En esta nueva versión, además de la entrevista original, se incluye una segunda realizada en 2003, así como entrevistas a distintos personajes de la cultura, quienes nos proporcionan su visión sobre el director chileno radicado en París; entre ellos, el crítico de rock Philippe Manoeuvre, el cineasta y gurú Arnaud Desjardins y el músico Adán Jodorowsky. Farcet decidió seguir la «vía de la entrevista happening Pánco» porque no halló otra opción ante el «fenómeno» Jodorowsky, quien se sigue considerando en crecimiento y por ello continúa iniciándose, y quien asimismo ha retomado y hecho más consciente un rasgo que nunca lo ha abandonado: la bondad: «Mi motor ha sido desde siempre la bondad».

Jodorowsky, educado en la «religión» del ateísmo, ha tenido que llenar ese vacío explorando su propio ser. De tal modo, se disfrazó de artista. Esta iniciación lo llevó a un éxito en su patria, pero de repente se sintió estancado y optó por un viaje iniciático: se trasladó a Francia para conocer al mimo Marcel Marceau. Cambió de vida; incluso destruyó sus fotos y su agenda de direcciones. Al realizar ese viaje, mató al ser anterior y resucitó como otro: volvió a nacer. Es ése justo el sentido de la palabra teleusthai: «morir» o «iniciarse». Conocida es su trayectoria con Marcel Marceau, de quien fue colaborador hasta que decidió morir e iniciarse de nuevo: abandonó al mimo francés para emprender otra aventura. Tal vez una de las lecciones más trascendentes de La trampa sagrada sea justo la necesidad de renunciar para crecer, de morir para resucitar.

Jodorowsky se instala en México y aquí hace teatro. La experimentación en los años sesenta se desborda por la estancia de doce años en nuestro país de este vanguardista, quien dirigió obras de Samuel Beckett. Sin duda, este director enriqueció nuestra cultura en diversos aspectos. Su teatro, su cine, sus «cuentos pánicos», sus happenings causaron conmoción y rechazo de una buena parte de la crítica, sobre todo con películas como la basada en la obra de Fernando Arrabal, Fando y Lis (1967) —que estuvo un solo día en exhibición y produjo un escándalo en la muestra de Acapulco—; El topo (1969), así como por las puestas en escena de Beckett. Años después, Jodorowsky, quien deslinda la ética de la estética, produciría, también en México —aunque no para el amplio público mexicano— esa sugerente obra maestra del cine universal, La montaña sagrada (1972), donde, al igual que en Persona (1965), del sueco Ingmar Bergman, el espectador contempla al final la cámara que ha filmado lo ocurrido: el velo de Maya se descorre y los mecanismos de ilusión quedan expuestos. Esta cinta resume en cierto modo los sesenta, no sólo por su aspecto lúdico y esotérico, sino también por su contenido de denuncia social (por ejemplo, contra la masacre de 1968) y, de una forma más alegórica, contra la desorbitada ambición de los grandes poderosos. Un auténtico cine iniciático: «Un cine en el que se camina hacia una toma de conciencia cada vez más aguda —afirma Jodorowsky—.  Para mí, la iniciación no es otra cosa que el hecho de volverme más consciente».

Hoy, este enemigo del petróleo —por todos los males que dicha sustancia ha ocasionado a la humanidad—; este ser quizá muy vinculado a las ideas del hinduismo, aclara: «no soy un ser humano, sino una partícula, una parcela de la totalidad». Percibe la sacralidad en lo que realiza. Hombre sin edad ni nombre, pretende acceder a la vida universal tal vez evocando, aunque sea de forma inconsciente, los Upanisads, donde se lee: «Tat tvam asi», «tú eres Dios» o «tú eres (cada uno de nosotros es) parte de la totalidad, de lo Absoluto», y esa totalidad puede ser todo, nada, bondad, maldad o indiferencia. «¡Es maravilloso el estar encarnado en un ser humano! —exclama Jodorowsky—. Es también una gran broma, tiene algo de muy cómico. Los peores dramas son cómicos…». Por ello, a fin de cuentas, lleva dentro de sí a un payaso «y su existencia empezó efectivamente en 1929. Es un poeta, un saltimbanqui de la vida».

Alejandro Jodorowsky, el psicomago que lee el tarot y está dispuesto a escuchar a quien se le presente, utiliza la expresión «trampa sagrada» para referirse al escritor Carlos Castaneda: «Sea verdadero o falso, poco importa. Si es una trampa, se trata de una trampa sagrada», lo que también puede aplicarse a la psicomagia y a la teatralidad que ésta encierra. Al fin, lo que cuenta para el ahora terapeuta no es sino los actos de bondad que seamos capaces de ejecutar. Lo aclara así en los últimos versos de un poema, con los que cierro este comentario:

Pequeños actos de bondad

Sometidos a la indiferencia de un Dios

Incapaz de distinguir el bien del mal,

La luz de su sombra.

 


Texto publicado originalmente en el libro El engaño colorido, México, Editorial Praxis, 2012.